Star Wars: La Alianza Contraataca

Un nuevo comienzo

Syleth volvió su atención al mundo físico. Sus pensamientos todavía trataban de organizarse en su cabeza. Las secuelas de la terrible prueba de la verdad incluían una sensación de desconcierto, y en los escasos minutos desde que despertara del largo sueño aun no había logrado organizar todas las nuevas sensaciones que recorrían arriba y abajo su columna, extendiéndose a lo largo de las terminaciones nerviosas de su cuerpo.

Le sorprendió la capacidad que tenía ahora para leer las emociones, y entender los orígenes y consecuencias de los sentimientos. Exar Kun estaba en lo cierto cuando afirmó que era el amor lo que movía la galaxia, y resultaba fascinante ver las variadas formas en las que los mortales trataban de ocultar y negar las consecuencias del amor a su mente racional. Lo que ahora le parecía tan trivial que podía deducirlo de una sonrisa, apenas unos días atrás le había parecido el más insondable misterio del alma de los hombres. Era curioso cómo había cambiado su percepción desde que tomara plena consciencia de las motivaciones de los sentimientos en todos aquellos capaces de sentir.

Syleth meditating

También podía ver los cambios en Ben, si acaso mejor que nadie, pues le conocía muy bien. El humano había permitido que sus sentimientos salieran finalmente a la luz, pero sin embargo no habían surgido de la forma natural que el lord Sith les había mostrado, sino de la manera “difícil”: solamente tras varios días de aislamiento emocional, y ante la perspectiva de que la inconsciente Syleth no volviera a ser nunca la misma persona, se habían terminado por manifestar sus auténticas pasiones, de la mano de todos sus miedos. Había tomado conciencia de sus propios sentimientos de forma abrupta, y sus emociones se habían desatado en un torbellino sin control que habrían amenazado con acabar con su cordura de cualquiera que no tuviera una voluntad tan férrea como él.

Como resultado, el Jedi había velado sin descanso el indefenso cuerpo de su pupila durante aquellos inciertos días. Casi como para llevar la contraria, el humano había llegado finalmente a la conclusión de que la amaba cuando la Twi’lek quedó inconsciente, a merced del peligroso trance de la prueba de la verdad. Le había llevado mucho tiempo aceptarlo, pero tras todas esas noches meditando sobre sus sentimientos, analizando sus recuerdos, y empleando a fondo las recientes lecciones de Exar Kun, Ben no pudo negarse la verdad por más tiempo.

El momento de revelación le cogió por sorpresa. Surgió en su mente de forma imparable en cuanto la joven cayó al suelo tras perder la consciencia, y se hizo patente en el momento que se dio cuenta de que existía una probabilidad de que nunca volviera a despertar. Se entristeció al pensar que sólo había tomado conciencia de su amor cuando realmente temió haberlo perdido para siempre, pero para entonces era demasiado tarde para lamentaciones, y solo le quedo esperar lo mejor.

Apenas probó bocado en ese tiempo, ni hizo otra cosa que permanecer a su lado desde el instante en que la joven se desvaneció. Se dijo a si mismo que no quería que ella abriera los ojos y él no estuviera allí. El miedo a perderla se intensificaba cada jornada, y cuando caía la noche tenía que reconocer asustado que con cada día que pasaba aumentaba la posibilidad de que ella no volviera a abrir los ojos jamás.

Cuando la muchacha despertó habían pasado 4 días. Las esperanzas del humano se habían desvanecido casi por completo, y una pátina de barro se había formado en su barba allí donde las lágrimas se habían secado sobre los terrosos restos del planeta. Llevaban semanas sin una ducha civilizada y casi era imposible reconocerles con aquellas ojeras, las ropas sucias y empapadas, y sus rostros manchados de la arcillosa arena de Dagobah.

Al despertar, Syleth fue plenamente consciente de las pasiones en su corazón, como lo era de las que escondía el interior del Jedi. Ahora comprendía todas sus dudas y temores interiores, la muerte de su familia, y como había proyectado en su maestro la desesperación de haber perdido el amor de sus padres. También notaba cómo Ben había tenido que batallar sus emociones durante todos aquellos años a su lado, para no permitir que la atracción por la joven traicionara todos los valores de su extinta orden. Un código arcaico por el que estaba dispuesto a hacer el sacrificio último.

Al abrir los ojos, pudo sentir como el amor de Ben estallaba en su interior de forma incontrolable. El humano la abrazó como si fuera el último ser vivo de la galaxia, y cuando vio que la joven no rechazaba su contacto, acercó su rostro hacia el de la joven sin vacilación. Sus bocas se buscaron en silencio, y permanecieron unidas finalmente, después de aquellas tantas ocasiones en las que apenas se habían rozado por un tímido instante. Tras años de espera, ninguno pareció dispuesto a dejar marchar al otro. Sin embargo, pasados unos instantes en los que la complicidad entre sus cuerpos se hizo evidente, Syleth rompió el abrazo. Con delicadeza separó su cuerpo del de Ben, y lentamente comenzó a levantarse del suelo.

No quería volver a dejar de lado a Ben, pues el peso de su desaire en Sullust y las emociones residuales que aun la rondaban le hacía sentir culpable. Pero por primera vez sentía que tenía que dar prioridad a las escasas lecciones que el maestro Kun aun tenía por impartir. Esa noche no volvió a la nave. Pese a que la suciedad e incomodidad de vivir de forma primitiva le había parecido horrorosas desde que se habían posado en aquel salvaje planeta, ahora se sentía en deuda con el siniestro lugar. De alguna forma sentía que le debía algo, que su ascensión tenía que ver con aquel lugar primordial, y de alguna manera comprendió que desde la comodidad de un monasterio Jedi recorrer aquella senda hubiera sido casi imposible. Solamente en contacto con su yo más primitivo, dejando de lado las distracciones de los compañeros y lo material, había conseguido llevar a su mente a un punto en el origen del cosmos y de la propia fuerza, en el que pudo hallar las respuestas necesarias para traer su mente de vuelta al mundo. Había estado a punto de perderse en un mundo de inseguridades y de mentiras tejidas en su propia mente, que a punto habían estado de costarle la cordura. Solamente con los sentidos salvajes aguzados por Dagobah, había encontrado en su mente el punto de su consciencia sobre el que enfocarse, lo que le permitió salir con su mente indemne de aquella prueba.

Sin embargo, aquella noche rechazó volver a entrar en su nave después de tanto tiempo. No sucumbió a la enorme tentación que suponía recibir una agradable y cálida ducha, poder retirar aquel barro y cambiar sus ropas, que eran apenas los jirones de unos harapos desgarrados después de todas aquellas duras lecciones. Sin embargo, rechazó pasar la noche en su mullida cama por otro motivo. No era solamente por un sobrio sentido de gratitud hacia aquel planeta, que ahora percibía casi como si se tratara de una entidad por derecho propio, sino que podía sentir a Ben impaciente, esperando en el interior del halcón para abordarla y revelarle sus sentimientos. Pero ella ahora podía entenderlos mejor que el propio Jedi.

Pese a que comprendió perfectamente que ya no podría vivir reparada de Ben, sabía que el Jedi aun no estaba preparado para aceptar su propia verdad, y por otro lado seguía siendo esclavo de sus emociones como había sido Syleth. Debía pasar la prueba de la verdad para liberarse de sus miedos, solo así podrían estar juntos y solamente comprendiendo y aceptando todas sus emociones sin engañarse podrían vivir libres del miedo. Ella decidió que le esperaría todo el tiempo que fuera necesario, pero no podía permitir forzar a Ben a aceptar una relación cuando todavía no podía comprender sus propios anhelos, y antes debía perdonarse a sí mismo, y a todos a los que turbaban la paz de su espíritu. Por eso aquella noche cogió una manta, y solitaria se acurrucó bajo las estrellas.

La joven decidió que debía aprovechar el poco tiempo restante que le quedaba a su maestro en esta tierra, y se entregaría por completo a seguir las enseñanzas de Exar Kun. Debía beber sus palabras como si hubiera pasado toda su vida en un ardiente desierto, y los pensamientos verbalizados del Lord Sith fueran el néctar más dulce y refrescante que jamás hubiera tocado sus labios.

A la mañana siguiente, bajo su mirada la figura de Exar Kun era ahora muy distinta. Tras superar el test final, la joven era capaz de percibir la inseguridad y el cansancio del Sith como nunca antes hubiera podido imaginar. El maestro ocupaba un cuerpo debilitado, la energía que había utilizado para poder poseer el envoltorio mortal de Jet estaba casi agotada, y aquella carcasa ya empezaba a mostrar avanzados signos de deterioro. Las arrugas en el rostro del milenario maestro se habían acrecentado en esos días en que Syleth había estado luchando dentro de su mente. El miedo al fracaso en aquel único intento, había terminado por corroerle por dentro, agotándolo prácticamente hasta sus últimas fuerzas. Mientras la envoltura mortal de la Twi’lek se encontraba inerte en el suelo embarrado de aquel remoto y salvaje planeta, las dudas y el temor habían provocado que una palidez cenicienta se extendiera día tras día por la piel de aquel cuerpo humano, poseído por uno de los espíritus más poderosos de la galaxia. Trataba de alargar su estancia en el mundo de los vivos apenas un poco más, temeroso de desvanecerse antes de poder asistir al desenlace de todo aquello que había creado en su mente a lo largo de los dolorosos siglos, ahora que podía casi tocarlo.

La luz que brillaba en sus ojos era de un amarillo enfermizo y estaba casi extinta. El temblor en la voz de aquel avatar de la fuerza se hizo evidente para Syleth cuando comenzó a articular los primeros balbuceos en su última lección. Para la confiada joven, el miedo de Exar Kun ante el fracaso de su plan se mostraba evidente. Después de milenios de meditación y dialéctica, al fin iba a tener ocasión de comprobar la validez de su teoría final, y el pánico al fracaso era la única sensación que había ido alimentándose a lo largo de los siglos en aquella mente atrapada sin cuerpo.

Bajo el firme agarre de la mano de la Twi’lek, la carcasa de aquel humano que albergaba un tremendo poder se sacudía temblorosa. La desintegración de sus tejidos orgánicos era ya evidente e irreversible. Exar Kun había forzado su permanencia en este mundo más allá de lo que nadie hubiera podido soñar, pero finalmente la fuerza se había cobrado su precio y el cuerpo de Jet era apenas una sombra de lo que había sido cuando vivía. Su final estaba próximo, todos los presentes podían notarlo y el sentimiento de pérdida que compartían flotó silencioso en el campamento. Ninguno lo mencionó en alto pero no era necesario vocalizarlo, pues todos sentían el resonar de la fuerza anunciando el final de Exar Kun, unificador de la fuerza en la galaxia.

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SergioAchinelli Sylune

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