Star Wars: La Alianza Contraataca

Capítulo V: El blues del rescate

La banda de aquel club de jazz tocaba como Ben no había oído en toda su vida. Quizá fuera el efecto del alcohol, quizá el hecho de que hubiera discutido enérgicamente con Syleth o ambas cosas, pero aquel blues le estaba llegando al alma. El humo apenas dejaba ver a la preciosa Sunsine entonar sus melancólicos versos. Su blanquecina piel resaltaba con ese vestido de noche, rojo intenso, que encendía las pasiones de los hombres y las envidias de las mujeres. Subida encima del piano, esa mujer hacía las delicias del público, hipnotizado por su generoso escote y la abertura de su falda, de la que asomaba una de sus firmes e interminables piernas.

Aquellos ojos verdes le apartaron de la dictadura a la que le estaba sometiendo su copa. Esa sedosa voz le transportaba al éxtasis, a su más tierna infancia. Sus padres y abuelos riendo sus monerías en la laguna esmeralda. Se le presentó tan nítido que parecía que estuviese ocurriendo allí mismo. Ayudado por la espesa niebla, el recuerdo se entremezcló con la realidad creando una imagen difusa que fue poco a poco aclarándose. Cuando Ben enfocó la mirada hacia la vocalista, vio a Syleth. Rechazando aquella visión, apartó ojos del escenario por un instante y al volver a mirar se encontró de nuevo a Sunsine.

“Camarero, otra copa” Dijo alzando el vidrio levemente sobre su cabeza y se sentó en la barra de espaldas al espectáculo. No quería que su cabeza le jugara otra mala pasada. Su atención se desvió hacia la excéntrica figura de su compañero de barra, un humano bajito de pelo canoso y cardado. Lucía una larga bata blanca, estaba abierta, dejando ver las ropas del imperio. Al girar su cara al escenario pudo observar el implante de un ojo biónico, nada discreto, ocupando parte de la mejilla y la frente. “Muy a juego con sus duras facciones” pensó Bonaven, al tiempo que dedujo que se trataba de algún alto cargo. Cayó en la cuenta de que ambos, tan dispares, tenían irrefutablemente algo en común, ninguno de los dos encajaba en ese lugar. Apenas pudo degustar su ironía cuando aquel hombre se le dirigió, con la copa alzada, ofreciéndole un brindis. “Por el lugar más seguro de toda la galaxia” gritó con fuerza. “Ese necio cabrón no volará en pedazos su propio planeta” musitó entre dientes antes de dar buena cuenta del licor de su vaso. Lo posó con tanta fuerza que se hizo añicos, esparciendo los cristales alrededor de la barra. El camarero se apresuró a retirarlos sin ni siquiera mirar al infractor, deseoso de recuperar la normalidad en la sala.

Atraído por la curiosidad Ben se acercó. Le observó un tiempo sorprendido, no se podía creer que alguien del otro bando compartiera su frustración y sentimiento de culpa. “¿Un mal día también para usted? “ Consideró esa pregunta como la frase más adecuada. Su ojo biónico se fijó en él. Su cara expresaba una rabia incontenible. Era tanto odio que dolía observarlo. Un incalculable odio hacia él mismo. Bajó la mirada para volver a centrarla en su bebida. “Si fuera solamente un mal día no estaría en este antro engullendo este matarratas infame como si fuera agua mineral.” “La calidad de la bebida es inversamente proporcional al conjunto musical. Es curioso cómo la belleza aparece hasta en los lugares más sórdidos.” Añadió Ben. La cara del operario imperial esbozó una leve sonrisa, le miró con complicidad y antes de volver a sus asuntos le indicó “Quizá una noche con ella mejore mi situación”. Ambos rieron abiertamente y dieron un buen trago.

Permaneció uno al lado del otro, sin decirse nada, mientras la música les envolvía. Sunsine comenzó a cantar “Come back to Tatooine, a sad history of love”. Ambos reconocieron enseguida el solo de los saxos previo a la entrada de la vocalista. Una canción apropiada para tiempos aciagos, parecía que el universo les incitaba a la autodestrucción. Aquel hombre alzó la cabeza y dijo con voz serena “He cometido tantos errores que ni en dos vidas podría redimirme, estoy condenado.” Esa melodía provocó que la tormenta que se producía en su cabeza, en su corazón, se precipitara en palabras. Sorprendido ante su desliz, su aguda muestra de debilidad, bajó de nuevo la cabeza. Ben se arrimó apenas unos centímetros, se giró hacia él y le miró fijamente. Esperó hasta que el instinto de su compañero detectara la maniobra, entonces sus ojos se cruzaron. El operario imperial quedó impresionado, apenas reconocía al taciturno señor que tomaba copas a su lado. La expresión de su rostro transmitía una perturbadora serenidad. Antes de que pudiera ni siquiera reaccionar Ben le dijo:

“Un hombre entró en pleno incendio y salvó a un recién nacido. Se lo entregó a su madre, que entre lágrimas le miró y, casi sin poder articular palabra por la emoción, le dio las gracias. La gente se acercó a saludarle y agradecerle su incuestionable valor. Cuando los soldados imperiales llegaron detuvieron al sujeto, provocando el asombro de todos los presentes. Se trataba de un conocido fugitivo. Cuando se lo llevaban el padre se acercó y le preguntó por qué se arriesgó a rescatar a su hijo aún sabiendo que le volverían a arrestar. El hombre contestó sencillamente que porque, al igual que cuando decidió robar aquel banco, merecía la pena intentarlo.”

Ben se levantó del taburete decidido a pagar la cuenta cuando una mano bloqueó su brazo “Esta ronda corre de mi cuenta. Por cierto, me llamo Bevel.” El jedi sonrió agradecido y se dirigió a la salida, no sin antes dedicarle una última frase “Encantado Bevel, mi nombre es Ben. Tenga esto bien presente, nuestros actos nos definen, y éstos no tienen memoria.”

Nada más salir de allí presintió que algo iba mal. Una imagen de Syleth siendo torturada por el capitán Sullust llegó a su mente como un rayo alcanza un árbol en plena tormenta. Pudo sentir su intenso dolor, antes de que cayera inconsciente. El pulso de Ben se aceleró tanto que tuvo que pararse un momento a coger aliento. Lo sabía, no había tiempo para meditar ningún ingenioso plan. Se concentró de nuevo en ese recuerdo, centrándose esta vez en los detalles. Detrás de Sullust había unos grandes ventanales que daban al exterior y por ellos pudo ver un edificio muy característico de la cuidad. Se trataba del Banco Planetario Imperial (BPI) cuyo logo daba vueltas alrededor de las últimas plantas del rascacielos.

Salió de su trance, algo descolocado, y buscó aquel edificio con la mirada. A su lado vio una motodeslizadora y no se lo pensó, rompió la cadena de seguridad, se montó y salió a toda prisa. Llegó al BPI y se orientó para identificar dónde se encontraba Syleth. Pudo concluir que debía encontrarse en la parte alta del rascacielos situado al oeste del banco. Usó la fuerza para poner la motodeslizadora en paralelo con el edificio y comenzó a ascender a máxima velocidad. Estaba llegando a las últimas plantas cuando a través del cristal pudo ver el cuerpo de Syleth en posición vertical,amarrada a la mesa de tortura. Sacó el sable láser e hizo una pequeña brecha en el cristal. Los dos guardias que custodiaban a la twi´lek apenas pudieron reaccionar cuando Ben levantó el morro de su vehículo describiendo un círculo en el aire y aceleró justo cuando se encontró frente a ellos. El cristal se rompió en mil pedazos y el Jedi entró en la sala. Se soltó de la motodeslizadora, que impactó en uno de los soldados y lo aplastó contra la pared. El otro tuvo tiempo para utilizar su blaster, pero sus dos disparos fueron desviados por el sable de luz creando dos agujeros en el techo. Antes de que pudiera efectuar otro disparo Ben aprovechó la inercia para asestar una fuerte patada en el pecho de su oponente, que voló hasta golpear su cabeza contra la puerta, cayendo inconsciente. Rompió con precisión las ataduras de Syleth con su sable, la cogió con fuerza y la sentó en el asiento del copiloto de la motodeslizadora y, justo cuando abrían la puerta refuerzos, saltaron por la ventana.

Syleth se despertó y al observar que caían en picado se agarró con tanta fuerza a Ben que casi le deja sin respiración. El suelo cada vez estaba más cerca y no paraban de ir más rápido. Casi podían oler el asfalto cuando Ben creó un campo de fuerza a su alrededor, tiró del manillar y estabilizó el vehículo, creando un profundo cráter en el pavimento. Jamás había visto Syleth pilotar tan agresivamente a Ben, lo veía desplazarse de derecha a izquierda sorteando a los coches que venían en dirección contraria con extrema facilidad, mientras los pocos efectivos que les perseguían no podían darles caza. Alguno se arriesgó a utilizar la misma estrategia que Ben, pero en una de las maniobras se desequilibró y salió despedido hasta colisionar contra un muro de carga de un paso a nivel.

Llegaron al Halcón y se subieron rápidamente, la adrenalina era tan elevada que apenas repararon en las magulladuras producidas por el cristal o las horas de tortura. Nada más salir al se encontraron con dos superdestructores que les cortaban el paso. Syleth giró la nave con habilidad dejándolos en la retaguardia. La fortuna quiso que ambos capitanes de los destructores, completamente pendientes del combate, no cayeran en la cuenta de que si mantenían el rumbo colisionarían el uno con el otro. Rectificaron a tiempo, pero el Halcón tomó distancia en la persecución. Salieron varios varios Tie Fighter a su caza. Uno de ellos les alcanzó pero los escudos aguantaron. Ben disparó desde la cabina y se deshizo de uno, mientras Syleth hizo unas maniobras evasivas para evitar ser alcanzado por el otro. No surtieron efecto y la nave recibió un nuevo impacto. La evaluación de daños mostraba la pérdida de una de las supercomputadoras imposibilitando, entre otras cosas, la hipervelocidad. Entonces Syleth optó por adentrarse en un campo de asteroides para evitar que los superdestructores continuaran su asedio. Ben logró alcanzar a un Tie Fighter mientras otro se estampó contra un meteorito, ya solo quedaba uno. Se introdujeron por una gruta para intentar perderle, ésta se estrechó tanto que apenas unos metros separaron al Halcón de sus rocosas paredes. “Este sitio tiene buena pinta” dijo Syleth. Realizó un giro de 270 grados para introducirse en un agujero dentro del asteroide, momento que aprovechó Ben para realizar unas ráfagas de disparos que pillaron por sorpresa al piloto enemigo, esparciendo sus restos por el espacio.

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SergioAchinelli JaviAguilar

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