Star Wars: La Alianza Contraataca

La venganza del Capitán Sullust

Syleth se encontraba en la más completa oscuridad, prisionera en una celda imperial. Su mente era apenas consciente de ese hecho, pues el dolor de la tortura reciente aun resonaba en su interior. Para proteger su cordura cuando el temible Sith había encendido aquel impío aparato, su consciencia se refugió en los recuerdos más profundos, alrededor de las sensaciones más vívidas que había podido encontrar en su memoria. Ahora se encontraba en ese ensueño, recordando…

Aquella vez había estado demasiado cerca. No es que Syleth no disfrutara con las emociones fuertes, pero su escape de Naboo había puesto a prueba sus nervios. El mismo sudor frío que había experimentado cuando huyeran de la estrella de la muerte le corrió por la espalda, empapando el asiento del piloto.

Los endemoniados cazas habían surgido como de la nada, aproximándose a una velocidad muy superior a la de un caza Tie. En un instante, dos alas de las mortíferas naves revoloteaban alrededor del Halcón. Los interceptores escupían rayos de manera incesante, castigando los escudos con dureza y haciendo estallar pequeños fuegos a todo lo largo de la nave. Sabía que incluso con los sistemas redundantes, no tardarían en quedar fuera de combate. Un nudo empezó a tensarse en su garganta.

La batalla se libro en apenas segundos. Una serie de alocadas maniobras defensivas lograron romper la formación de los atacantes, y un disparo de la torreta alcanzó al caza en cabeza, haciéndolo estallar. Pero la situación era desesperada, habían caído en una trampa y aquellos letales cazas eran tan solo la punta de lanza. Syleth maldijo en voz alta.

Ya casi había dejado de hacerlo. A Ben le molestaban las expresiones vulgares y ahora solamente las profería ocasionalmente, para provocarle. Esa vez, sin embargo, lo había dicho sin pensar y no tuvo tiempo de girarse para ver como su maestro fruncía el ceño.

Todo sucedió tan deprisa, que ahora apenas recordaba los detalles. Ella se movió como llevada por un impulso de supervivencia que no le permitía actuar conscientemente. Dejó que sus reflejos tomaran el control, y se dedicó a ejecutar una serie de peligrosas acrobacias que llevaron el caos a sus perseguidores. Los sensores de alarma de varios sistemas ya se habían disparado por la acumulación de impactos, cuando en su pantalla empezaron a aparecer las distantes señales del resto de la flota imperial.

No iban a aguantar mucho más. En cuanto vio una zona despejada, se apresuró a conectar el motor hiperespacial. Se le escapaba cómo había sucedido, cómo habían logrado abrirse paso entre tanto atacante. Ben se encontraba a su lado, inmóvil, y aunque ella no había sido consciente, había hecho chocar entre sí a los cazas perseguidores cuando sus vectores de aproximación se encontraban muy pegados.

Bonaben permanecía muy callado, en parte recuperándose del enorme esfuerzo que había tenido que hacer para manipular la fuerza y mover las naves enemigas, y en parte porque le costaba creer que siguieran vivos después de aquello. Había estado tan cerca de acabar en desastre que ni siquiera estaba seguro de que todo hubiera terminado y fueran a contarlo. Habían conseguido saltar al hiperespacio, pero una infinidad de parpadeos de luces rojas en la cabina les informaban de que varios sistemas estaban gravemente comprometidos. El sonido de las alarmas terminaba por darle gravedad a la situación, y de vez en cuando el siseo de cables ardiendo, sistemas apagándose en cortocircuito y el extintor que R2-D2 blandía por toda la nave, auguraba que la situación seguía siendo desesperada. Aunque hubieran logrado dejar atrás a los implacables sabuesos del imperio seguían en peligro.

Apenas llevaban un par de minutos en el hiperespacio, y ninguno se había atrevido a pronunciar una sola palabra. Tal vez temieran que el más leve sonido emitido por sus bocas pudiera terminar de resquebrajar el fuselaje, que amenazaba con ceder con cada crujido. O quizás estaban demasiado concentrados en escuchar los quejidos de la nave, que parecía que se iba a descomponer en pedazos a cada momento…

Entonces sucedió. Un nuevo ruido, esta vez más grave, les indicó que algo muy malo iba a suceder. Escucharon un zumbido que fue bajando de tono hasta apagarse. El hiperimpulsor se había desconectado. Habría llegado a su límite, o tal vez la capacidad estructural de la nave había llegado a un punto crítico, y las computadoras les estaban forzando a regresar al espacio normal para evitar ser reducidos a polvo estelar. En cualquier caso, las luces empezaron a parpadear en la cabina, amenazando con dejarles completamente a oscuras. Llevaban un rato usando la energía auxiliar, y Syleth sabía que no quedaba ningún otro sistema de emergencia capaz de dar iluminación, generar oxígeno y calentar la nave contra el terrible frio del espacio si perdían la energía. Si fallaba, su tumba sería un sarcófago de metal muerto y oscuro, en medio del espacio quién sabe dónde.

Pero el regreso al espacio normal no fue para nada suave y tranquilizador. Con el generador de energía principal dañado, los compensadores gravitatorios apenas funcionaban al mínimo, y en esos violentos momentos, el halcón se agitó como un Bantha enfurecido. Sus tripulantes fueron sacudidos por el enorme frenazo, y el brillo de las estrellas, que se habían estirado hasta el infinito formando un túnel en el hiperespacio, se volvió una caótica espiral de luces que bailaba de forma desconcertante a través de las ventanas de la cabina. La muchacha aguantó el fuerte tirón gracias al arnés del asiento del piloto, aunque no pudo evitar que con la fuerza, la cabeza saliera disparada hacia el frente y sus lekku se golpearan contra la consola. El fuerte golpe en una parte tan sensible (pues la cavidad cerebral de los Twi’lek se expandía ligeramente hacia los tentáculos) la dejo al borde de la inconsciencia por el dolor.

Ben no tuvo tanta suerte. No se encontraba atado a un asiento cuando los sistemas de la nave fallaron, y su cuerpo salió despedido como un trapo, golpeándose fuertemente la cabeza contra las mamparas del pasillo de acceso a la cabina. Ni siquiera el acolchado de las paredes pudo evitar que el duro golpe le hiciera una fea brecha en la cabeza, y perdió el sentido instantáneamente. La joven había escuchado el sordo crujido de la cabeza de Ben golpeando inerte contra la nave, y aunque su primer impulso fue correr para ayudar a su maestro, se mantuvo serena y aguanto a los mandos de la nave. Se deslizaban sin ningún control en el frio espacio, los impulsores laterales de estribor no funcionaban y estaban dando vueltas en espiral cada vez más rápido. Notó como el cálido abrazo de la inconsciencia la envolvía en su manto, pero luchó para mantenerse despierta unos segundos más. Si no lo hacía, pronto todo habría terminado.

Tardó unos instantes en comprender que el pequeño droide no iba a ser capaz de salvarles esta vez. La unidad R2 solo emitía unos lastimeros pitidos, y no hacía falta entender el binario para imaginar lo que significaban, era imposible que pudiera haberse agarrado a nada en aquel giro sin control. Syleth consiguió vencer a su miedo, y por loca que pareciera la idea, no vio otra salida a esa situación desesperada. Aceleró a fondo la nave mientras desactivaba los impulsores laterales. El Halcón respondió como una flecha. Ganó velocidad en apenas un instante, y el carguero logró vencer la inercia. Una vez estabilizada su marcha, comenzó a reducir lentamente la potencia. No llego a terminar el ciclo de frenado. La nave hizo un último estertor, y todos los sistemas se apagaron. Se quedaron a oscuras.

No tenía claro si era su miedo, o el frío del espacio ya se hacía notar en el interior de la nave muerta, pero un escalofrío recorrió su cuerpo como un látigo. Ahora que no tenían soporte vital, la diferencia de temperatura con el exterior no tardaría en desaparecer, y morirían congelados. Pensó rápidamente en ponerse el traje de vacío, eso le daría algunas horas. Sin embargo, dudaba que pudiera meter a Ben inconsciente en otro traje a tiempo, y para cuando terminara los sistemas de la nave se habrían helado, con todo ese refrigerante perdido suelto y los daños que el sistema de aislamiento había recibido. Si se congelaban ya no podría arreglarlos y estarían perdidos.

Así que se caló las gafas, y gracias al sistema óptico mejorado logró ver lo suficiente para salir de la cabina. La cabeza aún le daba vueltas por el mareo y sentía los miembros fríos y dormidos, pero no podía perder un segundo.

La nave parecía un mausoleo oscuro y mudo, en el que apenas reconocía los objetos familiares con los que se encontraba a su paso. Bajo la frialdad del visor, el grado de caos que reinaba en la sala principal del Halcón le resultaba difícil de describir. Localizó en una esquina el cuerpo de Ben, estaba tirado y tenía un brazo doblado en un ángulo antinatural. La sensación de que un puño atenazara sus entrañas le sobrevino cuando por segunda vez refrenó sus impulsos de asistirle. Podía notar como empezaba a exhalar vaho con cada respiración, y el visor térmico le mostraba cruelmente como el calor de su cuerpo se disipaba veloz en el aire a su alrededor. No les quedaba mucho tiempo y el aire no empezaría a escasear lo suficientemente pronto como para retardar el proceso, así que iban a morir congelados antes de poder asfixiarse. El frío le pareció una muerte preferible.

No le costó localizar a R2-D2, pues sus pitidos eran lo único que rompía el sepulcral silencio que inundaba el lugar. Lo puso en pié tan rápido como pudo, liberándolo ágilmente de la masa de objetos que se habían venido encima del droide en su caída contra el lateral de la nave. La mayoría era ropa. Syleth no había podido resistirse a comprar una gran cantidad de prendas en Naboo, y en su apresurada huida no tuvo tiempo de guardarlos en un armario. El pequeño droide había quedado enredado como en una red, envuelto en un pesado manto negro que Syleth aun no había tenido ocasión de estrenar. Entre eso, y el montón de nuevo calzado sobre el que había caído (y que le aprisionaba como si fueran cuñas) R2 había sido incapaz de moverse.

Emitió una serie de pitidos de agradecimiento cuando Syleth lo devolvió a la vertical. La joven empezaba a temblar, y sabía que sin luz y con ese caos, a ella le llevaría horas poder arrancar la nave. Aun suponiendo que fuera capaz de encontrar su caja de herramientas. Se arrodillo hacia el droide y le dirigió unas palabras tan serias que apenas se reconoció a sí misma:

Pequeñín, es tu momento. Si hay alguien que puede salvarnos, eres tú. Necesito que actives el soporte vital rápidamente, antes de que nos congelemos.

Syleth y r2 d2 lite

El pequeño robot se puso en marcha como una exhalación. Conectó uno de sus brazos extensibles a la entrada del panel de ingeniería, y entre pitidos comenzó a trabajar. Syleth fue corriendo hacia Ben, tropezando torpemente con los restos del nuevo vestuario que ocultaba el suelo de la cubierta. Cuando llegó a su lado, necesitó de todas sus fuerzas para mover el cuerpo de Ben, liberándolo de aquella postura macabra. Lo atrajo hacia su regazo, y aunque bajo la fría luz del intensificador óptico no podía apreciar la magnitud de sus lesiones, notaba en sus manos la tibieza de la sangre que manaba de su cabeza. Aterrada, se retiro las gafas, casi como si creyera que podría verle mejor en la absoluta oscuridad.

Syleth notó crecer su frustración cuando se quedo a oscuras y solo pudo sentirle. No podía creer que después de haberle salvado la vida en dos ocasiones, al final Ben fuera a morir en sus brazos, sin haber oído todo lo que ella tenía aún por decirle. Tras reposar la inerte cabeza de Ben sobre su pecho, apoyó su barbilla sobre el suave pelo y comenzó a sollozar. La memoria de su olor, y cómo había sentido el contacto con su pelo en otra ocasión anterior, hizo brotar nuevos recuerdos, y el miedo a perderle se hizo más fuerte que nunca. Su cuerpo volvía a estremecerse.

No supo si fue el temblor de su llanto o la tibieza de su cuerpo la que despertó a Ben. Aunque estaba muy aturdido, el Jedi abrió los ojos en el momento en el que volvieron las luces. El ahogado sollozo de impotencia de Syleth se convirtió en júbilo, y el Jedi se retiro lentamente de su padawan. Estaba recuperando el sentido de manera asombrosa, pero ella estaba tan feliz de ver como sus ojos se habían abierto de nuevo, que ni siquiera reparo en lo sobrehumano de esfuerzo.
Siento haber manchado tus ropas, dijo Ben, señalando hacia el charco de sangre que ensombrecía su blusa. La joven miró hacia abajo, y comenzó a reír. Normalmente se disgustaba mucho cuando estropeaba alguna pieza de su vestuario (a resultas de algún combate, generalmente), pero en esa ocasión no pareció importarle. El Jedi estaba convencido de que apenas había estrenado aquella prenda esa misma mañana, y no había parado de repetirle lo mucho que le gustaba desde que la había comprado el día anterior…
Sin embargo ella se lanzó a abrazarlo con un entusiasmo desmedido. El hombro de Ben le devolvió a la realidad con una punzada aguda de dolor, y su aprendiz, avergonzada por haberle apretado tanto, se alejó hasta la distancia que siempre mantenían. Estaban a salvo, y el torrente de sensaciones desapareció como arrastrado por una ola.

Syleth volvió a la realidad. Tenía los brazos atados a la espalda en una posición que debía resultar muy dolorosa. Sin embargo, su propio cuerpo chillaba de dolor de arriba abajo y el resto de señales quedaban enmudecidas. Su sistema nervioso estaba tan sobre estimulado por el horrible aparato, que no sentía las magulladuras de los golpes ni las laceraciones en la piel. Notaba la boca muy seca, y con el metálico sabor de la sangre. Su sangre.

Trató de recordar cómo había llegado hasta allí, pero el dolor que sentía por todo el cuerpo era tal, que no le permitía pensar con claridad. Sabía que estaba en Sullust, o al menos eso creía, si es que no la habían trasladado ya. No tenía forma de saber cuánto tiempo había estado inconsciente, pero creía que no debía haber transcurrido más que apenas unas horas. Todavía tenía brillantes las heridas que había sufrido cuando la capturó su némesis, el capitán Sullust, así que no había podido pasar mucho rato.
Le entró pánico al pensar todo el sufrimiento que había podido experimentar en tan breve espacio de tiempo, y casi perdió el control cuando imaginó lo que meses de tortura imperial podían hacer con ella.
En el mejor de los casos, su maestro apenas habría notado su falta, y era muy poco probable que se hubiera propuesto encontrarla todavía. Cuando se separaron por última vez no habían terminado en muy buenos términos.

Habían tenido que detenerse en aquel peligroso planeta para arreglar la nave. Les había llevado días de reparaciones en el espacio poder moverla lo suficiente como para alcanzar el sistema más cercano, y aunque el peligro de toparse con el imperio era muy grande, no habían tenido opción. La tensión que había surgido entre ellos en esos duros días a bordo, explotó cuando por fin tomaron tierra. Tras discutir acaloradamente, Syleth había decidido que repararía la nave y dejaría a Ben allí. Ya no soportaba más su presencia. Notaba que le faltaba el espacio cuando estaba con él, y no se reconocía a sí misma en muchos aspectos. Pensaba que tenía que alejarse de su lado para siempre.

En el fondo, estaba aterrada por sus sentimientos. Se sentía vulnerable, y no pensaba que el humano fuera a devolverle jamás el afecto que ella sentía. Los otros rebeldes habían rescatado a un montón de niños que tenían la capacidad de usar la fuerza, y le esperaban todos en la nueva base móvil de la alianza. Syleth temía que se distanciaran en cuanto Ben se pusiera a entrenarlos, y todo el tiempo que habían pasado juntos, todos esos años y los sentimientos que habían compartido no volverían a significar nada. No podía soportar la idea de que él volviera a tratarla de nuevo como a una extraña que acabara de conocer.

Los celos que sentía la estaban matando… Había decidido no volver a verle.

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Syleth se había marchado con el droide en busca de las piezas necesarias para terminar el trabajo, y Ben se había ido por su lado. Ella pensó que en esos momentos andaría preguntando por Jedis exiliados a cualquiera que se encontrara por la calle, pero la realidad es que Ben se sentía dolido. No entendía el enfado de la chica esta vez, y las últimas palabras que ella le había dicho antes de marcharse aun resonaban en sus oídos, habían dado en el clavo. Estaba tan abatido, que apenas fue consciente de que sus pasos le habían llevado hasta un lúgubre local, y ahora estaba ahogando sus penas con el brandy local, pensando si quizás no debería emborracharse, para poder decirle a Syleth todo lo que pensaba sin tapujos.

Mientras Ben charlaba animadamente con los parroquianos, Syleth caminaba hacia una trampa tejida por su peor enemigo para capturarla. El temible capitán Sullust pensaba en cómo la joven había logrado escapar de sus manos una vez al fugarse de una prisión imperial, y no estaba dispuesto a dejar que volviera a suceder. Se aseguró de que todas las piezas de su plan estaban colocadas, y salió de su nave. Iba a cazar a su presa.

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SergioAchinelli Sylune

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