Star Wars: La Alianza Contraataca

Epílogo

Mientras la primera Estrella de la Muerte se dirigía hacia el sol de Horuz, la flota imperial desertora se lanzaba hacia el hiperespacio para unirse al solitario crucero Lealtad.

Pronto, ambas Estrellas de la Muerte quedaron destruidas, y la galaxia observaba con júbilo el comienzo de una nueva esperanza.

Pero Ben Bonaben había sido capturado por el general Sullust, y el Emperador conservaba gran parte de su poder, cimentado sobre la mayor flota militar de la historia y un ejército imparable de 10.000 guerreros Sith…

Imperialfleetnewshipsby

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Un nuevo comienzo

Syleth volvió su atención al mundo físico. Sus pensamientos todavía trataban de organizarse en su cabeza. Las secuelas de la terrible prueba de la verdad incluían una sensación de desconcierto, y en los escasos minutos desde que despertara del largo sueño aun no había logrado organizar todas las nuevas sensaciones que recorrían arriba y abajo su columna, extendiéndose a lo largo de las terminaciones nerviosas de su cuerpo.

Le sorprendió la capacidad que tenía ahora para leer las emociones, y entender los orígenes y consecuencias de los sentimientos. Exar Kun estaba en lo cierto cuando afirmó que era el amor lo que movía la galaxia, y resultaba fascinante ver las variadas formas en las que los mortales trataban de ocultar y negar las consecuencias del amor a su mente racional. Lo que ahora le parecía tan trivial que podía deducirlo de una sonrisa, apenas unos días atrás le había parecido el más insondable misterio del alma de los hombres. Era curioso cómo había cambiado su percepción desde que tomara plena consciencia de las motivaciones de los sentimientos en todos aquellos capaces de sentir.

Syleth meditating

También podía ver los cambios en Ben, si acaso mejor que nadie, pues le conocía muy bien. El humano había permitido que sus sentimientos salieran finalmente a la luz, pero sin embargo no habían surgido de la forma natural que el lord Sith les había mostrado, sino de la manera “difícil”: solamente tras varios días de aislamiento emocional, y ante la perspectiva de que la inconsciente Syleth no volviera a ser nunca la misma persona, se habían terminado por manifestar sus auténticas pasiones, de la mano de todos sus miedos. Había tomado conciencia de sus propios sentimientos de forma abrupta, y sus emociones se habían desatado en un torbellino sin control que habrían amenazado con acabar con su cordura de cualquiera que no tuviera una voluntad tan férrea como él.

Como resultado, el Jedi había velado sin descanso el indefenso cuerpo de su pupila durante aquellos inciertos días. Casi como para llevar la contraria, el humano había llegado finalmente a la conclusión de que la amaba cuando la Twi’lek quedó inconsciente, a merced del peligroso trance de la prueba de la verdad. Le había llevado mucho tiempo aceptarlo, pero tras todas esas noches meditando sobre sus sentimientos, analizando sus recuerdos, y empleando a fondo las recientes lecciones de Exar Kun, Ben no pudo negarse la verdad por más tiempo.

El momento de revelación le cogió por sorpresa. Surgió en su mente de forma imparable en cuanto la joven cayó al suelo tras perder la consciencia, y se hizo patente en el momento que se dio cuenta de que existía una probabilidad de que nunca volviera a despertar. Se entristeció al pensar que sólo había tomado conciencia de su amor cuando realmente temió haberlo perdido para siempre, pero para entonces era demasiado tarde para lamentaciones, y solo le quedo esperar lo mejor.

Apenas probó bocado en ese tiempo, ni hizo otra cosa que permanecer a su lado desde el instante en que la joven se desvaneció. Se dijo a si mismo que no quería que ella abriera los ojos y él no estuviera allí. El miedo a perderla se intensificaba cada jornada, y cuando caía la noche tenía que reconocer asustado que con cada día que pasaba aumentaba la posibilidad de que ella no volviera a abrir los ojos jamás.

Cuando la muchacha despertó habían pasado 4 días. Las esperanzas del humano se habían desvanecido casi por completo, y una pátina de barro se había formado en su barba allí donde las lágrimas se habían secado sobre los terrosos restos del planeta. Llevaban semanas sin una ducha civilizada y casi era imposible reconocerles con aquellas ojeras, las ropas sucias y empapadas, y sus rostros manchados de la arcillosa arena de Dagobah.

Al despertar, Syleth fue plenamente consciente de las pasiones en su corazón, como lo era de las que escondía el interior del Jedi. Ahora comprendía todas sus dudas y temores interiores, la muerte de su familia, y como había proyectado en su maestro la desesperación de haber perdido el amor de sus padres. También notaba cómo Ben había tenido que batallar sus emociones durante todos aquellos años a su lado, para no permitir que la atracción por la joven traicionara todos los valores de su extinta orden. Un código arcaico por el que estaba dispuesto a hacer el sacrificio último.

Al abrir los ojos, pudo sentir como el amor de Ben estallaba en su interior de forma incontrolable. El humano la abrazó como si fuera el último ser vivo de la galaxia, y cuando vio que la joven no rechazaba su contacto, acercó su rostro hacia el de la joven sin vacilación. Sus bocas se buscaron en silencio, y permanecieron unidas finalmente, después de aquellas tantas ocasiones en las que apenas se habían rozado por un tímido instante. Tras años de espera, ninguno pareció dispuesto a dejar marchar al otro. Sin embargo, pasados unos instantes en los que la complicidad entre sus cuerpos se hizo evidente, Syleth rompió el abrazo. Con delicadeza separó su cuerpo del de Ben, y lentamente comenzó a levantarse del suelo.

No quería volver a dejar de lado a Ben, pues el peso de su desaire en Sullust y las emociones residuales que aun la rondaban le hacía sentir culpable. Pero por primera vez sentía que tenía que dar prioridad a las escasas lecciones que el maestro Kun aun tenía por impartir. Esa noche no volvió a la nave. Pese a que la suciedad e incomodidad de vivir de forma primitiva le había parecido horrorosas desde que se habían posado en aquel salvaje planeta, ahora se sentía en deuda con el siniestro lugar. De alguna forma sentía que le debía algo, que su ascensión tenía que ver con aquel lugar primordial, y de alguna manera comprendió que desde la comodidad de un monasterio Jedi recorrer aquella senda hubiera sido casi imposible. Solamente en contacto con su yo más primitivo, dejando de lado las distracciones de los compañeros y lo material, había conseguido llevar a su mente a un punto en el origen del cosmos y de la propia fuerza, en el que pudo hallar las respuestas necesarias para traer su mente de vuelta al mundo. Había estado a punto de perderse en un mundo de inseguridades y de mentiras tejidas en su propia mente, que a punto habían estado de costarle la cordura. Solamente con los sentidos salvajes aguzados por Dagobah, había encontrado en su mente el punto de su consciencia sobre el que enfocarse, lo que le permitió salir con su mente indemne de aquella prueba.

Sin embargo, aquella noche rechazó volver a entrar en su nave después de tanto tiempo. No sucumbió a la enorme tentación que suponía recibir una agradable y cálida ducha, poder retirar aquel barro y cambiar sus ropas, que eran apenas los jirones de unos harapos desgarrados después de todas aquellas duras lecciones. Sin embargo, rechazó pasar la noche en su mullida cama por otro motivo. No era solamente por un sobrio sentido de gratitud hacia aquel planeta, que ahora percibía casi como si se tratara de una entidad por derecho propio, sino que podía sentir a Ben impaciente, esperando en el interior del halcón para abordarla y revelarle sus sentimientos. Pero ella ahora podía entenderlos mejor que el propio Jedi.

Pese a que comprendió perfectamente que ya no podría vivir reparada de Ben, sabía que el Jedi aun no estaba preparado para aceptar su propia verdad, y por otro lado seguía siendo esclavo de sus emociones como había sido Syleth. Debía pasar la prueba de la verdad para liberarse de sus miedos, solo así podrían estar juntos y solamente comprendiendo y aceptando todas sus emociones sin engañarse podrían vivir libres del miedo. Ella decidió que le esperaría todo el tiempo que fuera necesario, pero no podía permitir forzar a Ben a aceptar una relación cuando todavía no podía comprender sus propios anhelos, y antes debía perdonarse a sí mismo, y a todos a los que turbaban la paz de su espíritu. Por eso aquella noche cogió una manta, y solitaria se acurrucó bajo las estrellas.

La joven decidió que debía aprovechar el poco tiempo restante que le quedaba a su maestro en esta tierra, y se entregaría por completo a seguir las enseñanzas de Exar Kun. Debía beber sus palabras como si hubiera pasado toda su vida en un ardiente desierto, y los pensamientos verbalizados del Lord Sith fueran el néctar más dulce y refrescante que jamás hubiera tocado sus labios.

A la mañana siguiente, bajo su mirada la figura de Exar Kun era ahora muy distinta. Tras superar el test final, la joven era capaz de percibir la inseguridad y el cansancio del Sith como nunca antes hubiera podido imaginar. El maestro ocupaba un cuerpo debilitado, la energía que había utilizado para poder poseer el envoltorio mortal de Jet estaba casi agotada, y aquella carcasa ya empezaba a mostrar avanzados signos de deterioro. Las arrugas en el rostro del milenario maestro se habían acrecentado en esos días en que Syleth había estado luchando dentro de su mente. El miedo al fracaso en aquel único intento, había terminado por corroerle por dentro, agotándolo prácticamente hasta sus últimas fuerzas. Mientras la envoltura mortal de la Twi’lek se encontraba inerte en el suelo embarrado de aquel remoto y salvaje planeta, las dudas y el temor habían provocado que una palidez cenicienta se extendiera día tras día por la piel de aquel cuerpo humano, poseído por uno de los espíritus más poderosos de la galaxia. Trataba de alargar su estancia en el mundo de los vivos apenas un poco más, temeroso de desvanecerse antes de poder asistir al desenlace de todo aquello que había creado en su mente a lo largo de los dolorosos siglos, ahora que podía casi tocarlo.

La luz que brillaba en sus ojos era de un amarillo enfermizo y estaba casi extinta. El temblor en la voz de aquel avatar de la fuerza se hizo evidente para Syleth cuando comenzó a articular los primeros balbuceos en su última lección. Para la confiada joven, el miedo de Exar Kun ante el fracaso de su plan se mostraba evidente. Después de milenios de meditación y dialéctica, al fin iba a tener ocasión de comprobar la validez de su teoría final, y el pánico al fracaso era la única sensación que había ido alimentándose a lo largo de los siglos en aquella mente atrapada sin cuerpo.

Bajo el firme agarre de la mano de la Twi’lek, la carcasa de aquel humano que albergaba un tremendo poder se sacudía temblorosa. La desintegración de sus tejidos orgánicos era ya evidente e irreversible. Exar Kun había forzado su permanencia en este mundo más allá de lo que nadie hubiera podido soñar, pero finalmente la fuerza se había cobrado su precio y el cuerpo de Jet era apenas una sombra de lo que había sido cuando vivía. Su final estaba próximo, todos los presentes podían notarlo y el sentimiento de pérdida que compartían flotó silencioso en el campamento. Ninguno lo mencionó en alto pero no era necesario vocalizarlo, pues todos sentían el resonar de la fuerza anunciando el final de Exar Kun, unificador de la fuerza en la galaxia.

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El despertar de la fuerza oscura

Cuando Syleth abrió los ojos se sintió pletórica. Notaba como un nuevo poder la invadía, recorriendo cada célula de su cuerpo. Era un poder como no había sentido nunca antes, que le daba una fuerza imparable y le hacía exudar un aura de control y autoconfianza que era perceptible para cualquiera que la conociera y pudiera observarla ahora.

Syleth and the dark side

No le importunaba el hambre que sentía su cuerpo, fruto de los varios días que había pasado inconsciente sobre el embarrado suelo de Dagobah. Esa nueva sensación de poder absoluto que la acompañaba reforzaba su confianza y se apoderó de ella, haciendo que casi pareciera resplandecer con luz propia. Podía notar en su interior como había cambiado su relación con la fuerza, y cómo el universo al completo se abría ahora ante sus sentidos mostrándole todos sus secretos, rendido por completo ante ella y su inquebrantable voluntad. Se había producido un cambio que era irreversible e infinito, imposible de cuantificar. Tan solo ahora que Syleth era al fin uno con la fuerza podía comprenderlo de manera completa. La revelación surgió en su interior en el momento que recuperó la consciencia. Aquella prueba la había cambiado en maneras que aun le costaba comprender.

Al moverse, sintió como el barro se había pegado a su cuerpo y sus ropas, formando una costra endurecida y seca que indicaba que había estado inconsciente en el suelo varios días. A Ben no pareció importarle la suciedad, y cuando la joven hubo abierto finalmente los ojos, un gesto de alegría invadió su rostro y se apresuró a abrazarla con fuerza al tiempo que una gran preocupación de desvanecía de su ceño. En cuanto dio muestras de encontrarse recuperada, el humano apretó sus labios contra los de ella entre lágrimas. Ambos se fundieron en un largo y silencioso beso, hasta que el tiempo pareció detenerse. De alguna extraña manera, no pareció sorprenderle en absoluto que de repente Ben diera rienda suelta a sus impulsos, pese a que él siempre se había esforzado por eludir todo contacto con la Twi’lek. Ella recordaba cómo el humano había logrado controlarse durante todos esos años (excepto por la noche en que se emborrachó), y cómo había mantenido siempre la distancia entre sus labios haciendo gala de un enorme autocontrol, lo que había frustrado a la joven incontables noches.

Pero de alguna manera, las motivaciones del cansado Jedi eran ahora transparentes para ella. Ya no podía ocultarle el amor que pugnaba en su interior y que radiaba de forma evidente para sus entrenados sentidos. Ya no podía esconderse ante el poder de percibir todos los matices del amor sobre la fuerza que la joven ahora poseía. Cuando tras aquellos minutos que parecieron dilatar el tiempo en Dagobah sus labios finalmente se separaron, Syleth se levanto silenciosa, apartándose al fin del cuerpo de su maestro. No había dicho una sola palabra, pero la comprensión que se percibía en sus ojos era evidente para Ben, e hizo innecesario romper el silencio.

No sabía cuánto tiempo había pasado tumbada yaciendo sobre el húmedo terreno de Dagobah. En cuanto se hubo levantado y vio ante sus ojos la imponente figura del Halcón Milenario, lo recordó todo. Su mente trataba de recomponer a gran velocidad los acontecimientos que habían pasado instantes antes de perder la consciencia, y aquellos hechos se dilataron en su memoria como si fueran a llenar el tiempo infinito del universo. Se concentró en expulsar los vestigios de recuerdos que habían atormentado su mente en los últimos días durante la prueba, y que habían deformado su realidad hasta el punto de haber amenazado con la locura a su mente en aquel frágil estado. Poco a poco empezó a encontrar un sentido a todo aquello. Al tiempo que los fantasmas del pasado empezaban a abandonar su mente, un remanso de paz se extendía por su interior como el cálido manto del amor, y le reconfortó saber que de alguna forma, aquella sensación ya no la abandonaría nunca. La comisura de sus labios dibujo una leve sonrisa de satisfacción, casi intuida, pero que a Ben no le pasó desapercibida.

Los últimos días de lecciones con Exar Kun habían sido muy intensos. Se había concentrado en aprender a comprender su lado oscuro, siguiendo las enseñanzas del Lord Sith, y había comenzado a comportarse con una extrema frialdad hacia Ben. En su búsqueda de la objetividad de sus sentimientos, había dejado de lado al Jedi. Apenas le había dirigido la palabra desde que su destino los hubiera traído a Dagobah, y de alguna manera notaba que no había sido justa del todo con su maestro, al que aparentemente culpaba de su llegada a aquel primitivo planeta y todo lo acontecido allí.

Lo cierto es que ahora que lo veía en perspectiva, notaba como las últimas semanas habían resultado un desastre para su relación. Había llegado a un punto de frustración tal, que Syleth no había visto una salida, y había entrado en una espiral de autodestrucción. Sus sentimientos habían estado confundidos, ensombrecidos por el odio y la vergüenza. Se habían entremezclado hasta el punto que nada bueno podía esperarse de ellos.

La atracción se vio superada por el rechazo que percibía en Ben. Miedo e ira amenazaban con emerger a cada momento, causados por la falta de arrojo del humano hacia ella. Syleth se había sentido desesperada, pues no había experimentado nunca antes la indiferencia ante sus afectos, y jamás en su vida había sufrido por un amante. Por eso había buscado herirle, había querido desaparecer de su lado y no volver a verle jamás. Habían sido decisiones irracionales, fruto de las incontroladas pasiones que no había podido comprender y de una inmadurez que había estado siempre en su interior, esperando.

Recordó su última discusión en Sullust. Podía ver a la niña caprichosa que había sido, enfurecida ante la pasividad del Jedi, herida en su frágil ego despechado. Sintió como la frustración que se había ido acumulando con el paso de los años, fruto de su incapacidad para dejarse llevar por las lecciones de su maestro y de sus fracasos en conquistarle, se había convertido en ira.

Era el mismo sentimiento que la había desbordado cuando Vader había amenazado la vida de Ben, un sentimiento capaz de arrebatarle todo vestigio de control y que había abierto la puerta hacia el lado oscuro, a la parte más tenebrosa de su alma. Pero esos recuerdos parecían lejanos ahora, pues al haber alcanzado la iluminación de la fuerza, el reverso tenebroso aparecía ahora como un mero reflejo del luminoso. Ya no era un pozo de sentimientos incomprendidos, ahora era simplemente un reflejo pálido de sus pasiones, se había convertido en la otra cara de la misma moneda de su alma.

Todavía acusaba el efecto de la prueba de la verdad en su mente. Una miríada de recuerdos continuaba revoloteando en su consciencia, terminando de organizarse, ajustarse y quedar resueltos, ahora que finalmente todas las piezas del rompecabezas habían caído en su sitio. Sintió cómo el vacío que había estado en su interior desde que murieran sus padres había vuelto a llenarse. Comprendió el porqué de todos aquellos llantos amargos, en las noches solitarias de su infancia y adolescencia. Recordó con simpatía la infinidad de errores y torpezas que había llevado a cabo en su juventud, fruto de la culpabilidad y el amor fraternal que había perdido para siempre. Entendió cómo aquellas pérdidas habían hecho mella en su interior, provocando la arrogancia y el miedo al rechazo que la habían acompañado durante todos aquellos años. Ahora podía comprenderlo todo. Ya no le asustaban esos sentimientos, los había dejado atrás y sabía que ya nunca podrían volver a hacerle daño.

Cuando rememoró los acontecimientos de toda su vida, que habían pasado por su cabeza como flashes durante la dura prueba, unas lágrimas de felicidad brotaron en sus ojos. No se sintió presa de sus pasiones, como había sido hasta apenas unos días, sino que ahora lloraba por la liberación de los miedos de la niña que dejaba atrás. Lloraba cuando entendía la frustración que la había impulsado a tratar de abandonar a Ben, a desear su muerte y sufrimiento cuando realmente había sido sólo por una capa de emociones negativas que empañaban sus verdaderos sentimientos.

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Capítulo V: El blues del rescate

La banda de aquel club de jazz tocaba como Ben no había oído en toda su vida. Quizá fuera el efecto del alcohol, quizá el hecho de que hubiera discutido enérgicamente con Syleth o ambas cosas, pero aquel blues le estaba llegando al alma. El humo apenas dejaba ver a la preciosa Sunsine entonar sus melancólicos versos. Su blanquecina piel resaltaba con ese vestido de noche, rojo intenso, que encendía las pasiones de los hombres y las envidias de las mujeres. Subida encima del piano, esa mujer hacía las delicias del público, hipnotizado por su generoso escote y la abertura de su falda, de la que asomaba una de sus firmes e interminables piernas.

Aquellos ojos verdes le apartaron de la dictadura a la que le estaba sometiendo su copa. Esa sedosa voz le transportaba al éxtasis, a su más tierna infancia. Sus padres y abuelos riendo sus monerías en la laguna esmeralda. Se le presentó tan nítido que parecía que estuviese ocurriendo allí mismo. Ayudado por la espesa niebla, el recuerdo se entremezcló con la realidad creando una imagen difusa que fue poco a poco aclarándose. Cuando Ben enfocó la mirada hacia la vocalista, vio a Syleth. Rechazando aquella visión, apartó ojos del escenario por un instante y al volver a mirar se encontró de nuevo a Sunsine.

“Camarero, otra copa” Dijo alzando el vidrio levemente sobre su cabeza y se sentó en la barra de espaldas al espectáculo. No quería que su cabeza le jugara otra mala pasada. Su atención se desvió hacia la excéntrica figura de su compañero de barra, un humano bajito de pelo canoso y cardado. Lucía una larga bata blanca, estaba abierta, dejando ver las ropas del imperio. Al girar su cara al escenario pudo observar el implante de un ojo biónico, nada discreto, ocupando parte de la mejilla y la frente. “Muy a juego con sus duras facciones” pensó Bonaven, al tiempo que dedujo que se trataba de algún alto cargo. Cayó en la cuenta de que ambos, tan dispares, tenían irrefutablemente algo en común, ninguno de los dos encajaba en ese lugar. Apenas pudo degustar su ironía cuando aquel hombre se le dirigió, con la copa alzada, ofreciéndole un brindis. “Por el lugar más seguro de toda la galaxia” gritó con fuerza. “Ese necio cabrón no volará en pedazos su propio planeta” musitó entre dientes antes de dar buena cuenta del licor de su vaso. Lo posó con tanta fuerza que se hizo añicos, esparciendo los cristales alrededor de la barra. El camarero se apresuró a retirarlos sin ni siquiera mirar al infractor, deseoso de recuperar la normalidad en la sala.

Atraído por la curiosidad Ben se acercó. Le observó un tiempo sorprendido, no se podía creer que alguien del otro bando compartiera su frustración y sentimiento de culpa. “¿Un mal día también para usted? “ Consideró esa pregunta como la frase más adecuada. Su ojo biónico se fijó en él. Su cara expresaba una rabia incontenible. Era tanto odio que dolía observarlo. Un incalculable odio hacia él mismo. Bajó la mirada para volver a centrarla en su bebida. “Si fuera solamente un mal día no estaría en este antro engullendo este matarratas infame como si fuera agua mineral.” “La calidad de la bebida es inversamente proporcional al conjunto musical. Es curioso cómo la belleza aparece hasta en los lugares más sórdidos.” Añadió Ben. La cara del operario imperial esbozó una leve sonrisa, le miró con complicidad y antes de volver a sus asuntos le indicó “Quizá una noche con ella mejore mi situación”. Ambos rieron abiertamente y dieron un buen trago.

Permaneció uno al lado del otro, sin decirse nada, mientras la música les envolvía. Sunsine comenzó a cantar “Come back to Tatooine, a sad history of love”. Ambos reconocieron enseguida el solo de los saxos previo a la entrada de la vocalista. Una canción apropiada para tiempos aciagos, parecía que el universo les incitaba a la autodestrucción. Aquel hombre alzó la cabeza y dijo con voz serena “He cometido tantos errores que ni en dos vidas podría redimirme, estoy condenado.” Esa melodía provocó que la tormenta que se producía en su cabeza, en su corazón, se precipitara en palabras. Sorprendido ante su desliz, su aguda muestra de debilidad, bajó de nuevo la cabeza. Ben se arrimó apenas unos centímetros, se giró hacia él y le miró fijamente. Esperó hasta que el instinto de su compañero detectara la maniobra, entonces sus ojos se cruzaron. El operario imperial quedó impresionado, apenas reconocía al taciturno señor que tomaba copas a su lado. La expresión de su rostro transmitía una perturbadora serenidad. Antes de que pudiera ni siquiera reaccionar Ben le dijo:

“Un hombre entró en pleno incendio y salvó a un recién nacido. Se lo entregó a su madre, que entre lágrimas le miró y, casi sin poder articular palabra por la emoción, le dio las gracias. La gente se acercó a saludarle y agradecerle su incuestionable valor. Cuando los soldados imperiales llegaron detuvieron al sujeto, provocando el asombro de todos los presentes. Se trataba de un conocido fugitivo. Cuando se lo llevaban el padre se acercó y le preguntó por qué se arriesgó a rescatar a su hijo aún sabiendo que le volverían a arrestar. El hombre contestó sencillamente que porque, al igual que cuando decidió robar aquel banco, merecía la pena intentarlo.”

Ben se levantó del taburete decidido a pagar la cuenta cuando una mano bloqueó su brazo “Esta ronda corre de mi cuenta. Por cierto, me llamo Bevel.” El jedi sonrió agradecido y se dirigió a la salida, no sin antes dedicarle una última frase “Encantado Bevel, mi nombre es Ben. Tenga esto bien presente, nuestros actos nos definen, y éstos no tienen memoria.”

Nada más salir de allí presintió que algo iba mal. Una imagen de Syleth siendo torturada por el capitán Sullust llegó a su mente como un rayo alcanza un árbol en plena tormenta. Pudo sentir su intenso dolor, antes de que cayera inconsciente. El pulso de Ben se aceleró tanto que tuvo que pararse un momento a coger aliento. Lo sabía, no había tiempo para meditar ningún ingenioso plan. Se concentró de nuevo en ese recuerdo, centrándose esta vez en los detalles. Detrás de Sullust había unos grandes ventanales que daban al exterior y por ellos pudo ver un edificio muy característico de la cuidad. Se trataba del Banco Planetario Imperial (BPI) cuyo logo daba vueltas alrededor de las últimas plantas del rascacielos.

Salió de su trance, algo descolocado, y buscó aquel edificio con la mirada. A su lado vio una motodeslizadora y no se lo pensó, rompió la cadena de seguridad, se montó y salió a toda prisa. Llegó al BPI y se orientó para identificar dónde se encontraba Syleth. Pudo concluir que debía encontrarse en la parte alta del rascacielos situado al oeste del banco. Usó la fuerza para poner la motodeslizadora en paralelo con el edificio y comenzó a ascender a máxima velocidad. Estaba llegando a las últimas plantas cuando a través del cristal pudo ver el cuerpo de Syleth en posición vertical,amarrada a la mesa de tortura. Sacó el sable láser e hizo una pequeña brecha en el cristal. Los dos guardias que custodiaban a la twi´lek apenas pudieron reaccionar cuando Ben levantó el morro de su vehículo describiendo un círculo en el aire y aceleró justo cuando se encontró frente a ellos. El cristal se rompió en mil pedazos y el Jedi entró en la sala. Se soltó de la motodeslizadora, que impactó en uno de los soldados y lo aplastó contra la pared. El otro tuvo tiempo para utilizar su blaster, pero sus dos disparos fueron desviados por el sable de luz creando dos agujeros en el techo. Antes de que pudiera efectuar otro disparo Ben aprovechó la inercia para asestar una fuerte patada en el pecho de su oponente, que voló hasta golpear su cabeza contra la puerta, cayendo inconsciente. Rompió con precisión las ataduras de Syleth con su sable, la cogió con fuerza y la sentó en el asiento del copiloto de la motodeslizadora y, justo cuando abrían la puerta refuerzos, saltaron por la ventana.

Syleth se despertó y al observar que caían en picado se agarró con tanta fuerza a Ben que casi le deja sin respiración. El suelo cada vez estaba más cerca y no paraban de ir más rápido. Casi podían oler el asfalto cuando Ben creó un campo de fuerza a su alrededor, tiró del manillar y estabilizó el vehículo, creando un profundo cráter en el pavimento. Jamás había visto Syleth pilotar tan agresivamente a Ben, lo veía desplazarse de derecha a izquierda sorteando a los coches que venían en dirección contraria con extrema facilidad, mientras los pocos efectivos que les perseguían no podían darles caza. Alguno se arriesgó a utilizar la misma estrategia que Ben, pero en una de las maniobras se desequilibró y salió despedido hasta colisionar contra un muro de carga de un paso a nivel.

Llegaron al Halcón y se subieron rápidamente, la adrenalina era tan elevada que apenas repararon en las magulladuras producidas por el cristal o las horas de tortura. Nada más salir al se encontraron con dos superdestructores que les cortaban el paso. Syleth giró la nave con habilidad dejándolos en la retaguardia. La fortuna quiso que ambos capitanes de los destructores, completamente pendientes del combate, no cayeran en la cuenta de que si mantenían el rumbo colisionarían el uno con el otro. Rectificaron a tiempo, pero el Halcón tomó distancia en la persecución. Salieron varios varios Tie Fighter a su caza. Uno de ellos les alcanzó pero los escudos aguantaron. Ben disparó desde la cabina y se deshizo de uno, mientras Syleth hizo unas maniobras evasivas para evitar ser alcanzado por el otro. No surtieron efecto y la nave recibió un nuevo impacto. La evaluación de daños mostraba la pérdida de una de las supercomputadoras imposibilitando, entre otras cosas, la hipervelocidad. Entonces Syleth optó por adentrarse en un campo de asteroides para evitar que los superdestructores continuaran su asedio. Ben logró alcanzar a un Tie Fighter mientras otro se estampó contra un meteorito, ya solo quedaba uno. Se introdujeron por una gruta para intentar perderle, ésta se estrechó tanto que apenas unos metros separaron al Halcón de sus rocosas paredes. “Este sitio tiene buena pinta” dijo Syleth. Realizó un giro de 270 grados para introducirse en un agujero dentro del asteroide, momento que aprovechó Ben para realizar unas ráfagas de disparos que pillaron por sorpresa al piloto enemigo, esparciendo sus restos por el espacio.

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Renacida en la fuerza

Syleth volvió a saborear el lado oscuro y se sintió eufórica. Las lecciones de Exar Kun estaban resultando un éxito donde las enseñanzas de Ben no habían logrado conectar con la temperamental Twi’lek y un tremendo poder empezaba a desatarse en su interior. Lo sentía.

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En muy poco tiempo empezó a dominar las habilidades de la fuerza. Era como si todas las lecciones que había fallado en aprender esos últimos años se hubieran quedado a las puertas de ser descubiertas, y ahora que no tenía que luchar por reprimir sus fuertes emociones al fin daban sus frutos. Se permitía enfocar su mente en los pensamientos oscuros, y aunque apenas se atreviera aun a dejar que fluyeran con total libertad, no le daban miedo. Ahora no luchaba por enterrarlos, sino que los analizaba, trataba de entenderlos y dejaba que su poder fluyera en sus actos, antes de quedar liberados.

Ben se sorprendió de los progresos de Syleth. Ya podía afectar con la fuerza a sus alrededor y podía mover objetos con la mente. Había tratado de enseñarle las nociones básicas sin éxito durante meses, y de repente en cuestión de días, las manejaba como una experta padawan. No había sido consciente de cómo las profundas emociones de la joven y su lado tenebroso le habían impedido llegar hasta ella.

Pensando en ello, no tenía forma de saber claramente cuanto tiempo habían pasado allí. Los días parecían muy cortos, enseguida llegaba la noche y caían exhaustos en su sobrio campamento. Apenas les daba tiempo a comer, entrenar y dormir, aunque las lecciones se hacían tan intensas que parecía que habían consistido en una semana de instrucción continua. Sus mentes quedaban agotadas, la noche llegaba de improviso y la oscuridad cubría las nieblas de Dagobah. La joven apenas le prestaba atención, y solamente le miraba durante la instrucción, cuando tenían que decirse alguna indicación.

El Jedi empezó a sentir el cambio que se había producido en ella. De alguna manera veía como había florecido, rápidamente y de manera irreversible. Su confianza había aumentado formidablemente, se entregaba con pasión a los ejercicios y ya no parecía estar a disgusto en aquel lodazal. Había dejado de escuchar sus lamentaciones, y parecía completamente concentrada en aprender, con un apetito y una voluntad como no había demostrado en aquellos tres años juntos. Disfrutaba cazando animales para cocinar sus almuerzos, y parecía aún más complacida a la hora de degustar sus presas. Reía, gritaba y dejaba fluir sus sentimientos a cada ocasión durante las lecciones, exultante de poder. Se la veía crecer en poder con cada nueva repetición, con cada consejo.

Syleth comprendió que solo ahora comenzaba a entender sus sentimientos por Ben. Había proyectado en él un amor fraterno que había estado latente toda su vida, olvidado. Casi como si se tratara de un padre había buscado la admiración y el respeto de aquella figura poderosa. Por eso había tratado de impresionarle y le salvarle la vida en tantas ocasiones.

No podía negar que había algo en él que la había cautivado desde que le había conocido, pero ahora debía dejar que sus auténticos sentimientos fueran los que marcaran el camino, y no que una versión distorsionada de sus anhelos y emociones guiaran su corazón.

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Poema a Syleth

Sentí la luz del sol reflejada en tu mirada.
Mis manos temblorosas perdieron el control.
Ahora que no siento; Quién abrirá mi corazón.
Sin ti no hay esperanza, ni fuerza unificada

Un errante sin bastón. Ciego, sordo, mudo.
Un volcán en erupción; Sus cenizas claman.
Que tus lekku posados en mi pecho calman.
Desatando de mis oscuros miedos su nudo.

Quien decidirá derribar las olas, su portón.
De tu corazón con mi corazón, de tus besos.
Quien despertará la pasión con sus versos.
Ver dos troctar cabalgando, a un mismo son.

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Enseñanzas de Exar Kun (Parte II)

Syleth, Ben, escuchad con atención.

Cuando llegué a Dagobah, Yoda me dijo: la Fuerza es mi aliado.

Pero yo os diré: la Fuerza es mi enemigo.

La Fuerza nos invade, altera nuestra percepción, nos controla, nos posee por completo. No pide permiso, no acepta una negativa. En verdad, es un padre tiránico y un amante cruel.

La incapacidad de los Jedi y los Sith de doblegar a la Fuerza es la culpable de este conflicto de veintiséis milenios. Vosotros debéis aprender a someterla bajo vuestra voluntad. Debéis comprender sus leyes, para poder violarlas; obligar a la Fuerza a que sirva a la Humanidad, en lugar de lo contrario.

Algunos sabios han dicho: la galaxia sería un lugar mejor si no existiera la Fuerza.

Y en verdad, la Fuerza es lo único en esta galaxia que no siente amor.

Pero vosotros debéis amarla con todo vuestro corazón, porque la Fuerza es la vida.

No os enseñaré nada más hoy.

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Traicionada

Syleth se sentía traicionada. Molesta porque su “maestro”, equivocado, la había arrastrado por los peores rincones de toda la galaxia en una misión inútil durante tres años. Pero realmente no lamentaba tanto que su búsqueda se hubiera debido a las mentiras Jedi, pues eso les había permitido pasar tanto tiempo juntos, lo que le dolía era que cuando le habían enseñado la verdad y le habían permitido dar rienda suelta a sus pasiones, el la había vuelto a rechazar.

La primera noche no consiguió pegar ojo ni un minuto. Syleth no paraba de dar vueltas a las palabras que había dicho Ben después de que los maestros hubieran abandonado el claro tras sus lecciones, a modo de despedida:

Tenemos que retirarnos y meditar sobre esto. Le había dicho. Ante su respuesta, la joven se había dado la vuelta y se marchó colérica, sin decir una sola palabra.

Después de tanto tiempo siguiéndole incondicionalmente, los sentimientos entre ellos habían crecido sin control. Durante esos años Ben había esgrimido el argumento del celibato Jedi como excusa para rechazar sus intentos de acercamiento, pero cuando se había descubierto su error y por fin le ofrecían la posibilidad de liberar todos sus sentimientos, el humano había decidido reprimirlos de nuevo. Y marcharse a meditar.

Había deseado no volver a dirigirle la palabra nunca más, y se retiró a una esquina del campamento. Evitó toda compañía excepto la de R2-D2, que tuvo que escuchar durante largo rato toda su diatriba de quejas y reproches como un auténtico confidente. Si bien era cierto que el droide no habría podido hacer ni un solo comentario provechoso en aquella situación, Syleth apreció aquel silencio y le reconfortó la ausencia de replicas por parte de su pequeño amigo.

El torrente de sentimientos en su cabeza no le permitía descansar, y aquel extraño mundo tampoco ayudaba. La desapacible humedad, y la multitud de sonidos inquietantes en la niebla la ponían nerviosa, pero en el fondo era su lucha interior la que le impedía conciliar el sueño.

Durante horas, infinidad de recuerdos y pensamientos asolaron su mente. Mientras la oscuridad lo invadía todo, en su interior los sentimientos empezaron a cobrar sentido, ayudados por las palabras de Exar Kun. El discurso del Lord Sith le había tocado en lo más profundo. Daba respuesta a todas esas preguntas que le había hecho a Ben durante su largo viaje, respuestas que él no había podido ofrecerle.

Tenía que analizar sus sentimientos. Analizar porque estaba tan obsesionada con aquel hombre. Después de la lección que habían recibido de aquel macabro maestro Sith, no tenía claro el origen de sus pasiones, pero se sentía más segura de aquel torbellino oscuro que bullía en su interior de lo que había estado desde que empezaran a manifestarse esos poderosos sentimientos. De alguna forma, sabía que lo que le habían descubierto aquel día, era la clave para comprender lo que le sucedía, y para lograr entender sus sentimientos.

¿Era realmente amor aquello que sentía?, ¿o acaso por haber perdido a sus padres corta edad, buscaba ahora en Ben la aceptación de un padre?
¿Era por el sentimiento de poder que emanaba de la figura de Jedi?, ¿o tal vez los misterios de la fuerza y las historias sobre su padre habían sido lo que la había conducido a él?
No, sus sentimientos habían comenzado mucho antes de descubrir todos esos detalles.

Syleth in sunset small

El día comenzó a despuntar. Una luz fantasmal tiñó las nieblas que habitaban aquel mundo, y Syleth se levantó de sus embarradas mantas. Nunca había sido amante de madrugar, pero algo nuevo se había despertado en ella. Pese a no haber dormido nada, su rostro se mostraba más sereno de lo que había estado en mucho tiempo, en su ceño se adivinaba una especie de tensión liberada, que hacía que los músculos de su cara estuvieran relajados, casi como si estuviera en completa calma. Aliviada por esa paz interior, salió en busca de algo para comer. Se percató de que no había probado un bocado desde que había llegado a ese mundo, y aunque no tenía forma de saber cuánto tiempo había pasado, sus tripas le daban a entender que llevaba por lo menos un día sin tomar nada.

Recordó las palabras de Yoda cuando había menospreciado las barritas energéticas de sus provisiones, y no podía culparle. El aporte de nutrientes era muy apropiado para un piloto en el espacio, pero en los últimos años casi había olvidado a lo que sabía la comida de verdad “gracias” al Autochef del Halcón. Tenía ganas de saborear la vida de aquel planeta. Estaba ansiosa de probar sensaciones nuevas, y se alejó del campamento decidida a cazar su desayuno.

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Enseñanzas de Exar Kun (Parte I)

Syleth, Ben, escuchad con atención. No os llamaré aprendices, pues en la Fuerza Unificada no existen los opuestos. Yo aprendo al enseñaros, y vosotros enseñáis al aprender. Somos Caminantes que viajan juntos, y cada paso que damos nos acerca a todos hacia la verdad.

El arma de un Jedi es su disciplina, la de un Sith es su conocimiento. La nuestra es la verdad. Con la verdad mostramos al Jedi que su control es estéril, y al Sith que su conocimiento es incompleto.

El Sith es fuego. Crece y evoluciona sin descanso. Pero arrasa el mundo porque carece de forma. El Jedi es hielo. Es sólido y firme, y puede adoptar una forma. Pero no crece y está condenado a derretirse al cabo del tiempo. Por eso el Sith siempre vence al Jedi, y por eso todo Sith es enemigo de sí mismo.

Y la verdad es que el Sith quiere destruir al Jedi porque desea su amor, y no lo obtiene. Y por eso el Jedi quiere destruir al Sith, porque le recuerda su propio fracaso.

Y la verdad es que ambos se aman, pero odian el amor. Su odio les impide aceptar la verdad.

Vosotros debéis ser el faro de la verdad.

Luchad ahora, con vuestras espadas.

Syleth contiene su ira contra ti. ¿Puedes percibirlo, Ben? Ella te odia en este momento. Porque has traicionado su fe en ti. Porque no eras infalible, inquebrantable, como ella te imaginaba. Te odia porque eres humano, imperfecto, y ella te quería divino, sin tacha. ¿A qué odia Syleth en realidad? Todo el odio que sentimos por alguien es siempre odio por nosotros mismos.

Todo aquello que nos es ajeno nos resulta indiferente.

Syleth odia que ella no es divina; odia ser imperfecta. Pero es más fácil odiar a otro. Odiarse a uno mismo exige un cambio, una transformación en nuestro interior.

Y en verdad Syleth debería amarte, Ben, pues tú le has permitido comprender que se odia a sí misma. Debería agredecerte que le hayas mostrado la verdad, pues ahora el Camino se abre frente a ella, claro, diáfano.

Y tú también te odias a ti mismo, Ben. Prefieres el rol de mártir, porque has recibido las enseñanzas Jedi durante demasiado tiempo. El papel de víctima te permite mantener tu disciplina: la ilusión de que amas a los demás. Pero no puedes amar a los demás si te odias a ti mismo. Libera tu odio hacia ti mismo. Golpea a Syleth con tu espada. Así, más fuerte, con más furia. Eso es, grita, grita, ¡dile que la odias ahora! Pero ahora detente, toma aire. Comprende que estás proyectando tu odio. Acéptalo. Siente compasión por ti mismo. Sólo entonces podrás sentir compasión por el otro.

¡No, no te disculpes! Tu furia te ha enseñado una lección, pero Syleth también ha aprendido gracias a que has expresado lo que sentías. Dadle las gracias al odio por esa lección. Así el odio se sentirá útil, así se sentirá aceptado, y dejará de ser odio, para transformarse en amor.

Y agradece a tu compañera de viaje que te haya mostrado la verdad. Ella es tu aliada, tu amiga.

Pues el único enemigo está en nuestro interior.

Habéis inciado el camino hacia el Otro Lado.

No os enseñaré nada más hoy.

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Capítulo IV: Operación Naboo

El Halcón Milenario se dirigió hacia el planeta Naboo con celeridad. Mientras, en la bodega principal, Ben Bonaven y Syleth revisaron con detenimiento la información que manejaban del planeta. Sabían que se encontraba fuertemente custodiado por el imperio. Entrar no iba a ser nada fácil y mucho menos salir.

Ben buscaba la solución desde la meditación. Su mente le transportó a Alderaan, sentado sobre un manto flores de multitud de colores. La brisa acariciaba con dulzura su cara, escuchaba el graznido de los thranta, volaban en círculos buscando alguna presa. Pequeños insectos se posaban en algún punto de su cuerpo, permanecían unos instantes, para emprender de nuevo su vuelo. Sentía el calor del sol como un tibio baño de luz, omnipresente. Pudo distinguir el olor de un rebaño de nerfs, las voces de los granjeros los dirigían hacia las afueras de Aldera.

Lentamente salio de su trance, se incorporó y se sentó a lado de Syleth. Le preguntó si habría algún modo de interceptar los mensajes que se emitían desde Naboo, ella asintió pero añadió que para poder hacerlo, la nave necesitaba encontrarse cerca del planeta o de un repetidor, lo que implicaba ser detectado por los radares imperiales, algo nada aconsejable. Súbitamente, levantó la mirada y agarró con fuerza el brazo de su maestro, al darse cuenta lo soltó de inmediato y sin decir nada salió de la bodega murmurando “¿Donde lo dejé?”. Se escucharon ruidos de objetos cayendo al suelo, Syleth maldijo alguna vez en su idioma y en alguna ocasión exclamó frases como a “Así que estabas aquí” o “Ahora que no te necesito te encuentro”. Bonaven se dirigió a R2D2 y le dijo “Creo que debo plantear como objetivo para futuras sesiones inculcar en mi padawan mi pasión por el orden.” a lo que el Driode respondió con una veloz serie de agudos pitidos. Ambos disfrutaron del show hasta que la Twi´lek regresó con un mapa entre sus manos. Lo extendió sobre la mesa, mostrando con detalle Naboo y los planetas adyacentes. Syleth explicó que Naboo tenía tres lunas, Rori y Ohma-D’un eran habitables pero la tercera luna no disponía de atmósfera. En ella se construyeron varios refugios nucleares y una central de comunicaciones que hace las labores de satélite y repetidor. Si aterrizaban en su cara oculta podrían instalarse, rastrear la frecuencia en la que emitía el imperio y decodificar su señal. Ben felicitó a su alumna y añadió “Y sé cómo vamos a llegar hasta allí. cuando salgamos del hiperespacio, desactiva los escudos, las comunicaciones, los radares, los sensores de movimiento y pasa a control manual. Redirige toda la potencia a los motores y altera la mezcla de ignición de los propulsores con hidrógeno.” Syleth interrumpió diciendo “Pero Maestro” a lo que Ben respondió “Cuando hagas esto, acelera todo lo que la nave pueda y traza una recta hacia la cara oculta de la luna, cuando llegues frena en seco y aterriza, no será nada difícil para una piloto experimentada como tú.” finalizó con ironía. La twi´lek quedó sorprendida, realmente era un buen plan, hacer pensar al imperio que un asteroide había chocado contra la cara oculta, era tan ingenioso que lamentó que no se le hubiera ocurrido a ella primero.

Hicieron los preparativos oportunos mientras continuaban en la velocidad luz y, cuando el visor de la nave mostró el planeta y sus lunas, iniciaron la maniobra descrita por Ben. La twi´lek mantuvo el rumbo en manual con firmeza y el aterrizaje, aunque brusco, fue muy efectivo. Ben resopló cuando comprobó que la nave se encontraba en perfectas condiciones y que su cuerpo no había salido despedido, golpeándose contra algún objeto romo.

Enseguida comenzaron las operaciones para capturar y decodificar las comunicaciones del imperio. R2D2 se encontraba muy excitado, seguía las instrucciones de Syleth con precisión mientras emitía risueños pitidos. Una vez realizadas las modificaciones oportunas en el cuadro de comunicaciones del Halcón, R2D2 salió fuera de la nave portando dos cables, los cuales soldó a diferentes polos del repetidor. De regreso a la nave, se conectó a la consola, calibró la frecuencia de rastreo y comenzó a realizar las tareas de desencriptado. El ordenador central de la nave comenzó a trabajar bajo la supervisión del droide mientras Ben comenzó su turno de guardia. La Twi´lek aprovechó para ordenar la habitación, patas arriba debido a su frenética búsqueda del mapa.

Varias horas después, Syleth estaba completamente dormida sobre el cuadro de mando del Halcón, babeando. Se despertó sobresaltada y, tras enfocar su mirada observó a Ben que se encontraba, como no, meditando. Le miró unos segundos y se dejó caer nuevamente sobre la repisa, momento que aprovechó R2D2 para entonar algún beep grave, quejicoso. Por los altavoces de la nave comenzó a sonar una conversación. Ben se incorporó sin esfuerzo para tomar control de los mandos y grabarlo todo. Observó a Syleth dormida y la miró con dulzura. Su estilizado cuerpo encorvado se movía con suavidad con cada respiración, mostrando una imagen de enternecedora fragilidad. El jedi quedó hipnotizado. Tenía especial debilidad por lo cotidiano y esa estampa le pareció más que bella. Mientras la miraba, se sintió a la vez más fuerte, más débil, pero sobre todo mucho más vivo. Dejó a un lado su frustración, su dolor, y se encontró mirándose a sí mismo como en una visión de sus antepasados, seguro de quién quería ser. La magia se disipó al escuchar a dos operarios imperiales hablando de operaciones de mantenimiento. Apenado, carraspeó suavemente y Syleth se alzó como un resorte. Se puso a mirar a ambos lados de la cabina completamente desorientada. Ben sonrió y miró a la Twi´lek conmovido por ese mágico momento pero ella, todavía algo descolocada y un poco avergonzada, se giró hacia los altavoces. Su maestro recobró su gesto habitual, sereno, desconcertante, y se dedicaron a escuchar con atención las conversaciones.

Escucharon los mensajes con atención durante largo tiempo. La mayoría eran instrucciones de aterrizaje para naves de comercio, salvo alguna patrulla volviendo de realizar maniobras de entrenamiento. Entonces oyeron a la base solicitar ayuda técnica para una incidencia en la terminal de residuos de las mazmorras. El atasco era imposible de solventar por los droides, requiriendo instrumental especializado. Entendieron que esa era la oportunidad que estaban esperando. Ben emitió un mensaje a la central cancelando la ayuda, y contactó con la base indicando que habían mandado una nave con el instrumental necesario. Un carguero corelliano YT-1300 con dos tripulantes y un droide. Calcularon un tiempo prudente para no levantar sospechas e iniciaron el descenso al planeta.

Les facilitaron las coordenadas de aterrizaje y la plataforma donde estacionar la nave. Cuando aterrizaron les estaba esperando un operario, que sin presentarse les indicó que les acompañase. Bajaron en un ascensor hasta las mazmorras, les dirigieron más allá de las celdas y, una vez allí, el operario les señaló una exclusa. “Ese conducto da acceso a todas las cañerías de del complejo. Hay un atasco en este nivel pero desconocemos la localización exacta, tómense el tiempo que necesiten.”

Ben abrió la exclusa y se introdujeron en el conducto. Mientras bajaban, Syleth se quejó amargamente del olor y la suciedad, no deseando saber lo que vendría después. Cuando llegaron al suelo observaron con las linternas que aquel lugar era un laberinto inmenso repleto de tuberías. Menos mal que les habían facilitado un pequeño mapa con la zona afectada. Syleth miró a Ben y le preguntó "¿Y ahora qué?. Él le señaló en el mapa y le comentó “Si seguimos estas cañerías de desagüe daremos con las celdas. Presiento que allí es donde debemos ir.”

Syleth in the sewers

Escalaron por las tuberías unas decenas de metros hasta llegar a la altura de las celdas. Utilizaron una cámara articulada del ajuar personal de Syleth para ver qué había en su interior. Las dos primeras celdas estaban vacías, pero la tercera estaba ocupada. Ajustando el enfoque y la luz pudieron identificar al recluso, era un gungan, “Pero no cualquier gungan” añadió Ben, se trataba del Rugor Nass, jefe de la tribu. Se acercó al desagüe y susurró su nombre, llamando su atención. “¿Quien anda ahí?” preguntó el jefe. “Soy Ben Bonaven, venimos a rescatarte, aléjate y espera que te demos la señal para bajar.” Syleth sacó un soldador y comenzó a describir un círculo alrededor del desagüe. Cuando acabaron Ben usó la fuerza para extraer la pesada pieza y posarla con delicadeza en el suelo de la celda. Nass, ayudado por la pareja, bajó con sigilo por el agujero y lo aseguraron a una tubería. El Jedi consideró oportuno tapar el agujero de nuevo, algo que Syleth consideró absurdo. Descendieron con cuidado, Nass estaba desnutrido y magullado, dificultando el proceso.

Una vez abajo el gungan se abrazó a la pareja, muy agradecido por su rescate. Hablaron unos minutos. Les explicó que el imperio tenía a toda su raza esclavizada por el apoyo a la vieja república y los continuos sabotajes que realizaron a las tropas imperiales una vez tomaron el planeta. Encontraron la base de operaciones secretas en las villas del pantano y le capturaron. Llevaba tanto tiempo en la celda que, cuando Ben le indicó la fecha actual, quedó conmocionado. Lo único que le mantuvo vivo fue la promesa de liberar a su pueblo y retomar el control del planeta, expulsando al imperio. Ben le preguntó por el Maestro Ashla. Rugor le miró emocionado y le contó que dio su vida por salvar la suya. El dolor consumía al Jefe de los gungans tanto que Ben no profundizó más y comenzó a pensar en cómo salir de ahí con Nass sin levantar sospechas.

Fue el propio jefe el que dio con la solución. Ben cerró la llave del agua de la tubería de expulsión de residuos. Nass abrió una compuerta que daba acceso al interior de la amplia tubería y se introdujo en ella. Le dieron el soldador, se despidieron y volvieron a abrir la llave. Dos soluciones en una, eliminaban el atasco y Nass escapaba por las tuberías directamente al pantano. Al subir, todo parecía estar en orden, no había alarmas ni nadie apuntándoles a la cabeza. Se dirigieron al operario para informarle de que la avería había sido subsanada. Al comprobar en el ordenador que los niveles de presión en la tubería de residuos eran normales, les acompañó hasta la nave.

Casi estaban entrando por el hangar cuando comenzó a sonar la alarma. Ben le dijo a Syleth que mantuviera la calma, cerraron la rampa y se dirigieron a toda prisa a los mandos. Al llegar a su puesto informaron al operario de la fuga del recluso de la celda número 3. Entonces se dio cuenta de un pequeño detalle, no había pagado a los técnicos. Avisó por radio de inmediato solicitando que detuvieran al carguero coreliano e impidieran que saliera del planeta. Furioso se dirigió a la celda y entró con brío. Miró a ambos lados, buscando alguna señal de la escapada. Entonces el suelo cedió y su cuerpo se precipitó al vacío, golpeándose con algunas tuberías.

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