Star Wars: La Alianza Contraataca

Capítulo IV: Operación Naboo

El Halcón Milenario se dirigió hacia el planeta Naboo con celeridad. Mientras, en la bodega principal, Ben Bonaven y Syleth revisaron con detenimiento la información que manejaban del planeta. Sabían que se encontraba fuertemente custodiado por el imperio. Entrar no iba a ser nada fácil y mucho menos salir.

Ben buscaba la solución desde la meditación. Su mente le transportó a Alderaan, sentado sobre un manto flores de multitud de colores. La brisa acariciaba con dulzura su cara, escuchaba el graznido de los thranta, volaban en círculos buscando alguna presa. Pequeños insectos se posaban en algún punto de su cuerpo, permanecían unos instantes, para emprender de nuevo su vuelo. Sentía el calor del sol como un tibio baño de luz, omnipresente. Pudo distinguir el olor de un rebaño de nerfs, las voces de los granjeros los dirigían hacia las afueras de Aldera.

Lentamente salio de su trance, se incorporó y se sentó a lado de Syleth. Le preguntó si habría algún modo de interceptar los mensajes que se emitían desde Naboo, ella asintió pero añadió que para poder hacerlo, la nave necesitaba encontrarse cerca del planeta o de un repetidor, lo que implicaba ser detectado por los radares imperiales, algo nada aconsejable. Súbitamente, levantó la mirada y agarró con fuerza el brazo de su maestro, al darse cuenta lo soltó de inmediato y sin decir nada salió de la bodega murmurando “¿Donde lo dejé?”. Se escucharon ruidos de objetos cayendo al suelo, Syleth maldijo alguna vez en su idioma y en alguna ocasión exclamó frases como a “Así que estabas aquí” o “Ahora que no te necesito te encuentro”. Bonaven se dirigió a R2D2 y le dijo “Creo que debo plantear como objetivo para futuras sesiones inculcar en mi padawan mi pasión por el orden.” a lo que el Driode respondió con una veloz serie de agudos pitidos. Ambos disfrutaron del show hasta que la Twi´lek regresó con un mapa entre sus manos. Lo extendió sobre la mesa, mostrando con detalle Naboo y los planetas adyacentes. Syleth explicó que Naboo tenía tres lunas, Rori y Ohma-D’un eran habitables pero la tercera luna no disponía de atmósfera. En ella se construyeron varios refugios nucleares y una central de comunicaciones que hace las labores de satélite y repetidor. Si aterrizaban en su cara oculta podrían instalarse, rastrear la frecuencia en la que emitía el imperio y decodificar su señal. Ben felicitó a su alumna y añadió “Y sé cómo vamos a llegar hasta allí. cuando salgamos del hiperespacio, desactiva los escudos, las comunicaciones, los radares, los sensores de movimiento y pasa a control manual. Redirige toda la potencia a los motores y altera la mezcla de ignición de los propulsores con hidrógeno.” Syleth interrumpió diciendo “Pero Maestro” a lo que Ben respondió “Cuando hagas esto, acelera todo lo que la nave pueda y traza una recta hacia la cara oculta de la luna, cuando llegues frena en seco y aterriza, no será nada difícil para una piloto experimentada como tú.” finalizó con ironía. La twi´lek quedó sorprendida, realmente era un buen plan, hacer pensar al imperio que un asteroide había chocado contra la cara oculta, era tan ingenioso que lamentó que no se le hubiera ocurrido a ella primero.

Hicieron los preparativos oportunos mientras continuaban en la velocidad luz y, cuando el visor de la nave mostró el planeta y sus lunas, iniciaron la maniobra descrita por Ben. La twi´lek mantuvo el rumbo en manual con firmeza y el aterrizaje, aunque brusco, fue muy efectivo. Ben resopló cuando comprobó que la nave se encontraba en perfectas condiciones y que su cuerpo no había salido despedido, golpeándose contra algún objeto romo.

Enseguida comenzaron las operaciones para capturar y decodificar las comunicaciones del imperio. R2D2 se encontraba muy excitado, seguía las instrucciones de Syleth con precisión mientras emitía risueños pitidos. Una vez realizadas las modificaciones oportunas en el cuadro de comunicaciones del Halcón, R2D2 salió fuera de la nave portando dos cables, los cuales soldó a diferentes polos del repetidor. De regreso a la nave, se conectó a la consola, calibró la frecuencia de rastreo y comenzó a realizar las tareas de desencriptado. El ordenador central de la nave comenzó a trabajar bajo la supervisión del droide mientras Ben comenzó su turno de guardia. La Twi´lek aprovechó para ordenar la habitación, patas arriba debido a su frenética búsqueda del mapa.

Varias horas después, Syleth estaba completamente dormida sobre el cuadro de mando del Halcón, babeando. Se despertó sobresaltada y, tras enfocar su mirada observó a Ben que se encontraba, como no, meditando. Le miró unos segundos y se dejó caer nuevamente sobre la repisa, momento que aprovechó R2D2 para entonar algún beep grave, quejicoso. Por los altavoces de la nave comenzó a sonar una conversación. Ben se incorporó sin esfuerzo para tomar control de los mandos y grabarlo todo. Observó a Syleth dormida y la miró con dulzura. Su estilizado cuerpo encorvado se movía con suavidad con cada respiración, mostrando una imagen de enternecedora fragilidad. El jedi quedó hipnotizado. Tenía especial debilidad por lo cotidiano y esa estampa le pareció más que bella. Mientras la miraba, se sintió a la vez más fuerte, más débil, pero sobre todo mucho más vivo. Dejó a un lado su frustración, su dolor, y se encontró mirándose a sí mismo como en una visión de sus antepasados, seguro de quién quería ser. La magia se disipó al escuchar a dos operarios imperiales hablando de operaciones de mantenimiento. Apenado, carraspeó suavemente y Syleth se alzó como un resorte. Se puso a mirar a ambos lados de la cabina completamente desorientada. Ben sonrió y miró a la Twi´lek conmovido por ese mágico momento pero ella, todavía algo descolocada y un poco avergonzada, se giró hacia los altavoces. Su maestro recobró su gesto habitual, sereno, desconcertante, y se dedicaron a escuchar con atención las conversaciones.

Escucharon los mensajes con atención durante largo tiempo. La mayoría eran instrucciones de aterrizaje para naves de comercio, salvo alguna patrulla volviendo de realizar maniobras de entrenamiento. Entonces oyeron a la base solicitar ayuda técnica para una incidencia en la terminal de residuos de las mazmorras. El atasco era imposible de solventar por los droides, requiriendo instrumental especializado. Entendieron que esa era la oportunidad que estaban esperando. Ben emitió un mensaje a la central cancelando la ayuda, y contactó con la base indicando que habían mandado una nave con el instrumental necesario. Un carguero corelliano YT-1300 con dos tripulantes y un droide. Calcularon un tiempo prudente para no levantar sospechas e iniciaron el descenso al planeta.

Les facilitaron las coordenadas de aterrizaje y la plataforma donde estacionar la nave. Cuando aterrizaron les estaba esperando un operario, que sin presentarse les indicó que les acompañase. Bajaron en un ascensor hasta las mazmorras, les dirigieron más allá de las celdas y, una vez allí, el operario les señaló una exclusa. “Ese conducto da acceso a todas las cañerías de del complejo. Hay un atasco en este nivel pero desconocemos la localización exacta, tómense el tiempo que necesiten.”

Ben abrió la exclusa y se introdujeron en el conducto. Mientras bajaban, Syleth se quejó amargamente del olor y la suciedad, no deseando saber lo que vendría después. Cuando llegaron al suelo observaron con las linternas que aquel lugar era un laberinto inmenso repleto de tuberías. Menos mal que les habían facilitado un pequeño mapa con la zona afectada. Syleth miró a Ben y le preguntó "¿Y ahora qué?. Él le señaló en el mapa y le comentó “Si seguimos estas cañerías de desagüe daremos con las celdas. Presiento que allí es donde debemos ir.”

Syleth in the sewers

Escalaron por las tuberías unas decenas de metros hasta llegar a la altura de las celdas. Utilizaron una cámara articulada del ajuar personal de Syleth para ver qué había en su interior. Las dos primeras celdas estaban vacías, pero la tercera estaba ocupada. Ajustando el enfoque y la luz pudieron identificar al recluso, era un gungan, “Pero no cualquier gungan” añadió Ben, se trataba del Rugor Nass, jefe de la tribu. Se acercó al desagüe y susurró su nombre, llamando su atención. “¿Quien anda ahí?” preguntó el jefe. “Soy Ben Bonaven, venimos a rescatarte, aléjate y espera que te demos la señal para bajar.” Syleth sacó un soldador y comenzó a describir un círculo alrededor del desagüe. Cuando acabaron Ben usó la fuerza para extraer la pesada pieza y posarla con delicadeza en el suelo de la celda. Nass, ayudado por la pareja, bajó con sigilo por el agujero y lo aseguraron a una tubería. El Jedi consideró oportuno tapar el agujero de nuevo, algo que Syleth consideró absurdo. Descendieron con cuidado, Nass estaba desnutrido y magullado, dificultando el proceso.

Una vez abajo el gungan se abrazó a la pareja, muy agradecido por su rescate. Hablaron unos minutos. Les explicó que el imperio tenía a toda su raza esclavizada por el apoyo a la vieja república y los continuos sabotajes que realizaron a las tropas imperiales una vez tomaron el planeta. Encontraron la base de operaciones secretas en las villas del pantano y le capturaron. Llevaba tanto tiempo en la celda que, cuando Ben le indicó la fecha actual, quedó conmocionado. Lo único que le mantuvo vivo fue la promesa de liberar a su pueblo y retomar el control del planeta, expulsando al imperio. Ben le preguntó por el Maestro Ashla. Rugor le miró emocionado y le contó que dio su vida por salvar la suya. El dolor consumía al Jefe de los gungans tanto que Ben no profundizó más y comenzó a pensar en cómo salir de ahí con Nass sin levantar sospechas.

Fue el propio jefe el que dio con la solución. Ben cerró la llave del agua de la tubería de expulsión de residuos. Nass abrió una compuerta que daba acceso al interior de la amplia tubería y se introdujo en ella. Le dieron el soldador, se despidieron y volvieron a abrir la llave. Dos soluciones en una, eliminaban el atasco y Nass escapaba por las tuberías directamente al pantano. Al subir, todo parecía estar en orden, no había alarmas ni nadie apuntándoles a la cabeza. Se dirigieron al operario para informarle de que la avería había sido subsanada. Al comprobar en el ordenador que los niveles de presión en la tubería de residuos eran normales, les acompañó hasta la nave.

Casi estaban entrando por el hangar cuando comenzó a sonar la alarma. Ben le dijo a Syleth que mantuviera la calma, cerraron la rampa y se dirigieron a toda prisa a los mandos. Al llegar a su puesto informaron al operario de la fuga del recluso de la celda número 3. Entonces se dio cuenta de un pequeño detalle, no había pagado a los técnicos. Avisó por radio de inmediato solicitando que detuvieran al carguero coreliano e impidieran que saliera del planeta. Furioso se dirigió a la celda y entró con brío. Miró a ambos lados, buscando alguna señal de la escapada. Entonces el suelo cedió y su cuerpo se precipitó al vacío, golpeándose con algunas tuberías.

Comments

Syleth no babea!

Ben es el que babea…

Capítulo IV: Operación Naboo
 

Hasta babeando estás preciosa….

Capítulo IV: Operación Naboo
SergioAchinelli Sylune

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