Star Wars: La Alianza Contraataca

Capítulo III: La heroína de Cantoon.

Syleth estaba especialmente callada minutos antes de entrar en la atmósfera de Roon. Respondía con monosílabos y apenas establecía contacto visual con Ben, que la notaba inquieta y muy pensativa. No era extraño verla cambiando de color corporal o de tatuajes pero advirtió que en esta ocasión se había esmerado sobremanera para diferir de su aspecto más tradicional. Se había pintado todo el cuerpo de rojo. Ese color era la marca característica de los Sith, lo que molestó al maestro, pero entendió que para la Twi’lek era simplemente una tonalidad más. Sus ropas, normalmente sensuales y ajustadas, fueron sustituidas por una túnica de seda de color marfil ajustada a la cintura por un cinturón de cuero. Uno miraba al otro mientras no atendía y en cuanto sus ojos se cruzaban desviaban la mirada hacia otro lado.

Para romper ese tenso ambiente, Bonaven preguntó a cerca de las características del planeta. Ella lo describió como semidesértico, repleto de cañones, áridas mesetas y algunos lagos. La proporción de agua era casi inversa a la del planeta Mon Calamari, por lo que la vegetación era escasa. En cuanto a sus habitantes, todos eran de raza humana. Se dedicaban a la explotación de abundantes minas de metales preciosos. Un centenar de capataces, funcionarios del imperio, vigilaban las explotaciones por sectores e informaban de su rendimiento. Al ser la máxima autoridad, no había que ser un genio para imaginar cómo trataban a sus empleados. La capital, Cantoon, era una vasta cuidad. Sus casas bajas estaban construidas con gruesas paredes de adobe y sus techos eran de pizarra. Para combatir el calor, las casas se construían profundizando en lugar de crear plantas superiores. Si en algún sitio había que empezar a buscar, este era sin duda un buen comienzo. Ben, ingenuamente, les preguntó el lugar del espaciopuerto más cercano a la cuidad por radio. Tras unas breves risotadas por parte de los operarios del espacio aéreo, informaron de que el descampado cuyas coordenadas encontraban en pantalla estaba a su disposición, esperando que fuera del gusto del señor. Syleth miró a su maestro con aire de superioridad y no pudo reprimirse: “Ya te lo advertí, maestro”. Ben admitió su error, no obstante, se giró hacia su alumna y valoró que la vanidad no era una virtud en los iniciados en la fuerza. La seguridad era escasa y Syleth se aseguró de dejar todos los mecanismos antirrobo de la nave activos antes de salir de allí. En cuanto comenzaron a andar por las amplias avenidas de Cantoon, la Twi’lek ocultó su cabeza con la capucha de su túnica, mientras su maestro la miraba sorprendido, mostrando una gran curiosidad. Presintió que, en el momento oportuno, le explicaría por voluntad propia la razón de tanta cautela. Ben dirigió su mirada hacia los locales adyacentes a la avenida. Los letreros estaban construidos en madera y pintados a mano, detalle que describió como muy pintoresco. La ropa de los habitantes era muy semejante a la de Tatooine. El calor arreciaba y convenía vestir ropa ligera a excepción del calzado, donde la mayoría se decantaba por botas de montaña o mocasines de suela gruesa. Casi todos vivían a las afueras de la cuidad y se acercaban exclusivamente al centro para negocios o compras.

Hooded twilek 1 1

Después de caminar bastante, con un calor de justicia, observaron a unos cien metros una gran plaza con una estatua de bronce en el centro. A cada extremo de la plaza había una fuente. Se podía apreciar a los habitantes rellenando barriles en cada una de las cuatro bocas de cada fuente. Se encontraban absortos mirando cómo los niños jugaban a la pelota en la plaza cuando sus miradas se dirigieron hacia la estatua. Encima de un altar de mármol, la escultura de una mujer Twi’lek se alzaba majestuosa. Estaba completamente desnuda, portando una moneda dorada en su mano derecha y la balanza en la mano izquierda. Se acercaron para contemplar esa maravilla de cerca. El sol se reflejaba con fuerza en su pulida piel, otorgando a la creación un toque divino. Era una auténtica obra de arte, estaban fascinados por su perfección, por sus curvas, esa naturaleza salvaje representada con naturalidad. Su cuidado contrastaba con la del resto de la plaza, que carecía de un mantenimiento regular. Al mirarle la cara se quedaron boquiabiertos… ¡Era Shyleth! No se lo podían creer. Hasta Ben mostró su sorpresa abiertamente superado por la situación. Mientras la Twi’lek balbuceaba compulsivamente “no puede ser” su maestro no paraba de admirar la estatua procurando a su semblante un aire reflexivo. Uno de los niños se acercó atraído por la cómica situación, les miró unos instantes, movió sus manos para ver si llamaba su atención pero no consiguió su objetivo. Se encogió de brazos y regresó con sus amigos de juego. Tras unos segundos, Bonaven acertó a preguntar en voz alta “¿Alguna idea de por qué esto?” a lo que ella contestó después de unos segundos “Ni idea, maestro, ni idea”. Su atención se desvió entonces a una pequeña placa que se encontraba oculta entre la decoración floral. Apartaron las flores y pudieron leer una placa que rezaba:

SYLETH, LA JUSTICIERA.
¡Nunca te olvidaremos!

Syleth agachó la cabeza mientras negaba. Se le había ocurrido argumentar que todas las Twi’lek se parecían mucho y que podría tratarse de cualquiera, pero la placa no dejaba lugar a dudas… Ben no hacía más que mirarla con un gesto inquisitivo, esperando que de la boca de su alumna salieran algunas palabras que justificaran lo que habían visto, pero no obtuvo más que silencio. Tras superar el shock, ambos se dirigieron a la taberna más cercana, situada en uno de los locales laterales de la plaza. Las escaleras estaban construidas en mármol y el pasamanos de madera, bien pulida y barnizada. Mientras descendían hacia la barra, se apreciaba con detalle el local. De proporción rectangular, la barra ocupaba casi todo el lateral de la pared del fondo a excepción del final, donde se erigía un tablado. Una banda local tocaba con instrumentos de cuerda y percusión mientras una señorita cantaba. El resto del local se encontraba repleto de mesas redondas con cuatro sillas por mesa. Estaban todas ocupadas y aplaudían al compás de la música. Un camarero servía copas en la barra mientras otro las distribuía entre las mesas. No había mesa que no tuviera una jarra completamente llena. Ben percibió el éxtasis de la sala, no recordaba ningún sitio así y eso le provocaba un sentimiento contradictorio, mitad curiosidad mitad recelo. Se acomodaron en unas sillas libres en la barra y el camarero se acercó. Al no reconocer a la pareja, su ceño se arrugó y les preguntó, de mala gana, que deseaban tomar. Ben, extrañado, reaccionó más tarde que Syleth, que pidió unas copas de grog. Bonaven miró a la Twi’lek fijamente, intuyó que tramaba algo, pero no le dio mucha importancia y se dedicó a disfrutar del agradable ambiente del bar. Al instante llegaron las copas, brindaron y bebieron un trago. El Jedi quedó encantado con la bebida, era muy dulce y fresca, muy adecuada para el caluroso día que azotaba la cuidad. Se bebió la copa de un trago y le pidió otra al camarero, felicitándole por tan rico elixir. Éste le miró con gesto rudo y negando con la cabeza fue a por una botella y se la plantó dejante de la pareja. “Ahí tenéis, serviros vosotros que tengo lío.” Y se dispuso a seguir con lo suyo. Mientras se sirvió otra copa, la gente comenzó a gritar sin cesar la frase “¡La heroína de Cantoon!”. Entonces la banda comenzó a tocar unos acordes y la gente estalló en aplausos. A los pocos segundos la chica comenzó a cantar:

“Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.
Su cuerpo desnudo no dejaba de mirar,
El gran jefe Ventom la deseaba amar.
Hierro Mandaloriano, oro de ley,
cristales nova, créditos por doquier.
No hay nada que a Ventom sacie
Mas que esa buena mujer… (Risas)
A la cama la llevó, borracho y no de amor,
Mientras se acicalaba, dormidito se quedó.
Sus cristales, su oro, sus créditos le robó,
Esparcidos por la plaza, a los pobres se los dio…(Aplausos)
Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.
Instrumental
Ventom el mafioso, compungido al despertar
Su dinero había volado, y ni pudo consumar (Risas)
Maldijo a la Twi´lek, a la que fue a buscar…
Su orgullo estaba herido, su bolsillo aún más
Encontrarla no pudo, solo le quedó llorar.
Heroína para el pueblo, justiciera del lugar,
Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.”

El público se rompió las manos aplaudiendo. Silbaron y gritaron durante casi un minuto. Ben no se lo podría creer, la idolatraban. Ella ató cabos y dijo en voz alta una frase muy elocuente “Así que allí es donde fue a parar parte del dinero y las piedras preciosas…” Ben asintió primero encontrando por fin algo de lógica en las palabras de Syleth pero, al darse cuenta de su significado, su gesto se torció. Pese a todo, sabía lo que había sido en el pasado y como tal lo aceptó con elegancia, chocó la copa de su alumna y terminó su vaso. Requirió la atención del camarero nuevamente, quien a regañadientes se acercó. Le preguntó si había visto por aquí un hombre rubio con la cara tatuada y un arma poco corriente, un sable de luz. El hombre le miró fijamente a los ojos, pudo entender que conocía a A’Sharad, pero le contestó muy fríamente que no facilitaban información a extraños. Syleth deslizó unos cuantos cientos de créditos de la mesa en dirección al camarero, pero éste paró su mano y con fuerza regresó el dinero de vuelta. Entendido el mensaje, la pareja intentó sin éxito regresar hacia la nave, con un par de botellas de ese delicioso licor y sin ninguna información.

Ben se encontraba tan frustrado como ebrio, sensación que no había experimentado en toda su vida. Con dificultad, gracias a que Syleth aguantaba mejor el alcohol, llegaron a un Hotel cercano, donde alquilaron una habitación para pasar la noche. A la mañana siguiente, Ben se levantó con una enorme resaca. Recordaba pequeños fragmentos de la noche pero… no se lo podía creer. Le costó tiempo asimilar que, en efecto, esos recuerdos eran reales. Se alegró en parte por haberse quedado dormido exactamente igual que “El Gran Ventom” y sonrió por la ironía de la situación. Cuando Syleth apareció en escena, observó que sus ropas y el color de su piel volvían a ser los habituales. Ben se hizo el sorprendido, al tiempo que ella le preguntó a cerca de lo que ocurrió durante la noche. Él le respondió que no recordaba absolutamente nada, todo eran recuerdos vagos y entremezclados. Su alumna quedó tan decepcionada como recelosa con la respuesta, pero no se volvió a hablar del tema. Ya que no habían obtenido resultado alguno siendo unos desconocidos, Bonaven insinuó a Syleth que ahora que se había quitado ese tinte, sería acertado utilizar su popularidad como ventaja táctica, ella asintió. Al bajar del Hotel para pagar la habitación, El señor que les alquiló la habitación aún no se había marchado de su turno. Al ver a Syleth se quedó perplejo. Tartamudeaba al intentar hablar, mientras la Twi´lek esperaba pacientemente a que le indicara el importe. Finalmente pudo encadenar dos palabras seguidas, y afirmando que era un grandísimo honor, la habitación corría por cuenta de la casa. Ben miró con gesto cómplice a su alumna, al observar que el efecto, incluso antes de salir del hotel, era el deseado. Cuando salieron a la calle, fue devastador. Los niños, que apenas tienen vergüenza, se acercaron rápidamente alrededor de su cuerpo y comenzaron a gritar emocionados. La gente cuchicheaba por doquier, señalando en su dirección. Por suerte el bar de ayer se encontraba cerca y pudieron escapar del gentío antes de que se formase mucho más revuelo. Cuando bajaron a la barra, encontraron el bar completamente vacío. Acababa de abrir, apenas le había dado tiempo a bajar las sillas de las mesas cuando vio aparecer a la heroína de Cantoon. Enseguida identificó a Ben, corrió a abrazar a su ídolo y le preguntó por qué no se había presentado ayer así. Antes de que contestase a la pregunta, montones de personas comenzaron a bajar las escaleras, ella le miró y no hubo más que decir. Estuvieron allí un par de horas, mientras ella contaba alguna de sus hazañas por el espacio. La gente la observaba y vitoreaba, independientemente de la calidad de la historia. Cuando acabó de contar la última la invitaron a un concurso de baile. Mientras ella hacía las delicias del público, Ben aprovechó la ocasión para hacerle la misma pregunta al camarero. Esta vez obtuvo respuesta. Conocía a A’Sharad desde hace tiempo. La última vez que lo vio fue arrestado por Ventom por sublevarse. Se encontraba recluido en el sector B4, donde llevaban a los presos más peligrosos. Algunos supervivientes de esas celdas le contaron que eran zulos construidos a mucha profundidad, donde apenas había aire para poder respirar. “Si vais, más vale que se haga a la idea de que no lo encontrará con vida”. Se preguntó Ben cuánto podía aguantar un maestro Jedi en esas condiciones, por muy poderoso que fuera. Percy cerró el Bar, habló con algunos amigos y regresaron con un aerodeslizador. Se presentó voluntario para acompañarles como compensación al trato de la noche anterior. Normalmente los extranjeros que venían por Cantoon eran afines al imperio y se quedaban una o dos noches por negocios, por eso no era famosa la cuidad por su hospitalidad. Al llegar al sector B4, se dirigieron hacia las celdas de aislamiento. Apenas había vigilancia, no era muy necesaria, lo difícil era abrir las lápidas de mármol que cerraban el paso a las celdas. Los dos guardias, al verse superados en número intentaron huir para informar, pero consiguieron reducirlos y maniatarlos. Ben utilizó la fuerza para poder abrir las celdas, una a una. Liberaron a varias personas, humildes trabajadores de las minas cuyo único delito había sido estar en el momento y lugar equivocado. Bonaven presintió que su maestro se encontraba en la siguiente celda. Se apresuró a retirar la lápida con tanta energía que la mandó varios metros atrás. Al mirar en su interior lo encontró, desnudo y sin vida. Portaba con él el sable de luz, algo maltrecho. Pudo ver que había señales de lucha, varias laceraciones perimortem y una herida cauterizada, mortal, realizada con su propio sable. Entendió que más que una celda, desde el principio fue su tumba. Los Sith habían estado aquí y habían dejado su trofeo enterrado para poder verlo cuando quisieran. Salieron de aquél lugar, le pidió a Percy que le llevara a un lugar tranquilo. Apilaron la escasa madera que encontraron y embadurnaron a A’Sharad en grog. Cremaron su cuerpo para que su espíritu pudiera unirse con la fuerza. Permanecieron allí unas horas viendo cómo el cuerpo se convertía en ceniza. Un pequeño remolino se posó sobre las ascuas y esparció a A’Sharad por toda la ladera, entonces entendió que era el momento de marcharse. Era casi de noche cuando regresaron a la cuidad. El rumor de la heroína de Cantoon había alertado a la guardia de Ventom, que vigilaba las calles. Se despidieron de Percy y sus amigos, a los que sugirió hacer algo de ruido para llamar la atención hacia ellos. Ocultos entre las sombras llegaron al Halcón, que se encontraba custodiado por dos guardias. Cuando Syleth sacó su arma para ponerla en aturdir, Ben hizo un movimiento con la mano. Los guardias se dirigieron lejos de la nave en dirección opuesta donde se encontraban y pudieron entrar en ella. Una vez en el aire, mientras salían de la atmósfera de Roon, Syleth le preguntó a su maestro si había utilizado la fuerza para alejar a los guardias. Ben, con media sonrisa le contestó que había tirado una piedra en esa dirección, porque a veces la opción más sencilla es la opción correcta.

Comments

Me he partido de risa con la canción!!

SergioAchinelli Sylune

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