Star Wars: La Alianza Contraataca

Capítulo I: Del fuego a las ascuas, de las ascuas a la ceniza.

Capítulo I: Del fuego a las ascuas, de las ascuas a la ceniza.

En la oscuridad, Ben pasaba la mayoría del tiempo sólo, meditando, o al menos eso intentaba. Le sobrevenían a menudo los recuerdos de la tragedia de Yavin. Miles de voces gritando, otra vez. Y ese silencio después… Era una tortura.
Cuando conseguía concentrarse sus pensamientos se le mostraban como en una representación de teatro:
Se encontraba en el X-Wing en el momento de disparar los misiles, la fuerza y él eran uno. Percibía las vibraciones de la nave con precisión, Podía notar el sudor de su frente desplazándose suavemente hacia su barbilla para ser absorbido por la almohadilla de sujeción del casco. Detectaba el olor a circuito quemado de R2D2. Todo iba mucho más despacio, sólo estaban él, la nave y ese pequeño hueco de apenas dos metros de diámetro. Su respiración acompasada dirigía la orquesta de sus latidos hacia un tempo pausado. Esperó a apretar el gatillo hasta que presintió que era el momento adecuado… Entonces los misiles no alcanzaban su objetivo y no paraba de escuchar en su cabeza: “He fallado. Todo lo que ha ocurrido es culpa mía.” “No he estado a la altura. Mi falta de preparación es la causa de que nos encontremos así.”
El mensaje era claro, su adiestramiento en la fuerza no estaba completo. Necesitaba convertirse en un maestro Jedi para poder ayudar a los rebeldes a imponerse al imperio pero cómo hacerlo sin ayuda. Entonces recordó que aún guardaba el mensaje encriptado de su Maestro. Ben abandonó su meditación para dirigirse al ordenador central del Halcón Milenario. Si es capaz de calcular los algoritmos de la velocidad de la luz a una velocidad tan reducida quizá pueda desencriptar el mensaje. Ben no era un experto en computadoras, pero tenía los suficientes conocimientos para crear un algoritmo de desencriptado decente. Se dirigió a ver a Syleth para informarle cuando se la encontró de frente. Notó que no le había hecho mucha gracia que alguien ajena a su persona manipulara el ordenador de la nave pero tras explicarle los motivos quedó conforme.
Aprovecharon el tiempo para continuar con el adiestramiento de Syleth. Ben se centró en conseguir que Syleth dominara por completo el estado de atención plena. De rodillas, delante de una vela con el resto de luces apagadas, Bonaven le susurraba que prestara atención a su cuerpo. Primero a su respiración, inhalando con la nariz y exhalando con la boca. En segundo lugar a sus extremidades, desde los brazos hasta los pies. Más adelante era el turno del cuello y la espalda. En último lugar enfocaba a Syleth hacia su pecho, los latidos de su corazón y en el diafragma. Las primeras veces resultó imposible conseguir el objetivo por variopintos motivos. En una ocasión Syleth se echó a reír cuando le dicho que se centrara en su pecho. “Lo tengo bien bonito y firme” pensó la Twi’lek y aunque no lo dijo en voz alta su mirada se alzó buscando la complicidad de su maestro que, ante la obvia pérdida de concentración por parte de su alumna optó por mostrar su empatía. Ambos rieron abiertamente durante unos segundos. Ben tuvo a bien a cambiar la palabra “pecho” por “respiración” en el siguiente intento, algo que no pasó desapercibido para Syleth, lo que le llevó a perder la concentración otra vez. Los dos mantuvieron la compostura para no romper el ambiente y emprendieron un nuevo intento. Completado el ritual, el semblante de la cazarrecompensas cambió a un estado de gran relajación y su maestro quedó sorprendido. Se retiró unos metros y se sentó observando con atención las evoluciones. Como una pesadilla interrumpe el sueño, Syleth gritó levemente mientras sus ojos, abiertos de par en par, casi escapaban de sus órbitas. Ben se acercó con suavidad mientras la Twi’lek aún jadeaba, sin mediar palabra le miró a los ojos y, tras unos instantes, le tendió la mano. Ella le cogió la mano y se dejó llevar al asiento más cercano, bebió un poco de agua. Pasaron unos minutos hasta que consiguió recuperar un ritmo cardíaco normal, entontes Ben intervino y le comentó que la situación que ha vivido es muy normal las primeras veces, porque cuando se entra en ese estado todo se maximiza, y lo primero en aparecer suelen ser experiencias vitales relevantes para el individuo. Con el tiempo aprendería a observar como esos recuerdos se presentan ante ella en tercera persona. No hacía falta que se lo dijera, Ben estaba orgulloso de sus avances y, cogiendo su mano, le dijo que no se había equivocado eligiéndola como su aprendiz. Ella le miró con los ojos aún vidriosos y asintió, estaba atónita por lo sucedido y sobre todo porque en ningún momento se interesó por los detalles del recuerdo que le había sacado del trance. Unos segundos más tarde, cuando el silencio y la situación comenzaban a rozar la incomodidad, el ordenador central emitió un pitido agudo y largo. Ben se levantó y se acercó al puesto de mando con paso relajado, se sentó en el asiento del piloto y observó con agrado que los datos habían sido decodificados con éxito. “¡Excelente! Exclamó llamando la atención de su alumna, que se apresuró para no perderse detalle. Debido al paso del tiempo, parte del contenido se había deteriorado pero entre la información intacta pudo recuperar cinco nombres de maestros Jedi y sus respectivos planetas de exilio. Obi Wan Kenobi había fallecido, el viaje a Tatooine no era necesario. Sólo quedaban 4 Jedis que buscar, cuatro planetas a los que viajar. El primer planeta era Mon Calamari, donde se suponía que se escondía el Maestro Corus. En segundo lugar Roon, un planeta desconocido para Ben pero no para Syleth, donde supuestamente hallarían al Maestro A’Sharad. En tercer lugar el planeta Naboo, cuyas profundas aguas escondían al Maestro Ashla del radar del Imperio. En último lugar encontró Ben el nombre de Anya kuro, una conflictiva Maestro Jedi, que se ocultó en el planeta Bakura, en los confines del universo conocido.
Ben se sintió algo decepcionado por no encontrar el nombre de Yoda, por quien más respeto y admiración sentía. Deseó que su paradero estuviera entre los datos corruptos del mensaje. Tras meditar unos segundos, se levantó del asiento y se dirigió a Syleth para informarle de la nueva misión:
“Durante el viaje entre los planetas iremos avanzando en tu adiestramiento. Mañana compraremos víveres, munición y repuestos para disponer de excedentes en caso de sufrir algún percance. Que la fuerza nos acompañe esta vez, joven aprendiz. Buenas noches.”
Mientras se alejaba de la cabina, ella no pudo dejar de mirar su imponente silueta hasta perderse entre las sombras. Normalmente ella estaba acostumbrada a planificar el rumbo de su vida, dirigirla a su antojo allá donde más beneficioso le resultara, aún así no le importó, algo estaba cambiando en su interior.
Ben, acomodado en sus aposentos, se paró a meditar a cerca del provechoso día que habían tenido. Mientras recordaba cada detalle cayó en la cuenta de que, por primera vez en muchos días, se había reído. Alzó levemente la cabeza al tiempo que un gesto de aprobación derivó en una leve sonrisa, apagó la luz y se tumbó en la cama con la sana intención de encontrar ese reparador sueño que le había sido esquivo, ya demasiado tiempo…

Código Jedi:
No existe emoción, sólo existe paz.
No existe ignorancia, sólo existe conocimiento.
No existe pasión, sólo existe serenidad.
No existe caos, sólo existe armonía.
No existe muerte, sólo existe La Fuerza.

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SergioAchinelli JaviAguilar

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