Star Wars: La Alianza Contraataca

Asuntos sin resolver

Syleth no estaba acostumbrada a esperar. La poca paciencia que había aprendido a cultivar, había sido la justa para sobrevivir (pocos caza-recompensas salvan la vida en sus primeras cacerías si no logran vencer el impulso de actuar irreflexivamente) y sus carencias se hacían evidentes ahora, cuando el exigente entrenamiento Jedi ponía a prueba su perseverancia y su tesón. De no ser por sus agudos reflejos no habría logrado superar tan rápidamente los objetivos que le planteaba su maestro, y que ella abordaba como un juego. De haber necesitado mucho más tiempo, no habría tenido la voluntad de perseverar lo suficiente para alcanzar las metas.

Ben pensaba en lo afortunada que era, pues solo una habilidad excepcional como esa permitía a Syleth evitar los innumerables fracasos que tan frecuentes eran en el entrenamiento básico. Por lo tanto no tenía que enfrentarse con los sentimientos de apatía y frustración que eran los encargados de desarrollar la fuerza de voluntad en el joven padawan. Así templaban sus emociones, mediante una voluntad de la que ella carecía. Solamente su gracia le iba a permitir completar el entrenamiento en los rudimentos de la fuerza en cuestión de meses, pero las dudas que asolaban al maestro iban más allá. Se le aparecían cuando trataba de aventurar lo que sucedería más adelante, en los momentos en los que ella necesitara hacer acopio de un autocontrol absoluto, y la verdadera fuerza de voluntad no pudiera ser sustituida por la vitalidad de la juventud ni los más afinados reflejos.

La joven aprendía realmente rápido los movimientos, y dominó el sable de luz enseguida. Sin embargo, siempre surgían problemas cuando tenía que concentrarse plenamente, o cuando la relajación y la autoconsciencia entraban en juego. A ella le costaba mucho no perder la concentración en el breve instante en que las manos de su maestro se posaban sobre su cuerpo cuando la corregía en una posición. Si era consciente de que Ben la estaba observando fijamente o hablaba de alguna parte de su cuerpo, era todavía peor. A menudo pensaba comentarios mordaces, ensalzando las cualidades de los atributos que él mencionaba, o fantaseaba con la excitación que debía provocar en su mentor la vista de sus elegantes músculos y todo su cuerpo en tensión.

Si había algo en lo que la joven no se había visto forzada a desarrollar paciencia en absoluto, era con los hombres. Su cuidada apariencia le había bastado siempre para atraer las miradas de cualquiera del que pudiera encapricharse, y su aire de misteriosa profesionalidad hacía el resto. Habitualmente llamar la atención era más contraproducente que provechoso, pero la Twi’lek era vanidosa y disfrutaba atrayendo las miradas. En ocasiones incluso le había resultado una ventaja, permitiéndole tomar por sorpresa a los que bajaban la guardia ante sus encantos.

Sin embargo esta vez estaba recibiendo de su propia medicina. Al principio le había parecido un tanto irritante que “el viejo” no mostrara interés por ella. Luego se había dado cuenta de que aquel misterioso humano no era en realidad tan mayor. Se notaba que llevaba un gran peso sobre sus espaldas, pero las arrugas parecían más fruto de las preocupaciones que del maltrato físico. Le costaba reconocerlo, pero finalmente se daba cuenta de que se sentía completamente atraída por aquel hombre. Por el contrario, él no parecía inmutarse nunca ante ella.

Había empezado casi como un juego para ella: le acompañaba para aprender a dominar su recién descubierta habilidad con la fuerza, se había dicho a sí misma. Pero los meses habían dado paso a años, y durante grandes periodos de tiempo habían vivido solos y aislados, llegando a conocerse por completo el uno al otro. Todo ese tiempo ella había permanecido a su lado, siguiéndole incondicionalmente por toda la galaxia mientras él le llenaba la cabeza de historias y leyendas, hablándole de su padre perdido…

En sus infructuosos viajes habían gastado casi por completo la pequeña fortuna que Syleth había recibido como recompensa de la alianza. Ella había puesto su nave y su dinero completamente a su disposición, sin oponer resistencia. Cuando lo pensaba no podía evitar recordar cuantas veces habría hecho ella lo mismo en el pasado, aprovechándose de algún incauto enamoradizo a los que tanto detestaba. Sin embargo, ahora la estúpida enamorada era ella, y no podía remediarlo. No culpaba de nada a Ben. Si acaso, le acusaba de no haber intentado aprovecharse de ella cuando había tenido ocasión. Eso le resultaba frustrante.

Sus pensamientos empezaron a divagar mientras jugaba distraídamente con el cristal esmeralda de su sable de luz. Recordaba perfectamente aquella noche en Roon, en la que una vez más sus investigaciones habían dado de bruces contra un muro. Las gentes de aquel miserable planeta no se habían mostrado colaboradoras en absoluto y su rastro había vuelto a esfumarse.

Ben había bebido más de la cuenta. No había tenido en cuenta las propiedades de aquel potente brebaje que preparaban para los mineros, que junto a la elevada temperatura de aquel desapacible mundo hacia que su alcohol se absorbiera a toda velocidad. Los Twi’lek están bien dotados para resistir el calor extremo, y Syleth había jugado aquella baza a su favor cuando había invitado a su maestro a unos tragos de aquel matarratas.

Era lo único bueno que recordaba de su visita anterior, aquel maldito licor. Había podido beber más que nadie, lo que fue la clave para lograr completar el trabajo. Quizás fuera el alcohol lo que hizo que finalmente el dinero se escapara de sus manos, y saliera volando desde el deslizador esparciéndose en todas direcciones por el pueblo. Pero ella no parecía culpar al malsano brebaje más de lo que culpaba al maldito planeta y sus gentes… Ahora ya nada de esos hechos pasados le parecía importante.

La velada había escapado finalmente a su control, y ambos reían animadamente de vuelta al Hotel. Aparte del alcohol, las risas se debían a su nuevo aspecto- pensó Syleth. Lo cierto es que se había teñido la piel de rojo oscuro poco antes de aterrizar esa mañana para no ser reconocida. El Jedi se había mostrado muy taciturno todo el día, lo que le resultaba extraño, y no había abandonado su gesto sombrío hasta que estuvo muy borracho. Le parecía raro, pues él ya estaba acostumbrado a sus cambios de aspecto, dado que ella tenía por costumbre transformar su apariencia, ya fuera con exóticas ropas (que compraba cada vez que tenía ocasión), o mediante maquillajes corporales y complementos. Ante eso, Ben no dejaba trascender sus opiniones. Nunca había hecho juicios de valor ante los estrafalarios estilismos de la joven, pero en esta ocasión resultaba evidente que le contrariaba. Ella podía notarlo.

El caso es que aquella noche su comedido maestro había bajado su guardia. Recordaba perfectamente el momento en el que había salido del baño de la habitación alquilada. Sonrió con aire idiota cuando su mirada se encontró con la joven, que le esperaba desnuda sobre el sofá con aire seductor. Más que sentarse, Ben se derrumbó a su lado, y antes de pudiera darse cuenta ella se abalanzó sobre él. Ambos rompieron a reír cuando se colocó a horcajadas sobre su regazo, derribándolo.

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Sus bocas se fundieron en una sola y sus cuerpos comenzaron a buscarse con avidez. Syleth podía sentir como se aceleraban los latidos en el pecho de su mentor a medida que sus senos se apretaban contra él, pero súbitamente Ben detuvo sus caricias. Apartándose para ver qué sucedía, vio como el humano se debatía tratando de encontrar las palabras.

No me agrada nada ese color tan sangriento balbuceó él tras unos tensos momentos-me suscita malos presagios.
¿Puede saberse a qué demonios te refieres? le increpo Syleth con gesto disgustado, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho en espera de una respuesta.
Llevas la piel de idéntico color a la de los Sith de pura sangre le espeto Ben sin poder controlar la ira, que por un instante parecía que se había sobrepuesto al alcohol. En su mente no podía dejar de ver las espantosas holo-imágenes de los demonios Sith que había visto en su infancia en los archivos Jedi. Cuando la miraba, el color carmesí de su piel teñida le impedía dejar de pensar en ellos.
Hace muchos milenios ellos crearon el Imperio Sith, ¡y mira dónde nos ha traído eso! dijo Ben al borde del llanto.

La mirada del Jedi estaba vidriosa, pero no era por el alcohol, sino por el torrente de lágrimas a medio brotar que presagiaban sus ojos. En su cabeza, los recuerdos de innumerables camaradas muertos le rondaban como espectros. Con todos los viajes, con todos sus esfuerzos, y no había conseguido nada. No había logrado encontrar a ninguno vivo, y en momentos como ese no pensaba que fuera a conseguirlo jamás.

La muchacha se acercó a calmarle, y lo envolvió cariñosamente entre sus brazos, apoyando su barbilla sobre el pelo de Ben en gesto conciliador. Siempre había encontrado muy cómico ese rasgo humano, tan animal. Los Twi’lek no tenían pelo, y aunque al principio le había desagradado un poco, ahora le inspiraba ternura. Descansó su cara en él, dejando que sus sentidos se empaparan del olor corporal de Bonaben.

Ella había decidido lo que iba a hacer, y ya no le importaba que la reconocieran en aquel mundo fronterizo. Esperó a que el efecto sedante de su cuerpo abrazándole hiciera efecto sobre Ben, y se separó cuando estuvo segura de que se había calmado. Se apresuró a la campana de ducha del cuartucho, tomando un ungüento que ayudaría a desprender la pintura corporal de su piel.

Al cabo de unos minutos era azul de nuevo. No se había esmerado mucho, y aún quedaban zonas en la espalda y en la cara posterior de los muslos que todavía mostraban un tono rojizo, pero no le importó. Se trataba de conseguir un golpe de efecto, y tampoco creía que Ben pudiera advertir los detalles en su condición etílica. Se acercó hacía él contoneándose y moviendo sus lekku como una bailarina. Trataba de aliviar la tensión que permanecía latente, y para excitarle dejaba entrever su cuerpo bajo la toalla con la que se había secado.

Se tomo su tiempo, caminando de manera provocadora para que tuviera ocasión de admirarla, y disfrutara con la anticipación. Sin embargo, el gesto de la muchacha se torció cuando llegó a su lado y descubrió que Ben dormía profundamente. No despertó hasta la mañana siguiente, y además de tener una fuerte resaca, aseguró que no lograba recordar lo que había pasado la noche anterior. En su interior ella sospechaba que mentía, pero nunca volvieron a hablar de esa noche.

Su mente volvió al presente. Había vuelto a pensar en Roon, en lo que pudo haber pasado esa noche y en cómo había logrado el cristal para el sable. De alguna forma, cuando observaba la gema los recuerdos volvían a ella, al igual que le envolvían las sensaciones que rodeaban a esas memorias cada vez que empuñaba su nuevo sable. Cuando lo tocaba sentía algo extrañamente cálido y familiar, casi reconfortante… muy diferente de la frialdad a la que se había acostumbrado tras meses practicando con el arma de Kenobi. Ahora entendía lo que su maestro había querido expresar cuando hablaba de la unión que había entre un Jedi y su sable de luz. Una vez creada el arma, un nuevo elemento se unía a la fuerza y a la vez era parte de uno mismo. Era una sensación difícil de explicar.

Entonces volvió la vista hacia la botella de licor que había traído de Roon. Durante todo ese tiempo se había negado a tocar una sola gota, pues era para ella un recuerdo de aquella noche, como una llama de esperanza. Agarró la botella y dos vasos, y salió de su camarote decididamente hacia la cabina del Halcón. Allí programó la calefacción de la nave para que subiera gradualmente la temperatura del soporte vital.

Fue en busca de Ben. Tenían que hablar, y resolver algunos asuntos que llevaban esperando demasiado tiempo.

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SergioAchinelli Sylune

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