Star Wars: La Alianza Contraataca

Las tribulaciones de Syleth

Syleth se encontraba muy sombría desde que la rebelión se hubiera visto aplastada casi hasta el borde de la extinción. Consciente de que ya no tenía vuelta atrás, la joven Twi’lek les había sorprendido a todos con un cambio de actitud que dejaba claro que ahora estaba con ellos. Habían visto lo que aquella terrible arma podía hacer, y todos recordaban como un puñado de valientes idealistas se habían atrevido a dar sus vidas por combatir la amenaza. Habían sido testigos de cómo el imperio volvía a barrer un planeta. No solo había destruido la base rebelde, sino que toda la cultura Massassi, y los frondosos bosques y templos que poblaban el planeta, eran ahora polvo espacial. Era más que una carnicería, una abominación.

Se había sorprendido cuando vio voluntarios alienígenas trabajando para la Alianza, en los hangares de la base rebelde. Pero ahora lo entendía todo, y sabía que mientras que el imperio amenazara la galaxia, ninguna especie podría vivir en paz. No se lo había dicho abiertamente a Leia, pero las palabras ya no hacían falta. Desde aquel día había acompañado a los mermados restos del ejército rebelde sin rechistar. No solamente había vuelto a arriesgar su vida al regresar para evacuar a la plana mayor del planeta a punto de ser arrasado, sino que había permanecido con ellos una vez llegaron a su destino, y se había integrado en sus filas de manera incondicional. Sin embargo, por las noches tenía miedo. Recordaba las implacables presencias de Vader y Sullust atormentando sus sueños, y a menudo terminaba la jornada sola en su habitación, con cualquier bebida alcohólica que hubiera podido encontrar.

Pero un buen día, sin previo aviso, Ben observo un cambio en ella que le hizo pensar que quizás no se había equivocado. Que había una posibilidad de poder enmendar los errores del pasado y formar a unos nuevos Jedi que no tuvieran la arrogancia y falta de escrúpulos que les había conducido a la extinción. Lo que le llamaba la atención, es que Syleth ya no llevaba la pistola de Han colgada del cinto. Durante varios meses, la Twi’lek se había acostumbrado a llevar esa otra pistola como añadido a su colección, ante lo cual Ben le había dejado entrever sutilmente su desaprobación.

Ella se jactaba del arma que había pertenecido al famoso contrabandista, y le gustaba pavonearse llevándola encima, tratando de atraer las miradas y sacando la conversación cuando podía. La verdad es que le daba un aspecto de asesina que Ben encontraba cuanto menos reprobable, y el comportamiento que acompañaba la exhibición de aquel arma tampoco le gustaba lo más mínimo. Él atisbaba a ver los reflejos del lado oscuro en esa actitud fanfarrona y sobreconfiada, tratando de cegar el ego de su aprendiz, y buscando la manera de aflorar en forma de otros sentimientos más violentos.

Ben le enseño entonces algunas técnicas de meditación y trató de que ocupara su tiempo en algo que eliminara de su cabeza aquellos pensamientos oscuros, a la vez que le diera confianza en sus habilidades y le permitiera sentirse útil. Quería plantearle un reto que pudiera estar a la altura de esas habilidades técnicas que le había visto usar a Syleth cuando tenía que tratar con el Halcón. Siempre era una tarea muy delicada tocar aquel carguero. Equilibrar todos los sistemas de la nave exigía toda la concentración de la joven, que aunque se exasperaba a menudo, parecía disfrutar con el reto que suponía, y cuando lo hacía sacaba a relucir su parte más brillante, entregada y honesta. Sin embargo la nave llevaba unas semanas comportándose de manera intachable y no había nada que arreglar, o que pudiera suponerle un reto. Por otro lado, Ben temía pedirle que hiciera modificaciones a la ligera por miedo a colapsar algún sistema importante. Sabía que el tedio era peligroso para la muchacha, pues el lado oscuro acechaba en sus pensamientos.

El Jedi había guardado cuidadosamente los restos de aquella unidad R2 que tanto había arriesgado por la rebelión, y que había sido destruida el fatídico día del ataque a la estrella de la muerte. R2-D2 había sido alcanzado de pleno por los cañones del caza de Darth Vader, y aunque apenas asomaba unos centímetros por encima del fuselaje del Ala-X, el impacto directo había reducido a cenizas el óvalo dorsal del droide y la mayoría de los circuitos internos se habían volatilizado en la sobrecarga resultante. Bonaben sopesó las probabilidades de alcanzar algún puerto con un técnico lo suficientemente experto, dispuesto a ponerse al trabajo de inmediato (y capaz de realizar las reparaciones en un tiempo incierto y probablemente insuficiente- pues el imperio les pisaba los talones) que además aceptara trabajar casi gratis. Se daba cuenta de que a medio plazo no tendría la posibilidad de devolver a la vida a su pequeño amigo. Le apenaba mucho la idea, pero no veía nada que pudiera hacer… La culpa le aguijoneó la conciencia hasta que repentinamente dio con la solución a todos sus problemas una noche, mientras instruía a Syleth en los secretos de las técnicas de meditación Jedi.

La joven se puso a trabajar en el droide con un entusiasmo y un afán por superarse desmesurados, fruto de su necesidad por ocupar su tiempo y paliar la soledad que les embargaba en la nave. Todo sucedía tal y como Ben había anticipado: Syleth dedicaba con gusto todo el tiempo libre que le permitían sus lecciones en la fuerza y los obligados ejercicios de relajación, meditación, y autoconciencia diarios. El humano era consciente de que al despertar el vínculo de la joven con la fuerza, el lado oscuro había dejado una huella imborrable en ella. Había sido el día que se volvieron a cruzar con Vader: la Twi’lek apenas había podido sentir vagamente la consciencia de su maestro en peligro, pero pese a la enorme distancia que los separaba, la malvada presencia del Jedi caído había encendido sus sentimientos de venganza como una pira, y la violencia se había apoderado de ella, como un remolino de odio incontrolable.

Cuando Syleth recordaba ese momento, podía evocar claramente el sentimiento como una llama casi oscura de poder que la llamaba, atrayéndola hacia Vader. Una fuerte sensación que casi la cegaba y que había hecho bullir su sangre ese día como nunca antes hubiera experimentado. Le aterraba pensar en eso, pero aquella escena se había repetido en su mente muchas veces desde que sucediera: Ella perdía todo autocontrol, y se lanzaba sobre su odiado enemigo con una furia desatada que no podía refrenar. En el último momento recuperaba algo parecido a la conciencia, lo que le permitía valorar la situación con frialdad. Su oponente se encontraba bien cubierto, flanqueado por dos cazas que cubrían sus alas bien de cerca. El disparo era imposible si consideraba la habilidad del piloto y la maniobrabilidad de aquel prototipo diseñado a la medida para su terrible amo. Entonces, aprovechaba su recién retornada claridad para conectar el sistema de armamento secundario del Halcón. Se había muerto de ganas por probarla desde que lo había descubierto, pero nunca había tenido ocasión de estrenarlo y aquel sin duda fue el momento. En su mente, rememoraba como los misiles impactaban demoledoramente contra el asistente de Vader, y la explosión resultante terminaba por romper la formación, obligando a su temible adversario a abandonar la persecución de Ben Bonaben. En esos momentos Syleth siempre podía sentir como habían desaparecido las emociones negativas, y una llama de esperanza había brotado en su interior cuando notaba la fuerza fluyendo en su maestro mientras se preparaba para el disparo definitivo contra aquel engendro destructor de mundos. Entonces no sucedía nada, se daba cuenta de que todas aquellas muertes, y el sacrificio de tantos valientes, habían sido en vano.

Sin embargo, la pesadumbre de aquellos sentimientos se había mitigado desde que estaba entregada a la reparación del droide. Las técnicas Jedi que estaba aprendiendo con Ben también ayudaban, y la joven encontraba fascinante los misterios de la fuerza, aunque tenía muchas más preguntas que fe, y se desesperaba a menudo cuando las respuestas de su maestro no eran tan claras como ella hubiera preferido.

Le llevo menos tiempo repararlo del que había pensado en un principio. A los pocos días de comenzar los trabajos, habían tenido la suerte de detenerse a investigar en un mundo alienígena. No encontraron pistas relevantes sobre los Jedi, pero habían podido comprar todo tipo de repuestos. Syleth había aprovechado para invertir una parte de su dinero en multitud de circuitos y piezas de recambio que le parecieron muy interesantes, y Ben había insistido en adquirir algunas piezas más, que de acuerdo a sus planes, les permitirían construir nuevos sables de luz cuando el entrenamiento de su aprendiz llegara a su fin.
De vuelta en la nave, la Twi’lek había logrado integrar los nuevos sistemas con éxito, y en pocos días tuvieron a R2-D2 rodando de nuevo por el Halcón. Su frenética actividad y la continua sarta de pitidos que acompañaba al pequeño droide se hizo patente de inmediato en la nave, a menudo llenando unos incómodos silencios que habían empezado a surgir recientemente entre la pareja.

Cuando terminó con el droide, y para evitar enfrentarse a aquellos momentos de tensión crecientes con Ben, Syleth volvió todos sus esfuerzos hacia la pistola de Han. Quería ver cómo funcionaban todos sus secretos, como si de alguna forma conocer los detalles pudiera acercarla más a su antiguo propietario. Ella recordaba a menudo al contrabandista. Estaban en su nave y raro era el día que no se ponía alguna de sus camisas, o notaba la presencia que el coreliano había dejado en la nave por algún motivo u otro. Cuando tras desmontar e inspeccionar el arma se hubo quedado satisfecha, volvió a ensamblarla con habilidad desde la infinidad de pedazos en la que la había desmenuzado y la guardó. Tenía un gran respeto por aquel hombre, y valoraba todo el esfuerzo que había dedicado a sus herramientas de profesión, cuidándolas casi como a una familia. Ella compartía ese vínculo con Solo. Apreciaba el increíble trabajo que había puesto en aquel legado, que ahora ella poseía. Sin embargo, no quería vivir a la sombra de aquella otra figura, aunque fuera un alma gemela. Estaba decidida a recorrer su propio camino.

Escondió el arma en su camarote, a la espera de poder legársela a alguien especial. A alguien que supiera valorarla, y la cuidara con el mismo esmero que mostraban Han y ella. Mientras tanto se decidió a aplicar algunas de las mejoras que había visto sobre su propia arma. Ben insistía en que el blaster no era un arma adecuada para un Jedi, pero ella se sentía mucho más segura cuando notaba su peso a la cintura. Al terminar de modificarla, apenas hubo probado las mejoras instaladas cuando ya casi pareció olvidarse de su juguete. Ben notaba como con el paso del tiempo la caza recompensas estaba dejando de lado los viejos hábitos, y cada vez veía más las pistolas como herramientas, y no como los símbolos de poder de antaño.

Sin embargo, la joven se había sentido cautivada por el sable de luz desde que lo vio funcionar por primera vez. Aunque había tratado de parecer poco impresionada en el momento que Ben se lo había mostrado, ella estaba actuando su papel… haciéndose la dura.

El filo del arma, azul como su propia piel, le había resultado cautivador. Multitud de preguntas relativas a la técnica, construcción y mantenimiento del artilugio habían surgido en su cabeza, pero en aquella situación había pensado que aquel misterioso mentor no iba a revelarle sus secretos. No entonces…

Luego había confirmado su atracción por el arma, al tomarla prestada cuando Ben se había despojado de sus ropas y equipo al entrar en el tanque Bacta. Nunca habían hablado de ello, pero Bonaben había sentido cómo ella se veía compelida hacia el poderoso instrumento Jedi, y la había llevado silenciosamente enganchada en el cinturón hasta que el maestro le propuso enseñarle a usarla. El había sabido esperar, y no había forzado la situación, pues era consciente de la necesidad de mostrar autosuficiencia que tenía la insegura Twi’lek.

Ahora la joven había empezado a practicar diariamente con el arma del maestro Kenobi, y poco a poco había podido ir planteándole todas sus preguntas a Ben. Él siempre abordaba las cuestiones de la fuerza con delicadeza. Nunca le daba respuestas claras y fáciles, sino que le hacía pensar y valorar diferentes ángulos, o le daba vagas metáforas con las que ella tenía que extraer sus propias conclusiones. Eso tuvo un fuerte impacto en la joven. No solamente vio como dejaba de lado el arma de Han, y apaciguaba sus sentimientos, sino que en pocos meses todo su comportamiento se volvió afectado. Poco a poco se volvía más reflexiva. Aunque no podía sustraerse a soltar comentarios mordaces cuando tenía ocasión, Ben se dio cuenta de que bajo la superficie algo estaba cambiando.

Ella dejó de interesarse tanto por su indumentaria, y a la vez que dedicaba menos tiempo a cambiar su aspecto con maquillajes, tintes y marcas, comenzaba a adoptar un estilo de vestir más sobrio. Ocultar esa piel azul era un comienzo, pues les resultaba demasiado peligrosa en una galaxia como esa, donde eran proscritos y en la que los alienígenas eran cada vez más relegados a un segundo plano. Él aprobó silenciosamente que la hermosa muchacha hubiera decidido cubrir su cuerpo. No solo le resultaba más fácil evitar incomodas miradas, sino que le demostraba que ella era consciente de la gravedad de la situación que vivían y se comportaba de una manera menos impulsiva.

Su talante cínico y frívolo se iba amortiguando con el paso del tiempo, en parte por la convivencia de tantos meses con un adusto Jedi, y en parte por estar juntos y aislados, entregados en cuerpo y alma a cumplir su destino en la difícil misión que se habían propuesto.

Los días pasaban con ligereza mientras viajaban en busca de nuevas pistas, y de lugares inciertos en los que esperaban encontrar otros Jedis escondidos. Ben estaba completamente dedicado, y se entregaba exclusivamente a su objetivo y a entrenar a su nueva aprendiz, pero la joven no parecía compartir su entusiasmo por localizar exiliados. Su verdadera motivación para permanecer a su lado, y llevarle a cualquier destino, era su mera presencia… la de aquel humano tan poderoso y completamente en paz consigo mismo que la cautivaba. El hecho de que le hubiera mostrado un poderoso camino, y le contara incontables historias acerca de los Jedi, había hecho que la joven se sintiera aún mas atraída por su maestro. Aquella fascinación se había disparado cuando Ben le había hablado de su padre. Syleth apenas recordaba nada de su infancia con él, pero la instrucción en la fuerza le ayudó a ahondar en sus memorias, y sacar a la luz recuerdos que llevaban décadas dormidos, recordando un amor fraternal que había olvidado, y que era el único amor que había conocido.

Sin embargo, los sentimientos de la joven se habían vuelto muy fuertes desde que descubriera su conexión a la fuerza. Ahora que su entrenamiento había logrado que ella dominara los impulsos violentos que el lado oscuro le había mostrado, una nueva serie de pasiones más peligrosas si cabe estaban tomando fuerza en el interior de Syleth. Se estaba enamorando de él, y al humano no solo le preocupaba no haberlo visto venir en el flujo de la fuerza, sino que le turbaba no estar completamente seguro de los sentimientos que tenía hacia su aprendiz. Las consecuencias podían ser terribles: Por un lado, estaban solos y confinados en un espacio muy reducido, y sabía que no podría eludir los avances de la atractiva muchacha mucho tiempo. Por otro lado, el riesgo de las emociones oscuras que amenzaban con volver a instalarse en Syleth si la rechazaba se estaba convirtiendo en un temor cada vez más grande para Ben, que sentía como de nuevo se encontraba atrapado en un dilema moral para el que no tenía respuesta.

Él era consciente del estado de agitación creciente de la joven. Lo podía sentir cuando ella se retiraba por las noches, sola en la habitación de Han, que también había hecho suya. Apenas una mampara separaba los camarotes de ambos, y antes de dormir notaba cómo la muchacha pensaba en él. A menudo usaba la fuerza, y se concentraba en sentir la presencia de su maestro (que descansaba en su camastro a apenas a unos pasos al otro lado de la pared) hasta que conciliaba el sueño. Pensó en mudarse al camarote de la tripulación, pero no solo le había cogido cariño a las escasas decoraciones que el wookie había instalado para recordar kashyyyk, sino que se daba cuenta de que unos metros más no significarían nada ante el torrente de emociones que estaban a punto de desatarse en ella, pues sabía que los Jedis no sabían amar a medio gas…

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Capítulo I: Del fuego a las ascuas, de las ascuas a la ceniza.

Capítulo I: Del fuego a las ascuas, de las ascuas a la ceniza.

En la oscuridad, Ben pasaba la mayoría del tiempo sólo, meditando, o al menos eso intentaba. Le sobrevenían a menudo los recuerdos de la tragedia de Yavin. Miles de voces gritando, otra vez. Y ese silencio después… Era una tortura.
Cuando conseguía concentrarse sus pensamientos se le mostraban como en una representación de teatro:
Se encontraba en el X-Wing en el momento de disparar los misiles, la fuerza y él eran uno. Percibía las vibraciones de la nave con precisión, Podía notar el sudor de su frente desplazándose suavemente hacia su barbilla para ser absorbido por la almohadilla de sujeción del casco. Detectaba el olor a circuito quemado de R2D2. Todo iba mucho más despacio, sólo estaban él, la nave y ese pequeño hueco de apenas dos metros de diámetro. Su respiración acompasada dirigía la orquesta de sus latidos hacia un tempo pausado. Esperó a apretar el gatillo hasta que presintió que era el momento adecuado… Entonces los misiles no alcanzaban su objetivo y no paraba de escuchar en su cabeza: “He fallado. Todo lo que ha ocurrido es culpa mía.” “No he estado a la altura. Mi falta de preparación es la causa de que nos encontremos así.”
El mensaje era claro, su adiestramiento en la fuerza no estaba completo. Necesitaba convertirse en un maestro Jedi para poder ayudar a los rebeldes a imponerse al imperio pero cómo hacerlo sin ayuda. Entonces recordó que aún guardaba el mensaje encriptado de su Maestro. Ben abandonó su meditación para dirigirse al ordenador central del Halcón Milenario. Si es capaz de calcular los algoritmos de la velocidad de la luz a una velocidad tan reducida quizá pueda desencriptar el mensaje. Ben no era un experto en computadoras, pero tenía los suficientes conocimientos para crear un algoritmo de desencriptado decente. Se dirigió a ver a Syleth para informarle cuando se la encontró de frente. Notó que no le había hecho mucha gracia que alguien ajena a su persona manipulara el ordenador de la nave pero tras explicarle los motivos quedó conforme.
Aprovecharon el tiempo para continuar con el adiestramiento de Syleth. Ben se centró en conseguir que Syleth dominara por completo el estado de atención plena. De rodillas, delante de una vela con el resto de luces apagadas, Bonaven le susurraba que prestara atención a su cuerpo. Primero a su respiración, inhalando con la nariz y exhalando con la boca. En segundo lugar a sus extremidades, desde los brazos hasta los pies. Más adelante era el turno del cuello y la espalda. En último lugar enfocaba a Syleth hacia su pecho, los latidos de su corazón y en el diafragma. Las primeras veces resultó imposible conseguir el objetivo por variopintos motivos. En una ocasión Syleth se echó a reír cuando le dicho que se centrara en su pecho. “Lo tengo bien bonito y firme” pensó la Twi’lek y aunque no lo dijo en voz alta su mirada se alzó buscando la complicidad de su maestro que, ante la obvia pérdida de concentración por parte de su alumna optó por mostrar su empatía. Ambos rieron abiertamente durante unos segundos. Ben tuvo a bien a cambiar la palabra “pecho” por “respiración” en el siguiente intento, algo que no pasó desapercibido para Syleth, lo que le llevó a perder la concentración otra vez. Los dos mantuvieron la compostura para no romper el ambiente y emprendieron un nuevo intento. Completado el ritual, el semblante de la cazarrecompensas cambió a un estado de gran relajación y su maestro quedó sorprendido. Se retiró unos metros y se sentó observando con atención las evoluciones. Como una pesadilla interrumpe el sueño, Syleth gritó levemente mientras sus ojos, abiertos de par en par, casi escapaban de sus órbitas. Ben se acercó con suavidad mientras la Twi’lek aún jadeaba, sin mediar palabra le miró a los ojos y, tras unos instantes, le tendió la mano. Ella le cogió la mano y se dejó llevar al asiento más cercano, bebió un poco de agua. Pasaron unos minutos hasta que consiguió recuperar un ritmo cardíaco normal, entontes Ben intervino y le comentó que la situación que ha vivido es muy normal las primeras veces, porque cuando se entra en ese estado todo se maximiza, y lo primero en aparecer suelen ser experiencias vitales relevantes para el individuo. Con el tiempo aprendería a observar como esos recuerdos se presentan ante ella en tercera persona. No hacía falta que se lo dijera, Ben estaba orgulloso de sus avances y, cogiendo su mano, le dijo que no se había equivocado eligiéndola como su aprendiz. Ella le miró con los ojos aún vidriosos y asintió, estaba atónita por lo sucedido y sobre todo porque en ningún momento se interesó por los detalles del recuerdo que le había sacado del trance. Unos segundos más tarde, cuando el silencio y la situación comenzaban a rozar la incomodidad, el ordenador central emitió un pitido agudo y largo. Ben se levantó y se acercó al puesto de mando con paso relajado, se sentó en el asiento del piloto y observó con agrado que los datos habían sido decodificados con éxito. “¡Excelente! Exclamó llamando la atención de su alumna, que se apresuró para no perderse detalle. Debido al paso del tiempo, parte del contenido se había deteriorado pero entre la información intacta pudo recuperar cinco nombres de maestros Jedi y sus respectivos planetas de exilio. Obi Wan Kenobi había fallecido, el viaje a Tatooine no era necesario. Sólo quedaban 4 Jedis que buscar, cuatro planetas a los que viajar. El primer planeta era Mon Calamari, donde se suponía que se escondía el Maestro Corus. En segundo lugar Roon, un planeta desconocido para Ben pero no para Syleth, donde supuestamente hallarían al Maestro A’Sharad. En tercer lugar el planeta Naboo, cuyas profundas aguas escondían al Maestro Ashla del radar del Imperio. En último lugar encontró Ben el nombre de Anya kuro, una conflictiva Maestro Jedi, que se ocultó en el planeta Bakura, en los confines del universo conocido.
Ben se sintió algo decepcionado por no encontrar el nombre de Yoda, por quien más respeto y admiración sentía. Deseó que su paradero estuviera entre los datos corruptos del mensaje. Tras meditar unos segundos, se levantó del asiento y se dirigió a Syleth para informarle de la nueva misión:
“Durante el viaje entre los planetas iremos avanzando en tu adiestramiento. Mañana compraremos víveres, munición y repuestos para disponer de excedentes en caso de sufrir algún percance. Que la fuerza nos acompañe esta vez, joven aprendiz. Buenas noches.”
Mientras se alejaba de la cabina, ella no pudo dejar de mirar su imponente silueta hasta perderse entre las sombras. Normalmente ella estaba acostumbrada a planificar el rumbo de su vida, dirigirla a su antojo allá donde más beneficioso le resultara, aún así no le importó, algo estaba cambiando en su interior.
Ben, acomodado en sus aposentos, se paró a meditar a cerca del provechoso día que habían tenido. Mientras recordaba cada detalle cayó en la cuenta de que, por primera vez en muchos días, se había reído. Alzó levemente la cabeza al tiempo que un gesto de aprobación derivó en una leve sonrisa, apagó la luz y se tumbó en la cama con la sana intención de encontrar ese reparador sueño que le había sido esquivo, ya demasiado tiempo…

Código Jedi:
No existe emoción, sólo existe paz.
No existe ignorancia, sólo existe conocimiento.
No existe pasión, sólo existe serenidad.
No existe caos, sólo existe armonía.
No existe muerte, sólo existe La Fuerza.

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Capítulo II: Un mar de Coral

Al comenzar el día, la pareja se dirigió con el Halcón Milenario hacia el planeta Ossus. Ben eligió ese planeta por la cercanía con Mon Calamari y por su pasado con la orden Jedi. Allí compraron lo que habían planeado además de bastantes piezas como para reparar a R2D2 y, de paso, construir un par de sables de luz. Para los sables aún se necesitaban algunas piezas más, pero Ben confió en encontrarlas durante la misión. Fue descorazonador ver cómo los antiguos templos habían sido derruidos, no obstante aquel lugar conservaba su alma. Con la cantidad de catástrofes que había vivido, como la gran guerra Sith o el cataclismo ocasionado por la supernova Cron, la vegetación del planeta siempre logró renacer y adaptarse al entorno. Mientras iniciaban su ascenso desde el espaciopuerto de Knossa, Ben contempló desde la cabina una armonía inusual entre tecnología y naturaleza. Aquella estampa cautivó a Ben, que por unos instantes creyó tener delante a Alderaan.

Sin tiempo para mucho más llegaron a Mon Calamari. Gracias a la astucia de Syleth, conocedora de los trámites burocráticos para ir de planeta en planeta, pudieron entrar sin incidencias en el espaciopuerto. El Halcón Milenario lucía de azabache, un color que le sentaba estupendamente. Nada más bajar la pareja se dirigió hacia uno de aquellos lugares donde se encuentra la información que no has de preguntar alegremente por doquier. En este caso, se acercaron a una armería cercana en los astilleros. Allí Syleth saludó con reservas a Illarius, un apuesto joven humano. Extrañado ante el frío saludo, miró fijamente a los ojos de la Twi’lek durante un instante, esperando encontrar respuesta. Al notar la presencia de su acompañante, creyó atar cabos y les invitó a pasar a la trastienda.

Hablaron de las mejoras en el negocio y algunas aventuras que lidiaron tiempo atrás. Ben atendió con gusto y notable curiosidad e intervino finalmente cuando la conversación giró hacia los problemas con el imperio. Los altísimos impuestos y los constantes abusos de poder estaban crispando tanto a Illarius que se estaba planteando cerrar en negocio. Aprovechó el Jedi para preguntarle por el posible paradero del Maestro Corus. El joven se giró e irónicamente comentó que el único Corus que conocía era el hermano del rey. Le parecía absurdo que se hubieran tomado tantas molestias en preguntar por el paradero de alguien tan conocido. Al no recibir la mirada de aprobación por parte de ninguno de los dos, su gesto se torció serio, carraspeó un instante y les comentó que el palacio se encontraba en Cuidad Coral, una enorme urbe flotando en el océano. Les facilitó las coordenadas GPS y llamó a un taxista de confianza para que les acercara. Al despedirse Illarius les deseó suerte en su búsqueda, miró a Sylteh con aire melancólico y le dijo que la notaba diferente, más centrada. “Cuídate mucho, no te metas en problemas.” Ben aprovechó para mirar fijamente a Illarius y decirle que, si se decidía a cerrar el negocio, alguien con sus habilidades podría serle muy útil a los amigos de la antigua república. Se introdujeron en el coche y partieron para el palacio.

En apenas una hora llegaron al destino. Les costó una media hora que les abrieran las puertas, ya que no disponían de cita previa. Finalmente cuando el nombre de Ben Bonaven llegó a la persona adecuada, les dejaron pasar y les atendieron con bastante celeridad. El propio Rey les recibió en persona. Una vez dentro del despacho real, se presentó como el consejero y humilde servidor del pueblo Zoidberg Coralis IV. Les pidió disculpas por la pomposidad del tratamiento, el linaje real era un arcaísmo pero se utilizaba para ejercer labores diplomáticas con el imperio. “Al desaparecer cualquier vestigio con la democracia, nos valemos de cualquier ardid para interferir en favor del pueblo.” Excusó el rey. Ben, perro viejo en temas políticos, advirtió una verdad a medias en sus palabras. Antes de llevarles con su hermano, se interesó por los últimos acontecimientos ocurridos en Alderaan y la cuarta luna de Yavin, al quedar confirmadas muchas de sus sospechas, amargamente se sentó en su sillón. Unos segundos después les recomendó que fueran muy cautos para no ser vistos, no desearía que el siguiente objetivo de la estrella de la muerte fuera su querido planeta. Ben pudo apreciar una mezcla de ironía y congoja en sus palabras. Antes de llevarles con su hermano Corus, se acercó para pedirles un gran favor. Gial Ackbar, representante en el senado de la extinta república, fue arrestado por el Imperio. Según sus informadores, se encuentra esclavizado como parte de la tripulación del mezquino Moff Tarkin. Sería de vital importancia para su planeta y también para la república que Ackbar fuera liberado. Ben asintió instantáneamente a la propuesta. Gial y su Maestro Adi Galia fueron grandes amigos y tuvo la fortuna de conocerle, le guardaba un gran afecto. Zoidberg les guió hacia los aposentos de su hermano. Les comunicó que se encontraba gravemente enfermo. Padecía una degeneración celular que le estaba afectando al sistema inmune. Había perdido el habla y le aplicaban fuertes sedantes para soportar el dolor. El imperio se presentó con dos guerreros encapuchados con la intención de matarle pero, cuando vieron el estado en el que se encontraba, se fueron aireando que su enfermedad era peor castigo que la propia muerte. Cuando entraron en la habitación Ben apenas pudo reconocerlo. Su piel, antes del color del coral, tenía ahora tonos morados y marrones, muy apagados. Intentó contactar con él a través de la fuerza pero fue inútil, con tanto calmante apenas era consciente de lo que pasaba alrededor. Estuvieron allí un buen rato intentando comunicarse con él, con la esperanza de que tuviera algún momento de lucidez. Fue entonces cuando ya se levantaban cuando Corus cogió del brazo con fuerza a Ben, pudo ver en sus ojos su sufrimiento y entonces comprendió que lo único que deseaba era descansar en paz. Estaba preparado para unirse a la fuerza y su hermano, con la esperanza de encontrar cura a su enfermedad, lo estaba postergando. Lo comunicó en voz alta, en presencia del Rey. Éste gritó en su idioma algo que no hacía falta traducción y, con el puño apretado, asintió con la cabeza y dio la orden al médico para que se marchara. Durante unas horas, Ben y Zoidberg se dedicaron a contar pequeñas anécdotas con Corus como principal protagonista, se dirigían a él mientras las contaban y el Maestro Jedi parecía asentir con la cabeza y, en algunos casos, cuando el dolor se lo permitía, sonreía. Fue en medio de una de las historias cuando, sin estertores, las pupilas del enfermo se dilataron y exhaló su último aliento. Su cuerpo desapareció delante de la incrédula mirada de su hermano y de Syleth, mientras Ben susurró algunas palabras y posó su mano sobre el hombro del rey.

De camino a la nave, apenas hubo diálogo entre profesor y alumna. El dolor era reciente y la situación exigía un reflexivo silencio. Iniciando los preparativos para el despegue, Ben miró a Syleth con ternura y, cogiéndola de los hombros con ambas manos, le manifestó su gratitud por haber sabido estar en esos momentos tan duros. Iniciaron el ascenso deseando tener más suerte en el siguiente destino, Roon.

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Asuntos sin resolver

Syleth no estaba acostumbrada a esperar. La poca paciencia que había aprendido a cultivar, había sido la justa para sobrevivir (pocos caza-recompensas salvan la vida en sus primeras cacerías si no logran vencer el impulso de actuar irreflexivamente) y sus carencias se hacían evidentes ahora, cuando el exigente entrenamiento Jedi ponía a prueba su perseverancia y su tesón. De no ser por sus agudos reflejos no habría logrado superar tan rápidamente los objetivos que le planteaba su maestro, y que ella abordaba como un juego. De haber necesitado mucho más tiempo, no habría tenido la voluntad de perseverar lo suficiente para alcanzar las metas.

Ben pensaba en lo afortunada que era, pues solo una habilidad excepcional como esa permitía a Syleth evitar los innumerables fracasos que tan frecuentes eran en el entrenamiento básico. Por lo tanto no tenía que enfrentarse con los sentimientos de apatía y frustración que eran los encargados de desarrollar la fuerza de voluntad en el joven padawan. Así templaban sus emociones, mediante una voluntad de la que ella carecía. Solamente su gracia le iba a permitir completar el entrenamiento en los rudimentos de la fuerza en cuestión de meses, pero las dudas que asolaban al maestro iban más allá. Se le aparecían cuando trataba de aventurar lo que sucedería más adelante, en los momentos en los que ella necesitara hacer acopio de un autocontrol absoluto, y la verdadera fuerza de voluntad no pudiera ser sustituida por la vitalidad de la juventud ni los más afinados reflejos.

La joven aprendía realmente rápido los movimientos, y dominó el sable de luz enseguida. Sin embargo, siempre surgían problemas cuando tenía que concentrarse plenamente, o cuando la relajación y la autoconsciencia entraban en juego. A ella le costaba mucho no perder la concentración en el breve instante en que las manos de su maestro se posaban sobre su cuerpo cuando la corregía en una posición. Si era consciente de que Ben la estaba observando fijamente o hablaba de alguna parte de su cuerpo, era todavía peor. A menudo pensaba comentarios mordaces, ensalzando las cualidades de los atributos que él mencionaba, o fantaseaba con la excitación que debía provocar en su mentor la vista de sus elegantes músculos y todo su cuerpo en tensión.

Si había algo en lo que la joven no se había visto forzada a desarrollar paciencia en absoluto, era con los hombres. Su cuidada apariencia le había bastado siempre para atraer las miradas de cualquiera del que pudiera encapricharse, y su aire de misteriosa profesionalidad hacía el resto. Habitualmente llamar la atención era más contraproducente que provechoso, pero la Twi’lek era vanidosa y disfrutaba atrayendo las miradas. En ocasiones incluso le había resultado una ventaja, permitiéndole tomar por sorpresa a los que bajaban la guardia ante sus encantos.

Sin embargo esta vez estaba recibiendo de su propia medicina. Al principio le había parecido un tanto irritante que “el viejo” no mostrara interés por ella. Luego se había dado cuenta de que aquel misterioso humano no era en realidad tan mayor. Se notaba que llevaba un gran peso sobre sus espaldas, pero las arrugas parecían más fruto de las preocupaciones que del maltrato físico. Le costaba reconocerlo, pero finalmente se daba cuenta de que se sentía completamente atraída por aquel hombre. Por el contrario, él no parecía inmutarse nunca ante ella.

Había empezado casi como un juego para ella: le acompañaba para aprender a dominar su recién descubierta habilidad con la fuerza, se había dicho a sí misma. Pero los meses habían dado paso a años, y durante grandes periodos de tiempo habían vivido solos y aislados, llegando a conocerse por completo el uno al otro. Todo ese tiempo ella había permanecido a su lado, siguiéndole incondicionalmente por toda la galaxia mientras él le llenaba la cabeza de historias y leyendas, hablándole de su padre perdido…

En sus infructuosos viajes habían gastado casi por completo la pequeña fortuna que Syleth había recibido como recompensa de la alianza. Ella había puesto su nave y su dinero completamente a su disposición, sin oponer resistencia. Cuando lo pensaba no podía evitar recordar cuantas veces habría hecho ella lo mismo en el pasado, aprovechándose de algún incauto enamoradizo a los que tanto detestaba. Sin embargo, ahora la estúpida enamorada era ella, y no podía remediarlo. No culpaba de nada a Ben. Si acaso, le acusaba de no haber intentado aprovecharse de ella cuando había tenido ocasión. Eso le resultaba frustrante.

Sus pensamientos empezaron a divagar mientras jugaba distraídamente con el cristal esmeralda de su sable de luz. Recordaba perfectamente aquella noche en Roon, en la que una vez más sus investigaciones habían dado de bruces contra un muro. Las gentes de aquel miserable planeta no se habían mostrado colaboradoras en absoluto y su rastro había vuelto a esfumarse.

Ben había bebido más de la cuenta. No había tenido en cuenta las propiedades de aquel potente brebaje que preparaban para los mineros, que junto a la elevada temperatura de aquel desapacible mundo hacia que su alcohol se absorbiera a toda velocidad. Los Twi’lek están bien dotados para resistir el calor extremo, y Syleth había jugado aquella baza a su favor cuando había invitado a su maestro a unos tragos de aquel matarratas.

Era lo único bueno que recordaba de su visita anterior, aquel maldito licor. Había podido beber más que nadie, lo que fue la clave para lograr completar el trabajo. Quizás fuera el alcohol lo que hizo que finalmente el dinero se escapara de sus manos, y saliera volando desde el deslizador esparciéndose en todas direcciones por el pueblo. Pero ella no parecía culpar al malsano brebaje más de lo que culpaba al maldito planeta y sus gentes… Ahora ya nada de esos hechos pasados le parecía importante.

La velada había escapado finalmente a su control, y ambos reían animadamente de vuelta al Hotel. Aparte del alcohol, las risas se debían a su nuevo aspecto- pensó Syleth. Lo cierto es que se había teñido la piel de rojo oscuro poco antes de aterrizar esa mañana para no ser reconocida. El Jedi se había mostrado muy taciturno todo el día, lo que le resultaba extraño, y no había abandonado su gesto sombrío hasta que estuvo muy borracho. Le parecía raro, pues él ya estaba acostumbrado a sus cambios de aspecto, dado que ella tenía por costumbre transformar su apariencia, ya fuera con exóticas ropas (que compraba cada vez que tenía ocasión), o mediante maquillajes corporales y complementos. Ante eso, Ben no dejaba trascender sus opiniones. Nunca había hecho juicios de valor ante los estrafalarios estilismos de la joven, pero en esta ocasión resultaba evidente que le contrariaba. Ella podía notarlo.

El caso es que aquella noche su comedido maestro había bajado su guardia. Recordaba perfectamente el momento en el que había salido del baño de la habitación alquilada. Sonrió con aire idiota cuando su mirada se encontró con la joven, que le esperaba desnuda sobre el sofá con aire seductor. Más que sentarse, Ben se derrumbó a su lado, y antes de pudiera darse cuenta ella se abalanzó sobre él. Ambos rompieron a reír cuando se colocó a horcajadas sobre su regazo, derribándolo.

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Sus bocas se fundieron en una sola y sus cuerpos comenzaron a buscarse con avidez. Syleth podía sentir como se aceleraban los latidos en el pecho de su mentor a medida que sus senos se apretaban contra él, pero súbitamente Ben detuvo sus caricias. Apartándose para ver qué sucedía, vio como el humano se debatía tratando de encontrar las palabras.

No me agrada nada ese color tan sangriento balbuceó él tras unos tensos momentos-me suscita malos presagios.
¿Puede saberse a qué demonios te refieres? le increpo Syleth con gesto disgustado, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho en espera de una respuesta.
Llevas la piel de idéntico color a la de los Sith de pura sangre le espeto Ben sin poder controlar la ira, que por un instante parecía que se había sobrepuesto al alcohol. En su mente no podía dejar de ver las espantosas holo-imágenes de los demonios Sith que había visto en su infancia en los archivos Jedi. Cuando la miraba, el color carmesí de su piel teñida le impedía dejar de pensar en ellos.
Hace muchos milenios ellos crearon el Imperio Sith, ¡y mira dónde nos ha traído eso! dijo Ben al borde del llanto.

La mirada del Jedi estaba vidriosa, pero no era por el alcohol, sino por el torrente de lágrimas a medio brotar que presagiaban sus ojos. En su cabeza, los recuerdos de innumerables camaradas muertos le rondaban como espectros. Con todos los viajes, con todos sus esfuerzos, y no había conseguido nada. No había logrado encontrar a ninguno vivo, y en momentos como ese no pensaba que fuera a conseguirlo jamás.

La muchacha se acercó a calmarle, y lo envolvió cariñosamente entre sus brazos, apoyando su barbilla sobre el pelo de Ben en gesto conciliador. Siempre había encontrado muy cómico ese rasgo humano, tan animal. Los Twi’lek no tenían pelo, y aunque al principio le había desagradado un poco, ahora le inspiraba ternura. Descansó su cara en él, dejando que sus sentidos se empaparan del olor corporal de Bonaben.

Ella había decidido lo que iba a hacer, y ya no le importaba que la reconocieran en aquel mundo fronterizo. Esperó a que el efecto sedante de su cuerpo abrazándole hiciera efecto sobre Ben, y se separó cuando estuvo segura de que se había calmado. Se apresuró a la campana de ducha del cuartucho, tomando un ungüento que ayudaría a desprender la pintura corporal de su piel.

Al cabo de unos minutos era azul de nuevo. No se había esmerado mucho, y aún quedaban zonas en la espalda y en la cara posterior de los muslos que todavía mostraban un tono rojizo, pero no le importó. Se trataba de conseguir un golpe de efecto, y tampoco creía que Ben pudiera advertir los detalles en su condición etílica. Se acercó hacía él contoneándose y moviendo sus lekku como una bailarina. Trataba de aliviar la tensión que permanecía latente, y para excitarle dejaba entrever su cuerpo bajo la toalla con la que se había secado.

Se tomo su tiempo, caminando de manera provocadora para que tuviera ocasión de admirarla, y disfrutara con la anticipación. Sin embargo, el gesto de la muchacha se torció cuando llegó a su lado y descubrió que Ben dormía profundamente. No despertó hasta la mañana siguiente, y además de tener una fuerte resaca, aseguró que no lograba recordar lo que había pasado la noche anterior. En su interior ella sospechaba que mentía, pero nunca volvieron a hablar de esa noche.

Su mente volvió al presente. Había vuelto a pensar en Roon, en lo que pudo haber pasado esa noche y en cómo había logrado el cristal para el sable. De alguna forma, cuando observaba la gema los recuerdos volvían a ella, al igual que le envolvían las sensaciones que rodeaban a esas memorias cada vez que empuñaba su nuevo sable. Cuando lo tocaba sentía algo extrañamente cálido y familiar, casi reconfortante… muy diferente de la frialdad a la que se había acostumbrado tras meses practicando con el arma de Kenobi. Ahora entendía lo que su maestro había querido expresar cuando hablaba de la unión que había entre un Jedi y su sable de luz. Una vez creada el arma, un nuevo elemento se unía a la fuerza y a la vez era parte de uno mismo. Era una sensación difícil de explicar.

Entonces volvió la vista hacia la botella de licor que había traído de Roon. Durante todo ese tiempo se había negado a tocar una sola gota, pues era para ella un recuerdo de aquella noche, como una llama de esperanza. Agarró la botella y dos vasos, y salió de su camarote decididamente hacia la cabina del Halcón. Allí programó la calefacción de la nave para que subiera gradualmente la temperatura del soporte vital.

Fue en busca de Ben. Tenían que hablar, y resolver algunos asuntos que llevaban esperando demasiado tiempo.

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Azzamit
Azzamit

Aun no habíamos saltado al hiperespacio cuando la explosión de la luna de Yavin nos alcanzo, el halcón se estremeció y todos los ocupantes nos agarramos. Segundos después conseguimos saltar al hiperespacio escapando del la flota imperial.

Ya en la seguridad que nos proporcionaba el hiperespacio dejamos la cabina para ir a ver nuestros invitados, todos parecían a salvo, terriblemente desesperado por lo que acababa de ocurrir. Sin embargo en ese momento aun no me importaban, desde mi punto de vista eran los culpables de la destrucción de nuestro planeta, y del asesinato de mis padres.

Cuando llegue a los camarotes encontré a mi hermana, sentada en una de las sillas y agarrada aun con fuerza. La avise desde la puerta pero estaba ida, asíq entre y con suavidad la solté de los agarres, mientras hacía esto Leia volvió en sí, me miro y sus ojos expresaron rabia e ira, se alzo de la silla y comenzó a gritarme “como te atreves a ser insolente con el General Jan Dodonna ! No sabes lo mucho que ha perdido!! Toda esa gente…” mientras me golpeaba en el pecho sus palabras fueron perdiendo coherencia hasta que tras unos instantes ya no podía hablar a causa de los sollozos y las lagrimas… no pude hacer más que abrazarla y consolarla mientras terminaba de llorar, en cuanto se calmo cayo rendida y la deje acostada.

Salí de su camarote lo mas cuidadosamente que pude y me encamine a la sala de reuniones, allí estaban el general Jan Dodonna y los oficiales que habíamos rescatado, estaban hablando y haciendo planes de donde poder iniciar la nueva rebelión. Sacaron planos, desarrollaron posibilidades… pero no había decisión entre ellos. Asombrándome a mi mismo abrí la boca, “Dromund, un planeta del borde exterior, apenas colonizado ni explorado, pero bello y de temperaturas cálidas según había oído”, los asistentes a la reunión me miraron extrañados, pero Jan introdujo unos datos en la holopantalla y Dathomir apareció en la cubierta, miraron los datos, analizaron y discutieron durante un rato.

Cansado de la conversación infructuosa me retire a la cabina, donde seguí intentando aprender de como pilotar una nave como el halcón. Sin embargo mi momento de tranquilidad no tardo en disiparse, Jan entro en la cabina pidiendo permiso, agradeciéndome la idea inicio una conversación, donde intentaba congraciarse conmigo, ninguna de las ideas arraigo mucho, sin embargo cuando empezó a hablarme de mi padre la cosa cambio, Jen y padre habían sido grandes amigos durante las guerras clon, y habían seguido en contacto después de la finalización y la aparición del imperio.

Jen me explico como padre había estado del lado de la rebelión desde el principio, de cómo había estado luchando por la libertad y la vida, impidiendo que muchas de las leyes imperiales llegaran a ver la luz, la conversación se alargo durante horas. Hasta que llegamos a los astilleros espaciales de Fondor. Allí, Jen me pidió su primer favor… bueno, aunque ahora lo podría llamar la primera misión…

Los astilleros de Fondor era un complejo de construcción de naves espaciales, que había evolucionado hasta convertirse en una ciudad espacial, llena de corrupción y lejos de la mano del imperio. Un lugar donde los tratos se hacían en cantinas o prostíbulos, donde un apretón de manos sellaba los contratos, y donde los transportes no llevaban mercancías demasiado legales….

Jen me pidió que me pusiera en contacto con otro antiguo héroe de guerra un capitán de corveta que consiguió eludir una infinidad de bloqueos y atravesar líneas enemigas, debía encontrarle y explicarle los nuevos planes y lo ocurrido en yavin, me dio los datos de la estrella de la muerte. Me pidió que le ayudara en lo que pudiera necesitar y el sabría que hacer…

Asique con una cantidad asombrosamente corta de créditos salí del halcón, mire una vez atrás para ver los rostros de los que había considerado mis amigos en estos últimos días y me encamine hacia una nueva vida

-“os parecéis bastante… búscate a ti mismo” Fue la única pista de Jen para que encontrase a Lasam, asique me dirigí casi de inmediato a la cantina y a la partida de cartas de turno.
En pocas rondas ya estaba teniendo beneficios y mis créditos se multiplicaban por momentos, la gente se empezaba a arremolinar a nuestro alrededor.

Las copas, y el humo iba nublando mi juicio y poco a poco mi impaciencia crecía, las prisas y las inexperiencia me llevo a un mal paso, preguntar abiertamente por Lasam, en ese momento todo el mundo se cayó y se aparto de mi, la partida acabo abruptamente cuando un enorme Gamorreano volcó la mesa y me sacudió un terrible puñetazo que hizo que las luces se apagaran de repente.

Me desperté tirado en un callejón mientras alguien me tiraba un cubo de agua por la cabeza.
-Apestas a rebelde – dijo una voz
-Yo no soy de esa escoria rebelde– conteste
-Pues una pena, porque yo si lo soy y me habían dicho que me enviaban un chico impetuoso, un tanto estúpido pero valiente y comprometido con la causa…
- Eres Lasam?
-Te gusta recalcar lo obvio?

No recuerdo mucho mas de esa primera conversación solo sé que momentos después me estaba ayudando a ponerme en marcha y me llevaba hacia su hogar.
Los días pasaron, Lasam me explico que tras la guerra y la ascensión de Palpatine se dedico a la piratería. Conoció a los piratas y traficantes de la zona y ha estado trabajando con ellos consiguiendo información y bienes de necesidad para la alianza. Ahora que había sufrido tan duro revés su misión seriamás importante que nunca, y por eso estaba con él, para que me instruyese y pudiera seguir ayudándole con su misión.Me explico como había aprendido a concentrarse durante las guerras y como había sido capaz de resistir los poderes mentales Jedi.

Lasamempezó a entrenarme, tanto físicamente como mentalmente, aparte del ejercicio físico también me hacia pruebas para localizar o memorizar cosas rápidamente, cuanta gente hay en el bar, que te parece ese tipo, descríbemelo, me enseño a jugar… bueno más bien a hacer trampas con las cartas, y a trucos de manos, como vaciar bolsillos o incluso pequeños juegos de habilidad que me ayudarían a esconder algún objeto pequeño rápidamente.
Poco a poco Lasam me fue introduciendo en sus negocios, me enseño a pilotar su nave sus ordenadores y como tener contactos, conocí hutts con los que trataba y como hacer negocios con ellos.

Al poco tiempo ya estaba de viaje con él, su nave OTANA
Un carguero coreliano IT-2000 que también estaba modificado
Los días se convirtieron en semanas las semanas en meses…

Mientras no estábamos de instrucción o de misión me toco trabajar como minero espacial, Volando entre asteroides para mejorar mis dotes….
De nuevo el cambio llego por parte del imperio, una delegación llego a los astilleros con la noticia de que el imperio galáctico los reclamaba y que todo lo que contenía pasaba a ser propiedad imperial.

Como es normal los astilleros entraron en cólera, y se produjeron revueltas por todas parte, Lasam rápidamente recogió sus cosas, y corrimos hacia le otana, las tropas imperiales estaban asaltando todo el complejo y asesinando sin vacilación a todo el que se les oponía.
Corrimos por los pasillos esquivando las patrullas imperiales hasta que llegamos al hangar donde no tuvimos más remedio que enfrentarnos a unos cuantos soldados, aunque fueron eliminados en un infortunio hirieron gravemente a Lasam y aunque conseguimos llegar a la nave el no pudo pilotar, esa fue mi prueba de fuego, cuando salimos del hangar nos encontramos varios destructores imperiales, estaban atacando todos los transportes que salían de los astilleros. Peor aún, un interdicto establecía un pozo de gravedad con el que no podíamos escapar.

Con todas las tácticas de las que disponía conseguí eludir el fuego de los destructores hasta llegar a la zona de contenedores, donde conseguimos acoplarnos a uno. Aceleramos la nave a toda potencia y aprovechando la inercia lanzamos el contenedor hacia el interdicor que estaba en nuestra ruta de escape… esquivamos el fuego ya sin tanta fortuna pos nos alcanzaron un par de veces, aunque sobrevivimos de forma milagrosa. El interdictor no se molesto en dispararnos, apenas utilizaron su sistema de punto cero para acabar con el contenedor antes de que este les rallase la pintura, pero con lo que no contaron fue con el contenido, un contenedor repleto de torpedos de iones explotaron afectando todos los sistemas del interdictor y dejando inutilizado unos minutos…. Tiempo más que suficiente como para saltar al hiperespacio y escapar

El viaje me llevo de nuevo con mi hermana y los rebeldes, aunque en la bahía médica había mantenido a Lasam con vida necesitaban ayuda desesperadamente y con el imperio en la zona no me atrevía a ir a una zona poblada sin cambiar los identificadores de la nave y dejar que la zona se enfriase un poco

La alianza me recibió como la primera vez, aunque esta vez tuve un poco mas de respeto por ellos. Mientras Lasam se recuperaba y le implantaban un brazo mecánico yo convivía con mi hermana y me explicaba la situación en la galaxia. El tiempo que pase allí tampoco fue desperdiciado, ya que aprendí todo lo que pude sobre los jedis los siths y sus poderes, y como intentar oponerme a ellos, aunque carente de la habilidad para manipularles a ellos entrene mi mente para no dejar que ellos manipularan la mía…

Trabajando con la rebelión (aunque nunca he aceptado unirme a ella) estuve pilotando y explorando para ellos, me convertí en el piloto de Leia, en el Otana, y la acompañe para realizar tratos con Hutts y demás contrabandistas, esa época fue donde más contactos gane. Y donde aprendí a moverme por los barrios bajos.

También estuvimos explorando antiguos templos, intentando encontrar artefactos que vender o que utilizar, estuvimos investigando sobre como derrotar a la creciente orden siths, y como frustrar sus planes. Cuando se pusieron en marcha para encontrar a los niños sensibles, yo también lo hizo… aprovechando los contactos de los barrios bajos conseguía información de los futuros nacimientos y de los que eran más posibles de que estuvieran en sintonía con la fuerza, Ben pudo adiestrar a Lasam para que detectara el poder en los nonatos, aunque esto era difícil de conseguir era posible. Así que, cuando nos llegaba información de que los siths iban a una familia nosotros nos adelantábamos y si podíamos rescatábamos la familia antes que llegaran las tropas del imperio, les llevábamos a la alianza y allí eran acogidos, intentando pensar en cómo poder sustituir la extinta orden Jedi

En muchas de nuestras expediciones encontrábamos cosas curiosas, una de las que más le entusiasmo a Lasam fue cuando No entregaron “Lealtad” un destructor Calamari
Este destructor fue entregado a Lasam como muestra de buena voluntad por parte del pueblo de MonCalamari (Ver adjunto Lealtad), en pago por la misión de rescate de Ackbar
Lasam comprendió la importancia de que la rebelión tuviera un arma como esta, asique con el otana en el hangar y los motores del Lealtad funcionando se lo llevamos a la alianza.
La alianza lo utilizo durante base móvil mucho tiempo mientras se reparaban las armas y los demás sistemas, cuando estuvo operativo empezó el trabajo de abastecerlo, ya que no es fácil en entrar munición para artillería pesada así volvimos al trabajo de contrabandista para conseguir munición y repuestos para esta nave.

El tiempo pasaba y mi obsesión sobre hacerme más fuerte a los poderes de la fuerza y encontrar a Mara Jade se iba acentuando. Aunque infructuoso me ayudo a conseguir información sobre los templos siths.

El tiempo pasaba y la rebelión iba ganando adeptos, los padres de los niños rescatados se uníangustosos y colaboraban con los demás, Con lealtad la flota rebelde obtuvo el empujón que necesitaba para empezar a molestar de nuevo al imperio y su capitán Lasam era capaz de sacar lo mejor de la nave

El tiempo paso y me separo de mi mentor Lasam por el que ya teníaun gran respeto, que se quedo al mando de lealtad, yo empezó a ir por libre de nuevo, convirtiéndome en un contrabandista en ayuda de la alianza e intentando encontrar datos sobre los siths, y los niños sintientes para rescatarlos. Cuando la alianza busca algo nuevo o necesario me avisan y yo pongo en marcha mis contactos para intentar conseguirlo

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Rescate de los niños

Teniamos un objetivo, una mision, salvar a esos pobres niños.
La idea de que fueran asesinados por los sihs me revolvia las tripas, asique
por una vez acepte ir a buscar ayuda a la rebelion.

Lasam me apollo de inmediato y me aseguro que el resto de la alianza lo haria
sin ningun reparo, denuevo tenia razon, la alianza no solo estuvo deacuerdo
en ayudarme, si no que nos dio equipamiento tanto logistico como Militar

El otana fue acondicionado para que un grupo de comandos dirigidos por Walon Vau
pudiera tener una pequeña base movil, el Otana se preparo
para que fuese siguiloso y para poder interceptar als comunicaciones siths

Asi empezaron las primeras misiones de rescate a los mandos del Otana.
Buscabamos una estacion de comunicaciones subespacial, y nos acoplabamos a ella
Gracias a las modificaciones introducidas y la ayuda de C3PO, no tardamos en descodificar la señal sith
y modificar los scaneres de la Otana para seguir recibiendo esta señal.

Despues llegabamos al mundo en cuestuion donde las modificaciones silenciosas del otana
nos sirvieron para no ser detectados.

Los siths establecian sus templos cerca de nucleos de poblacion con lo que la primera
parte del plan era inflitrarse entre la poblacion civil, si nos era posible llegabamos
hasta la familia y la rescatabamos, pero en demasiados ocasiones estos ya estaban en manos
de los siths.

Entonces entraban en marcha los comandos, con precision quirurjica entraban rescataban a los niños
y saliamos velozmente.

Yo les acompañamos mientras nos era posible, yo creia ser mejor de lo que era
pensando que les podria ayudar tanto en combate como en infiltracion les intente guiar por las zonas…
aunque rapidamente me di cuenta que no era asi, y deje esto a Walon acatando sus ordenes en tema
militar, ya que demostro tener una experiencia y una habilidad tactica que a mi se me escapaba

Lo que si que podia hacer era aprovechar mis habilidades de subterfujio. Pudiendo pasar desapercibido mas facilmente
ante los siths por la experiencia obtenida por Lasam, era un buen explorador dentro de sus complejos

Walon se ocupaba personalmente que no me pasara nada…
Incluso en una situacion recibio un impacto por mi, que le llevo a la enfemeria durante algun tiempo, momento en el que

se entregaron provisiones de Bacta a la alianza.(Junto con una botella del mejor Wisky que pude encontrar)

Cuando Walon salio de la enfermeria, me habia unido a los entrenamientos de los comandos (aunque con habilidades distintas estaba
decidido a no ser ninguna carga para ellos en futuras misiones)

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Lealtad

En una de las misiones de abastecimiento ( o pirateo ), nos llevo al mundo acuático de MonCalamari. Allí vimos como el imperio estaba conquistando y esclavizando ese mundo, Los calamari habían perdido la guerra, y la única razón por la que su mundo no había sido devastado era por los recursos, tanto tecnológicos como naturales que se encontraban en el

Cuando llegamos a Calamari, era una zona de guerra caliente, el imperio había tomado sistemáticamente todas las grandes ciudades, y en el espacio la flota Calamari había sido destruida, apenas quedaban unas pocas naves que estaban recogiendo los últimos supervivientes que encontraban para abandonar su planeta.
Con ese panorama el Otana se encontró de repente en medio de una batalla espacial donde una poderosa nave capital, el “Hogar uno” defendía un puñado de naves de línea que estaban saliendo de orbita.

El otana se encontró en medio del fuego cruzado y fue alcanzado, con el motor de hiperespacio dañado nos fue sencillo elegir el bando al que teníamos que avisar de nuestra presencia. Esquivando las naves imperiales conseguimos llegar hasta el crucero que nos recogió y en cuanto estuvieron preparados las naves saltaron al Hiperespacio

En el hogar uno nos explicó que estaban haciendo incursiones en su planeta para intentar rescatar a sus camaradas capturados, sin embargo, no tenían esperanzas, ya que sus líderes habían sido asesinados o capturados
Solo quedaba un gran dirigente, Ackbar, almirante de su flota y de la casta dirigente, sin embargo, había sido capturado y estaba en ruta hacia la estrella de la muerte, donde sería ejecutado en presencia del alto mando

A Lasam se le encendieron los ojos cuando comprendió lo que nos estaban pidiendo… y lo que podía conseguir, iniciaron las negociaciones…
Si nosotros conseguíamos rescatar a Ackbar, ellos nos entregarían una de sus naves de línea más poderosa para compensar y como símbolo de nuestra alianza.
Lasam salió de la reunión con una sonrisa como nunca, hablando directamente con el resto de la tripulación del otana para que enviaran al comando del WALON a unas coordenadas donde se encontraría con nosotros
-“una preciosidad muchacho, una verdadera preciosidad” repetía sin parar…. Estaba enamorado de una nave espacial…. Lealtad

Apenas habíamos despegado de la flota calamari, cuando Lasam ya nos estaba contando su plan. Con ayuda del comando asaltaremos la nave prisión que le estaba transportando hacia la estrella de la muerte.
Con los sensores avanzados y la información que pudimos recuperar de las comunicaciones imperiales no nos costó demasiado encontrar el transporte, rápidamente interceptamos las comunicaciones y activando el modulo silencioso llegamos hasta ellos. El asalto a la nave fue brutal, sangriento pero exquisitamente realizado por los comandos, apenas tuvimos bajas entre los nuestros donde sistemáticamente rescataron a los prisioneros, la mayoría de ellos eran combatientes, que aunque heridos no tardaron en conseguir armas y unirse al combate, mientras tanto, yo conseguís deshabilitar los sistemas internos de defensa.
En cuanto los prisioneros fueron rescatados la batalla se decanto claramente a nuestro favor, con los sistemas de defensa internos deshabilitados la nave fue tomada.

Sin embargo Ackbar no se encontraba entre los prisioneros, al parecer el imperio le consideraba importante y habia sido transportado en una nave privada a la estrella de la muerte. Al parecer el rescate de Ackbar se tendria que retrasar

La flota calamari se lanzó por la galaxia escabulléndose del imperio, pero estamos seguros de que cuando llegue el momento se unirán a la causa para ayudar a la rebelión para derrotar al imperio, los moncalamari, viendo la voluntad que habíamos puesto y confiando en nuestra palabra, nos entregó “Lealtad” como símbolo de buena fe

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Capítulo III: La heroína de Cantoon.

Syleth estaba especialmente callada minutos antes de entrar en la atmósfera de Roon. Respondía con monosílabos y apenas establecía contacto visual con Ben, que la notaba inquieta y muy pensativa. No era extraño verla cambiando de color corporal o de tatuajes pero advirtió que en esta ocasión se había esmerado sobremanera para diferir de su aspecto más tradicional. Se había pintado todo el cuerpo de rojo. Ese color era la marca característica de los Sith, lo que molestó al maestro, pero entendió que para la Twi’lek era simplemente una tonalidad más. Sus ropas, normalmente sensuales y ajustadas, fueron sustituidas por una túnica de seda de color marfil ajustada a la cintura por un cinturón de cuero. Uno miraba al otro mientras no atendía y en cuanto sus ojos se cruzaban desviaban la mirada hacia otro lado.

Para romper ese tenso ambiente, Bonaven preguntó a cerca de las características del planeta. Ella lo describió como semidesértico, repleto de cañones, áridas mesetas y algunos lagos. La proporción de agua era casi inversa a la del planeta Mon Calamari, por lo que la vegetación era escasa. En cuanto a sus habitantes, todos eran de raza humana. Se dedicaban a la explotación de abundantes minas de metales preciosos. Un centenar de capataces, funcionarios del imperio, vigilaban las explotaciones por sectores e informaban de su rendimiento. Al ser la máxima autoridad, no había que ser un genio para imaginar cómo trataban a sus empleados. La capital, Cantoon, era una vasta cuidad. Sus casas bajas estaban construidas con gruesas paredes de adobe y sus techos eran de pizarra. Para combatir el calor, las casas se construían profundizando en lugar de crear plantas superiores. Si en algún sitio había que empezar a buscar, este era sin duda un buen comienzo. Ben, ingenuamente, les preguntó el lugar del espaciopuerto más cercano a la cuidad por radio. Tras unas breves risotadas por parte de los operarios del espacio aéreo, informaron de que el descampado cuyas coordenadas encontraban en pantalla estaba a su disposición, esperando que fuera del gusto del señor. Syleth miró a su maestro con aire de superioridad y no pudo reprimirse: “Ya te lo advertí, maestro”. Ben admitió su error, no obstante, se giró hacia su alumna y valoró que la vanidad no era una virtud en los iniciados en la fuerza. La seguridad era escasa y Syleth se aseguró de dejar todos los mecanismos antirrobo de la nave activos antes de salir de allí. En cuanto comenzaron a andar por las amplias avenidas de Cantoon, la Twi’lek ocultó su cabeza con la capucha de su túnica, mientras su maestro la miraba sorprendido, mostrando una gran curiosidad. Presintió que, en el momento oportuno, le explicaría por voluntad propia la razón de tanta cautela. Ben dirigió su mirada hacia los locales adyacentes a la avenida. Los letreros estaban construidos en madera y pintados a mano, detalle que describió como muy pintoresco. La ropa de los habitantes era muy semejante a la de Tatooine. El calor arreciaba y convenía vestir ropa ligera a excepción del calzado, donde la mayoría se decantaba por botas de montaña o mocasines de suela gruesa. Casi todos vivían a las afueras de la cuidad y se acercaban exclusivamente al centro para negocios o compras.

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Después de caminar bastante, con un calor de justicia, observaron a unos cien metros una gran plaza con una estatua de bronce en el centro. A cada extremo de la plaza había una fuente. Se podía apreciar a los habitantes rellenando barriles en cada una de las cuatro bocas de cada fuente. Se encontraban absortos mirando cómo los niños jugaban a la pelota en la plaza cuando sus miradas se dirigieron hacia la estatua. Encima de un altar de mármol, la escultura de una mujer Twi’lek se alzaba majestuosa. Estaba completamente desnuda, portando una moneda dorada en su mano derecha y la balanza en la mano izquierda. Se acercaron para contemplar esa maravilla de cerca. El sol se reflejaba con fuerza en su pulida piel, otorgando a la creación un toque divino. Era una auténtica obra de arte, estaban fascinados por su perfección, por sus curvas, esa naturaleza salvaje representada con naturalidad. Su cuidado contrastaba con la del resto de la plaza, que carecía de un mantenimiento regular. Al mirarle la cara se quedaron boquiabiertos… ¡Era Shyleth! No se lo podían creer. Hasta Ben mostró su sorpresa abiertamente superado por la situación. Mientras la Twi’lek balbuceaba compulsivamente “no puede ser” su maestro no paraba de admirar la estatua procurando a su semblante un aire reflexivo. Uno de los niños se acercó atraído por la cómica situación, les miró unos instantes, movió sus manos para ver si llamaba su atención pero no consiguió su objetivo. Se encogió de brazos y regresó con sus amigos de juego. Tras unos segundos, Bonaven acertó a preguntar en voz alta “¿Alguna idea de por qué esto?” a lo que ella contestó después de unos segundos “Ni idea, maestro, ni idea”. Su atención se desvió entonces a una pequeña placa que se encontraba oculta entre la decoración floral. Apartaron las flores y pudieron leer una placa que rezaba:

SYLETH, LA JUSTICIERA.
¡Nunca te olvidaremos!

Syleth agachó la cabeza mientras negaba. Se le había ocurrido argumentar que todas las Twi’lek se parecían mucho y que podría tratarse de cualquiera, pero la placa no dejaba lugar a dudas… Ben no hacía más que mirarla con un gesto inquisitivo, esperando que de la boca de su alumna salieran algunas palabras que justificaran lo que habían visto, pero no obtuvo más que silencio. Tras superar el shock, ambos se dirigieron a la taberna más cercana, situada en uno de los locales laterales de la plaza. Las escaleras estaban construidas en mármol y el pasamanos de madera, bien pulida y barnizada. Mientras descendían hacia la barra, se apreciaba con detalle el local. De proporción rectangular, la barra ocupaba casi todo el lateral de la pared del fondo a excepción del final, donde se erigía un tablado. Una banda local tocaba con instrumentos de cuerda y percusión mientras una señorita cantaba. El resto del local se encontraba repleto de mesas redondas con cuatro sillas por mesa. Estaban todas ocupadas y aplaudían al compás de la música. Un camarero servía copas en la barra mientras otro las distribuía entre las mesas. No había mesa que no tuviera una jarra completamente llena. Ben percibió el éxtasis de la sala, no recordaba ningún sitio así y eso le provocaba un sentimiento contradictorio, mitad curiosidad mitad recelo. Se acomodaron en unas sillas libres en la barra y el camarero se acercó. Al no reconocer a la pareja, su ceño se arrugó y les preguntó, de mala gana, que deseaban tomar. Ben, extrañado, reaccionó más tarde que Syleth, que pidió unas copas de grog. Bonaven miró a la Twi’lek fijamente, intuyó que tramaba algo, pero no le dio mucha importancia y se dedicó a disfrutar del agradable ambiente del bar. Al instante llegaron las copas, brindaron y bebieron un trago. El Jedi quedó encantado con la bebida, era muy dulce y fresca, muy adecuada para el caluroso día que azotaba la cuidad. Se bebió la copa de un trago y le pidió otra al camarero, felicitándole por tan rico elixir. Éste le miró con gesto rudo y negando con la cabeza fue a por una botella y se la plantó dejante de la pareja. “Ahí tenéis, serviros vosotros que tengo lío.” Y se dispuso a seguir con lo suyo. Mientras se sirvió otra copa, la gente comenzó a gritar sin cesar la frase “¡La heroína de Cantoon!”. Entonces la banda comenzó a tocar unos acordes y la gente estalló en aplausos. A los pocos segundos la chica comenzó a cantar:

“Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.
Su cuerpo desnudo no dejaba de mirar,
El gran jefe Ventom la deseaba amar.
Hierro Mandaloriano, oro de ley,
cristales nova, créditos por doquier.
No hay nada que a Ventom sacie
Mas que esa buena mujer… (Risas)
A la cama la llevó, borracho y no de amor,
Mientras se acicalaba, dormidito se quedó.
Sus cristales, su oro, sus créditos le robó,
Esparcidos por la plaza, a los pobres se los dio…(Aplausos)
Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.
Instrumental
Ventom el mafioso, compungido al despertar
Su dinero había volado, y ni pudo consumar (Risas)
Maldijo a la Twi´lek, a la que fue a buscar…
Su orgullo estaba herido, su bolsillo aún más
Encontrarla no pudo, solo le quedó llorar.
Heroína para el pueblo, justiciera del lugar,
Del espacio vino a Cantoon, una mujer colosal,
Su nombre era Syleth, tan bella, tan mortal.”

El público se rompió las manos aplaudiendo. Silbaron y gritaron durante casi un minuto. Ben no se lo podría creer, la idolatraban. Ella ató cabos y dijo en voz alta una frase muy elocuente “Así que allí es donde fue a parar parte del dinero y las piedras preciosas…” Ben asintió primero encontrando por fin algo de lógica en las palabras de Syleth pero, al darse cuenta de su significado, su gesto se torció. Pese a todo, sabía lo que había sido en el pasado y como tal lo aceptó con elegancia, chocó la copa de su alumna y terminó su vaso. Requirió la atención del camarero nuevamente, quien a regañadientes se acercó. Le preguntó si había visto por aquí un hombre rubio con la cara tatuada y un arma poco corriente, un sable de luz. El hombre le miró fijamente a los ojos, pudo entender que conocía a A’Sharad, pero le contestó muy fríamente que no facilitaban información a extraños. Syleth deslizó unos cuantos cientos de créditos de la mesa en dirección al camarero, pero éste paró su mano y con fuerza regresó el dinero de vuelta. Entendido el mensaje, la pareja intentó sin éxito regresar hacia la nave, con un par de botellas de ese delicioso licor y sin ninguna información.

Ben se encontraba tan frustrado como ebrio, sensación que no había experimentado en toda su vida. Con dificultad, gracias a que Syleth aguantaba mejor el alcohol, llegaron a un Hotel cercano, donde alquilaron una habitación para pasar la noche. A la mañana siguiente, Ben se levantó con una enorme resaca. Recordaba pequeños fragmentos de la noche pero… no se lo podía creer. Le costó tiempo asimilar que, en efecto, esos recuerdos eran reales. Se alegró en parte por haberse quedado dormido exactamente igual que “El Gran Ventom” y sonrió por la ironía de la situación. Cuando Syleth apareció en escena, observó que sus ropas y el color de su piel volvían a ser los habituales. Ben se hizo el sorprendido, al tiempo que ella le preguntó a cerca de lo que ocurrió durante la noche. Él le respondió que no recordaba absolutamente nada, todo eran recuerdos vagos y entremezclados. Su alumna quedó tan decepcionada como recelosa con la respuesta, pero no se volvió a hablar del tema. Ya que no habían obtenido resultado alguno siendo unos desconocidos, Bonaven insinuó a Syleth que ahora que se había quitado ese tinte, sería acertado utilizar su popularidad como ventaja táctica, ella asintió. Al bajar del Hotel para pagar la habitación, El señor que les alquiló la habitación aún no se había marchado de su turno. Al ver a Syleth se quedó perplejo. Tartamudeaba al intentar hablar, mientras la Twi´lek esperaba pacientemente a que le indicara el importe. Finalmente pudo encadenar dos palabras seguidas, y afirmando que era un grandísimo honor, la habitación corría por cuenta de la casa. Ben miró con gesto cómplice a su alumna, al observar que el efecto, incluso antes de salir del hotel, era el deseado. Cuando salieron a la calle, fue devastador. Los niños, que apenas tienen vergüenza, se acercaron rápidamente alrededor de su cuerpo y comenzaron a gritar emocionados. La gente cuchicheaba por doquier, señalando en su dirección. Por suerte el bar de ayer se encontraba cerca y pudieron escapar del gentío antes de que se formase mucho más revuelo. Cuando bajaron a la barra, encontraron el bar completamente vacío. Acababa de abrir, apenas le había dado tiempo a bajar las sillas de las mesas cuando vio aparecer a la heroína de Cantoon. Enseguida identificó a Ben, corrió a abrazar a su ídolo y le preguntó por qué no se había presentado ayer así. Antes de que contestase a la pregunta, montones de personas comenzaron a bajar las escaleras, ella le miró y no hubo más que decir. Estuvieron allí un par de horas, mientras ella contaba alguna de sus hazañas por el espacio. La gente la observaba y vitoreaba, independientemente de la calidad de la historia. Cuando acabó de contar la última la invitaron a un concurso de baile. Mientras ella hacía las delicias del público, Ben aprovechó la ocasión para hacerle la misma pregunta al camarero. Esta vez obtuvo respuesta. Conocía a A’Sharad desde hace tiempo. La última vez que lo vio fue arrestado por Ventom por sublevarse. Se encontraba recluido en el sector B4, donde llevaban a los presos más peligrosos. Algunos supervivientes de esas celdas le contaron que eran zulos construidos a mucha profundidad, donde apenas había aire para poder respirar. “Si vais, más vale que se haga a la idea de que no lo encontrará con vida”. Se preguntó Ben cuánto podía aguantar un maestro Jedi en esas condiciones, por muy poderoso que fuera. Percy cerró el Bar, habló con algunos amigos y regresaron con un aerodeslizador. Se presentó voluntario para acompañarles como compensación al trato de la noche anterior. Normalmente los extranjeros que venían por Cantoon eran afines al imperio y se quedaban una o dos noches por negocios, por eso no era famosa la cuidad por su hospitalidad. Al llegar al sector B4, se dirigieron hacia las celdas de aislamiento. Apenas había vigilancia, no era muy necesaria, lo difícil era abrir las lápidas de mármol que cerraban el paso a las celdas. Los dos guardias, al verse superados en número intentaron huir para informar, pero consiguieron reducirlos y maniatarlos. Ben utilizó la fuerza para poder abrir las celdas, una a una. Liberaron a varias personas, humildes trabajadores de las minas cuyo único delito había sido estar en el momento y lugar equivocado. Bonaven presintió que su maestro se encontraba en la siguiente celda. Se apresuró a retirar la lápida con tanta energía que la mandó varios metros atrás. Al mirar en su interior lo encontró, desnudo y sin vida. Portaba con él el sable de luz, algo maltrecho. Pudo ver que había señales de lucha, varias laceraciones perimortem y una herida cauterizada, mortal, realizada con su propio sable. Entendió que más que una celda, desde el principio fue su tumba. Los Sith habían estado aquí y habían dejado su trofeo enterrado para poder verlo cuando quisieran. Salieron de aquél lugar, le pidió a Percy que le llevara a un lugar tranquilo. Apilaron la escasa madera que encontraron y embadurnaron a A’Sharad en grog. Cremaron su cuerpo para que su espíritu pudiera unirse con la fuerza. Permanecieron allí unas horas viendo cómo el cuerpo se convertía en ceniza. Un pequeño remolino se posó sobre las ascuas y esparció a A’Sharad por toda la ladera, entonces entendió que era el momento de marcharse. Era casi de noche cuando regresaron a la cuidad. El rumor de la heroína de Cantoon había alertado a la guardia de Ventom, que vigilaba las calles. Se despidieron de Percy y sus amigos, a los que sugirió hacer algo de ruido para llamar la atención hacia ellos. Ocultos entre las sombras llegaron al Halcón, que se encontraba custodiado por dos guardias. Cuando Syleth sacó su arma para ponerla en aturdir, Ben hizo un movimiento con la mano. Los guardias se dirigieron lejos de la nave en dirección opuesta donde se encontraban y pudieron entrar en ella. Una vez en el aire, mientras salían de la atmósfera de Roon, Syleth le preguntó a su maestro si había utilizado la fuerza para alejar a los guardias. Ben, con media sonrisa le contestó que había tirado una piedra en esa dirección, porque a veces la opción más sencilla es la opción correcta.
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La venganza del Capitán Sullust

Syleth se encontraba en la más completa oscuridad, prisionera en una celda imperial. Su mente era apenas consciente de ese hecho, pues el dolor de la tortura reciente aun resonaba en su interior. Para proteger su cordura cuando el temible Sith había encendido aquel impío aparato, su consciencia se refugió en los recuerdos más profundos, alrededor de las sensaciones más vívidas que había podido encontrar en su memoria. Ahora se encontraba en ese ensueño, recordando…

Aquella vez había estado demasiado cerca. No es que Syleth no disfrutara con las emociones fuertes, pero su escape de Naboo había puesto a prueba sus nervios. El mismo sudor frío que había experimentado cuando huyeran de la estrella de la muerte le corrió por la espalda, empapando el asiento del piloto.

Los endemoniados cazas habían surgido como de la nada, aproximándose a una velocidad muy superior a la de un caza Tie. En un instante, dos alas de las mortíferas naves revoloteaban alrededor del Halcón. Los interceptores escupían rayos de manera incesante, castigando los escudos con dureza y haciendo estallar pequeños fuegos a todo lo largo de la nave. Sabía que incluso con los sistemas redundantes, no tardarían en quedar fuera de combate. Un nudo empezó a tensarse en su garganta.

La batalla se libro en apenas segundos. Una serie de alocadas maniobras defensivas lograron romper la formación de los atacantes, y un disparo de la torreta alcanzó al caza en cabeza, haciéndolo estallar. Pero la situación era desesperada, habían caído en una trampa y aquellos letales cazas eran tan solo la punta de lanza. Syleth maldijo en voz alta.

Ya casi había dejado de hacerlo. A Ben le molestaban las expresiones vulgares y ahora solamente las profería ocasionalmente, para provocarle. Esa vez, sin embargo, lo había dicho sin pensar y no tuvo tiempo de girarse para ver como su maestro fruncía el ceño.

Todo sucedió tan deprisa, que ahora apenas recordaba los detalles. Ella se movió como llevada por un impulso de supervivencia que no le permitía actuar conscientemente. Dejó que sus reflejos tomaran el control, y se dedicó a ejecutar una serie de peligrosas acrobacias que llevaron el caos a sus perseguidores. Los sensores de alarma de varios sistemas ya se habían disparado por la acumulación de impactos, cuando en su pantalla empezaron a aparecer las distantes señales del resto de la flota imperial.

No iban a aguantar mucho más. En cuanto vio una zona despejada, se apresuró a conectar el motor hiperespacial. Se le escapaba cómo había sucedido, cómo habían logrado abrirse paso entre tanto atacante. Ben se encontraba a su lado, inmóvil, y aunque ella no había sido consciente, había hecho chocar entre sí a los cazas perseguidores cuando sus vectores de aproximación se encontraban muy pegados.

Bonaben permanecía muy callado, en parte recuperándose del enorme esfuerzo que había tenido que hacer para manipular la fuerza y mover las naves enemigas, y en parte porque le costaba creer que siguieran vivos después de aquello. Había estado tan cerca de acabar en desastre que ni siquiera estaba seguro de que todo hubiera terminado y fueran a contarlo. Habían conseguido saltar al hiperespacio, pero una infinidad de parpadeos de luces rojas en la cabina les informaban de que varios sistemas estaban gravemente comprometidos. El sonido de las alarmas terminaba por darle gravedad a la situación, y de vez en cuando el siseo de cables ardiendo, sistemas apagándose en cortocircuito y el extintor que R2-D2 blandía por toda la nave, auguraba que la situación seguía siendo desesperada. Aunque hubieran logrado dejar atrás a los implacables sabuesos del imperio seguían en peligro.

Apenas llevaban un par de minutos en el hiperespacio, y ninguno se había atrevido a pronunciar una sola palabra. Tal vez temieran que el más leve sonido emitido por sus bocas pudiera terminar de resquebrajar el fuselaje, que amenazaba con ceder con cada crujido. O quizás estaban demasiado concentrados en escuchar los quejidos de la nave, que parecía que se iba a descomponer en pedazos a cada momento…

Entonces sucedió. Un nuevo ruido, esta vez más grave, les indicó que algo muy malo iba a suceder. Escucharon un zumbido que fue bajando de tono hasta apagarse. El hiperimpulsor se había desconectado. Habría llegado a su límite, o tal vez la capacidad estructural de la nave había llegado a un punto crítico, y las computadoras les estaban forzando a regresar al espacio normal para evitar ser reducidos a polvo estelar. En cualquier caso, las luces empezaron a parpadear en la cabina, amenazando con dejarles completamente a oscuras. Llevaban un rato usando la energía auxiliar, y Syleth sabía que no quedaba ningún otro sistema de emergencia capaz de dar iluminación, generar oxígeno y calentar la nave contra el terrible frio del espacio si perdían la energía. Si fallaba, su tumba sería un sarcófago de metal muerto y oscuro, en medio del espacio quién sabe dónde.

Pero el regreso al espacio normal no fue para nada suave y tranquilizador. Con el generador de energía principal dañado, los compensadores gravitatorios apenas funcionaban al mínimo, y en esos violentos momentos, el halcón se agitó como un Bantha enfurecido. Sus tripulantes fueron sacudidos por el enorme frenazo, y el brillo de las estrellas, que se habían estirado hasta el infinito formando un túnel en el hiperespacio, se volvió una caótica espiral de luces que bailaba de forma desconcertante a través de las ventanas de la cabina. La muchacha aguantó el fuerte tirón gracias al arnés del asiento del piloto, aunque no pudo evitar que con la fuerza, la cabeza saliera disparada hacia el frente y sus lekku se golpearan contra la consola. El fuerte golpe en una parte tan sensible (pues la cavidad cerebral de los Twi’lek se expandía ligeramente hacia los tentáculos) la dejo al borde de la inconsciencia por el dolor.

Ben no tuvo tanta suerte. No se encontraba atado a un asiento cuando los sistemas de la nave fallaron, y su cuerpo salió despedido como un trapo, golpeándose fuertemente la cabeza contra las mamparas del pasillo de acceso a la cabina. Ni siquiera el acolchado de las paredes pudo evitar que el duro golpe le hiciera una fea brecha en la cabeza, y perdió el sentido instantáneamente. La joven había escuchado el sordo crujido de la cabeza de Ben golpeando inerte contra la nave, y aunque su primer impulso fue correr para ayudar a su maestro, se mantuvo serena y aguanto a los mandos de la nave. Se deslizaban sin ningún control en el frio espacio, los impulsores laterales de estribor no funcionaban y estaban dando vueltas en espiral cada vez más rápido. Notó como el cálido abrazo de la inconsciencia la envolvía en su manto, pero luchó para mantenerse despierta unos segundos más. Si no lo hacía, pronto todo habría terminado.

Tardó unos instantes en comprender que el pequeño droide no iba a ser capaz de salvarles esta vez. La unidad R2 solo emitía unos lastimeros pitidos, y no hacía falta entender el binario para imaginar lo que significaban, era imposible que pudiera haberse agarrado a nada en aquel giro sin control. Syleth consiguió vencer a su miedo, y por loca que pareciera la idea, no vio otra salida a esa situación desesperada. Aceleró a fondo la nave mientras desactivaba los impulsores laterales. El Halcón respondió como una flecha. Ganó velocidad en apenas un instante, y el carguero logró vencer la inercia. Una vez estabilizada su marcha, comenzó a reducir lentamente la potencia. No llego a terminar el ciclo de frenado. La nave hizo un último estertor, y todos los sistemas se apagaron. Se quedaron a oscuras.

No tenía claro si era su miedo, o el frío del espacio ya se hacía notar en el interior de la nave muerta, pero un escalofrío recorrió su cuerpo como un látigo. Ahora que no tenían soporte vital, la diferencia de temperatura con el exterior no tardaría en desaparecer, y morirían congelados. Pensó rápidamente en ponerse el traje de vacío, eso le daría algunas horas. Sin embargo, dudaba que pudiera meter a Ben inconsciente en otro traje a tiempo, y para cuando terminara los sistemas de la nave se habrían helado, con todo ese refrigerante perdido suelto y los daños que el sistema de aislamiento había recibido. Si se congelaban ya no podría arreglarlos y estarían perdidos.

Así que se caló las gafas, y gracias al sistema óptico mejorado logró ver lo suficiente para salir de la cabina. La cabeza aún le daba vueltas por el mareo y sentía los miembros fríos y dormidos, pero no podía perder un segundo.

La nave parecía un mausoleo oscuro y mudo, en el que apenas reconocía los objetos familiares con los que se encontraba a su paso. Bajo la frialdad del visor, el grado de caos que reinaba en la sala principal del Halcón le resultaba difícil de describir. Localizó en una esquina el cuerpo de Ben, estaba tirado y tenía un brazo doblado en un ángulo antinatural. La sensación de que un puño atenazara sus entrañas le sobrevino cuando por segunda vez refrenó sus impulsos de asistirle. Podía notar como empezaba a exhalar vaho con cada respiración, y el visor térmico le mostraba cruelmente como el calor de su cuerpo se disipaba veloz en el aire a su alrededor. No les quedaba mucho tiempo y el aire no empezaría a escasear lo suficientemente pronto como para retardar el proceso, así que iban a morir congelados antes de poder asfixiarse. El frío le pareció una muerte preferible.

No le costó localizar a R2-D2, pues sus pitidos eran lo único que rompía el sepulcral silencio que inundaba el lugar. Lo puso en pié tan rápido como pudo, liberándolo ágilmente de la masa de objetos que se habían venido encima del droide en su caída contra el lateral de la nave. La mayoría era ropa. Syleth no había podido resistirse a comprar una gran cantidad de prendas en Naboo, y en su apresurada huida no tuvo tiempo de guardarlos en un armario. El pequeño droide había quedado enredado como en una red, envuelto en un pesado manto negro que Syleth aun no había tenido ocasión de estrenar. Entre eso, y el montón de nuevo calzado sobre el que había caído (y que le aprisionaba como si fueran cuñas) R2 había sido incapaz de moverse.

Emitió una serie de pitidos de agradecimiento cuando Syleth lo devolvió a la vertical. La joven empezaba a temblar, y sabía que sin luz y con ese caos, a ella le llevaría horas poder arrancar la nave. Aun suponiendo que fuera capaz de encontrar su caja de herramientas. Se arrodillo hacia el droide y le dirigió unas palabras tan serias que apenas se reconoció a sí misma:

Pequeñín, es tu momento. Si hay alguien que puede salvarnos, eres tú. Necesito que actives el soporte vital rápidamente, antes de que nos congelemos.

Syleth y r2 d2 lite

El pequeño robot se puso en marcha como una exhalación. Conectó uno de sus brazos extensibles a la entrada del panel de ingeniería, y entre pitidos comenzó a trabajar. Syleth fue corriendo hacia Ben, tropezando torpemente con los restos del nuevo vestuario que ocultaba el suelo de la cubierta. Cuando llegó a su lado, necesitó de todas sus fuerzas para mover el cuerpo de Ben, liberándolo de aquella postura macabra. Lo atrajo hacia su regazo, y aunque bajo la fría luz del intensificador óptico no podía apreciar la magnitud de sus lesiones, notaba en sus manos la tibieza de la sangre que manaba de su cabeza. Aterrada, se retiro las gafas, casi como si creyera que podría verle mejor en la absoluta oscuridad.

Syleth notó crecer su frustración cuando se quedo a oscuras y solo pudo sentirle. No podía creer que después de haberle salvado la vida en dos ocasiones, al final Ben fuera a morir en sus brazos, sin haber oído todo lo que ella tenía aún por decirle. Tras reposar la inerte cabeza de Ben sobre su pecho, apoyó su barbilla sobre el suave pelo y comenzó a sollozar. La memoria de su olor, y cómo había sentido el contacto con su pelo en otra ocasión anterior, hizo brotar nuevos recuerdos, y el miedo a perderle se hizo más fuerte que nunca. Su cuerpo volvía a estremecerse.

No supo si fue el temblor de su llanto o la tibieza de su cuerpo la que despertó a Ben. Aunque estaba muy aturdido, el Jedi abrió los ojos en el momento en el que volvieron las luces. El ahogado sollozo de impotencia de Syleth se convirtió en júbilo, y el Jedi se retiro lentamente de su padawan. Estaba recuperando el sentido de manera asombrosa, pero ella estaba tan feliz de ver como sus ojos se habían abierto de nuevo, que ni siquiera reparo en lo sobrehumano de esfuerzo.
Siento haber manchado tus ropas, dijo Ben, señalando hacia el charco de sangre que ensombrecía su blusa. La joven miró hacia abajo, y comenzó a reír. Normalmente se disgustaba mucho cuando estropeaba alguna pieza de su vestuario (a resultas de algún combate, generalmente), pero en esa ocasión no pareció importarle. El Jedi estaba convencido de que apenas había estrenado aquella prenda esa misma mañana, y no había parado de repetirle lo mucho que le gustaba desde que la había comprado el día anterior…
Sin embargo ella se lanzó a abrazarlo con un entusiasmo desmedido. El hombro de Ben le devolvió a la realidad con una punzada aguda de dolor, y su aprendiz, avergonzada por haberle apretado tanto, se alejó hasta la distancia que siempre mantenían. Estaban a salvo, y el torrente de sensaciones desapareció como arrastrado por una ola.

Syleth volvió a la realidad. Tenía los brazos atados a la espalda en una posición que debía resultar muy dolorosa. Sin embargo, su propio cuerpo chillaba de dolor de arriba abajo y el resto de señales quedaban enmudecidas. Su sistema nervioso estaba tan sobre estimulado por el horrible aparato, que no sentía las magulladuras de los golpes ni las laceraciones en la piel. Notaba la boca muy seca, y con el metálico sabor de la sangre. Su sangre.

Trató de recordar cómo había llegado hasta allí, pero el dolor que sentía por todo el cuerpo era tal, que no le permitía pensar con claridad. Sabía que estaba en Sullust, o al menos eso creía, si es que no la habían trasladado ya. No tenía forma de saber cuánto tiempo había estado inconsciente, pero creía que no debía haber transcurrido más que apenas unas horas. Todavía tenía brillantes las heridas que había sufrido cuando la capturó su némesis, el capitán Sullust, así que no había podido pasar mucho rato.
Le entró pánico al pensar todo el sufrimiento que había podido experimentar en tan breve espacio de tiempo, y casi perdió el control cuando imaginó lo que meses de tortura imperial podían hacer con ella.
En el mejor de los casos, su maestro apenas habría notado su falta, y era muy poco probable que se hubiera propuesto encontrarla todavía. Cuando se separaron por última vez no habían terminado en muy buenos términos.

Habían tenido que detenerse en aquel peligroso planeta para arreglar la nave. Les había llevado días de reparaciones en el espacio poder moverla lo suficiente como para alcanzar el sistema más cercano, y aunque el peligro de toparse con el imperio era muy grande, no habían tenido opción. La tensión que había surgido entre ellos en esos duros días a bordo, explotó cuando por fin tomaron tierra. Tras discutir acaloradamente, Syleth había decidido que repararía la nave y dejaría a Ben allí. Ya no soportaba más su presencia. Notaba que le faltaba el espacio cuando estaba con él, y no se reconocía a sí misma en muchos aspectos. Pensaba que tenía que alejarse de su lado para siempre.

En el fondo, estaba aterrada por sus sentimientos. Se sentía vulnerable, y no pensaba que el humano fuera a devolverle jamás el afecto que ella sentía. Los otros rebeldes habían rescatado a un montón de niños que tenían la capacidad de usar la fuerza, y le esperaban todos en la nueva base móvil de la alianza. Syleth temía que se distanciaran en cuanto Ben se pusiera a entrenarlos, y todo el tiempo que habían pasado juntos, todos esos años y los sentimientos que habían compartido no volverían a significar nada. No podía soportar la idea de que él volviera a tratarla de nuevo como a una extraña que acabara de conocer.

Los celos que sentía la estaban matando… Había decidido no volver a verle.

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Syleth se había marchado con el droide en busca de las piezas necesarias para terminar el trabajo, y Ben se había ido por su lado. Ella pensó que en esos momentos andaría preguntando por Jedis exiliados a cualquiera que se encontrara por la calle, pero la realidad es que Ben se sentía dolido. No entendía el enfado de la chica esta vez, y las últimas palabras que ella le había dicho antes de marcharse aun resonaban en sus oídos, habían dado en el clavo. Estaba tan abatido, que apenas fue consciente de que sus pasos le habían llevado hasta un lúgubre local, y ahora estaba ahogando sus penas con el brandy local, pensando si quizás no debería emborracharse, para poder decirle a Syleth todo lo que pensaba sin tapujos.

Mientras Ben charlaba animadamente con los parroquianos, Syleth caminaba hacia una trampa tejida por su peor enemigo para capturarla. El temible capitán Sullust pensaba en cómo la joven había logrado escapar de sus manos una vez al fugarse de una prisión imperial, y no estaba dispuesto a dejar que volviera a suceder. Se aseguró de que todas las piezas de su plan estaban colocadas, y salió de su nave. Iba a cazar a su presa.

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Capítulo IV: Operación Naboo

El Halcón Milenario se dirigió hacia el planeta Naboo con celeridad. Mientras, en la bodega principal, Ben Bonaven y Syleth revisaron con detenimiento la información que manejaban del planeta. Sabían que se encontraba fuertemente custodiado por el imperio. Entrar no iba a ser nada fácil y mucho menos salir.

Ben buscaba la solución desde la meditación. Su mente le transportó a Alderaan, sentado sobre un manto flores de multitud de colores. La brisa acariciaba con dulzura su cara, escuchaba el graznido de los thranta, volaban en círculos buscando alguna presa. Pequeños insectos se posaban en algún punto de su cuerpo, permanecían unos instantes, para emprender de nuevo su vuelo. Sentía el calor del sol como un tibio baño de luz, omnipresente. Pudo distinguir el olor de un rebaño de nerfs, las voces de los granjeros los dirigían hacia las afueras de Aldera.

Lentamente salio de su trance, se incorporó y se sentó a lado de Syleth. Le preguntó si habría algún modo de interceptar los mensajes que se emitían desde Naboo, ella asintió pero añadió que para poder hacerlo, la nave necesitaba encontrarse cerca del planeta o de un repetidor, lo que implicaba ser detectado por los radares imperiales, algo nada aconsejable. Súbitamente, levantó la mirada y agarró con fuerza el brazo de su maestro, al darse cuenta lo soltó de inmediato y sin decir nada salió de la bodega murmurando “¿Donde lo dejé?”. Se escucharon ruidos de objetos cayendo al suelo, Syleth maldijo alguna vez en su idioma y en alguna ocasión exclamó frases como a “Así que estabas aquí” o “Ahora que no te necesito te encuentro”. Bonaven se dirigió a R2D2 y le dijo “Creo que debo plantear como objetivo para futuras sesiones inculcar en mi padawan mi pasión por el orden.” a lo que el Driode respondió con una veloz serie de agudos pitidos. Ambos disfrutaron del show hasta que la Twi´lek regresó con un mapa entre sus manos. Lo extendió sobre la mesa, mostrando con detalle Naboo y los planetas adyacentes. Syleth explicó que Naboo tenía tres lunas, Rori y Ohma-D’un eran habitables pero la tercera luna no disponía de atmósfera. En ella se construyeron varios refugios nucleares y una central de comunicaciones que hace las labores de satélite y repetidor. Si aterrizaban en su cara oculta podrían instalarse, rastrear la frecuencia en la que emitía el imperio y decodificar su señal. Ben felicitó a su alumna y añadió “Y sé cómo vamos a llegar hasta allí. cuando salgamos del hiperespacio, desactiva los escudos, las comunicaciones, los radares, los sensores de movimiento y pasa a control manual. Redirige toda la potencia a los motores y altera la mezcla de ignición de los propulsores con hidrógeno.” Syleth interrumpió diciendo “Pero Maestro” a lo que Ben respondió “Cuando hagas esto, acelera todo lo que la nave pueda y traza una recta hacia la cara oculta de la luna, cuando llegues frena en seco y aterriza, no será nada difícil para una piloto experimentada como tú.” finalizó con ironía. La twi´lek quedó sorprendida, realmente era un buen plan, hacer pensar al imperio que un asteroide había chocado contra la cara oculta, era tan ingenioso que lamentó que no se le hubiera ocurrido a ella primero.

Hicieron los preparativos oportunos mientras continuaban en la velocidad luz y, cuando el visor de la nave mostró el planeta y sus lunas, iniciaron la maniobra descrita por Ben. La twi´lek mantuvo el rumbo en manual con firmeza y el aterrizaje, aunque brusco, fue muy efectivo. Ben resopló cuando comprobó que la nave se encontraba en perfectas condiciones y que su cuerpo no había salido despedido, golpeándose contra algún objeto romo.

Enseguida comenzaron las operaciones para capturar y decodificar las comunicaciones del imperio. R2D2 se encontraba muy excitado, seguía las instrucciones de Syleth con precisión mientras emitía risueños pitidos. Una vez realizadas las modificaciones oportunas en el cuadro de comunicaciones del Halcón, R2D2 salió fuera de la nave portando dos cables, los cuales soldó a diferentes polos del repetidor. De regreso a la nave, se conectó a la consola, calibró la frecuencia de rastreo y comenzó a realizar las tareas de desencriptado. El ordenador central de la nave comenzó a trabajar bajo la supervisión del droide mientras Ben comenzó su turno de guardia. La Twi´lek aprovechó para ordenar la habitación, patas arriba debido a su frenética búsqueda del mapa.

Varias horas después, Syleth estaba completamente dormida sobre el cuadro de mando del Halcón, babeando. Se despertó sobresaltada y, tras enfocar su mirada observó a Ben que se encontraba, como no, meditando. Le miró unos segundos y se dejó caer nuevamente sobre la repisa, momento que aprovechó R2D2 para entonar algún beep grave, quejicoso. Por los altavoces de la nave comenzó a sonar una conversación. Ben se incorporó sin esfuerzo para tomar control de los mandos y grabarlo todo. Observó a Syleth dormida y la miró con dulzura. Su estilizado cuerpo encorvado se movía con suavidad con cada respiración, mostrando una imagen de enternecedora fragilidad. El jedi quedó hipnotizado. Tenía especial debilidad por lo cotidiano y esa estampa le pareció más que bella. Mientras la miraba, se sintió a la vez más fuerte, más débil, pero sobre todo mucho más vivo. Dejó a un lado su frustración, su dolor, y se encontró mirándose a sí mismo como en una visión de sus antepasados, seguro de quién quería ser. La magia se disipó al escuchar a dos operarios imperiales hablando de operaciones de mantenimiento. Apenado, carraspeó suavemente y Syleth se alzó como un resorte. Se puso a mirar a ambos lados de la cabina completamente desorientada. Ben sonrió y miró a la Twi´lek conmovido por ese mágico momento pero ella, todavía algo descolocada y un poco avergonzada, se giró hacia los altavoces. Su maestro recobró su gesto habitual, sereno, desconcertante, y se dedicaron a escuchar con atención las conversaciones.

Escucharon los mensajes con atención durante largo tiempo. La mayoría eran instrucciones de aterrizaje para naves de comercio, salvo alguna patrulla volviendo de realizar maniobras de entrenamiento. Entonces oyeron a la base solicitar ayuda técnica para una incidencia en la terminal de residuos de las mazmorras. El atasco era imposible de solventar por los droides, requiriendo instrumental especializado. Entendieron que esa era la oportunidad que estaban esperando. Ben emitió un mensaje a la central cancelando la ayuda, y contactó con la base indicando que habían mandado una nave con el instrumental necesario. Un carguero corelliano YT-1300 con dos tripulantes y un droide. Calcularon un tiempo prudente para no levantar sospechas e iniciaron el descenso al planeta.

Les facilitaron las coordenadas de aterrizaje y la plataforma donde estacionar la nave. Cuando aterrizaron les estaba esperando un operario, que sin presentarse les indicó que les acompañase. Bajaron en un ascensor hasta las mazmorras, les dirigieron más allá de las celdas y, una vez allí, el operario les señaló una exclusa. “Ese conducto da acceso a todas las cañerías de del complejo. Hay un atasco en este nivel pero desconocemos la localización exacta, tómense el tiempo que necesiten.”

Ben abrió la exclusa y se introdujeron en el conducto. Mientras bajaban, Syleth se quejó amargamente del olor y la suciedad, no deseando saber lo que vendría después. Cuando llegaron al suelo observaron con las linternas que aquel lugar era un laberinto inmenso repleto de tuberías. Menos mal que les habían facilitado un pequeño mapa con la zona afectada. Syleth miró a Ben y le preguntó "¿Y ahora qué?. Él le señaló en el mapa y le comentó “Si seguimos estas cañerías de desagüe daremos con las celdas. Presiento que allí es donde debemos ir.”

Syleth in the sewers

Escalaron por las tuberías unas decenas de metros hasta llegar a la altura de las celdas. Utilizaron una cámara articulada del ajuar personal de Syleth para ver qué había en su interior. Las dos primeras celdas estaban vacías, pero la tercera estaba ocupada. Ajustando el enfoque y la luz pudieron identificar al recluso, era un gungan, “Pero no cualquier gungan” añadió Ben, se trataba del Rugor Nass, jefe de la tribu. Se acercó al desagüe y susurró su nombre, llamando su atención. “¿Quien anda ahí?” preguntó el jefe. “Soy Ben Bonaven, venimos a rescatarte, aléjate y espera que te demos la señal para bajar.” Syleth sacó un soldador y comenzó a describir un círculo alrededor del desagüe. Cuando acabaron Ben usó la fuerza para extraer la pesada pieza y posarla con delicadeza en el suelo de la celda. Nass, ayudado por la pareja, bajó con sigilo por el agujero y lo aseguraron a una tubería. El Jedi consideró oportuno tapar el agujero de nuevo, algo que Syleth consideró absurdo. Descendieron con cuidado, Nass estaba desnutrido y magullado, dificultando el proceso.

Una vez abajo el gungan se abrazó a la pareja, muy agradecido por su rescate. Hablaron unos minutos. Les explicó que el imperio tenía a toda su raza esclavizada por el apoyo a la vieja república y los continuos sabotajes que realizaron a las tropas imperiales una vez tomaron el planeta. Encontraron la base de operaciones secretas en las villas del pantano y le capturaron. Llevaba tanto tiempo en la celda que, cuando Ben le indicó la fecha actual, quedó conmocionado. Lo único que le mantuvo vivo fue la promesa de liberar a su pueblo y retomar el control del planeta, expulsando al imperio. Ben le preguntó por el Maestro Ashla. Rugor le miró emocionado y le contó que dio su vida por salvar la suya. El dolor consumía al Jefe de los gungans tanto que Ben no profundizó más y comenzó a pensar en cómo salir de ahí con Nass sin levantar sospechas.

Fue el propio jefe el que dio con la solución. Ben cerró la llave del agua de la tubería de expulsión de residuos. Nass abrió una compuerta que daba acceso al interior de la amplia tubería y se introdujo en ella. Le dieron el soldador, se despidieron y volvieron a abrir la llave. Dos soluciones en una, eliminaban el atasco y Nass escapaba por las tuberías directamente al pantano. Al subir, todo parecía estar en orden, no había alarmas ni nadie apuntándoles a la cabeza. Se dirigieron al operario para informarle de que la avería había sido subsanada. Al comprobar en el ordenador que los niveles de presión en la tubería de residuos eran normales, les acompañó hasta la nave.

Casi estaban entrando por el hangar cuando comenzó a sonar la alarma. Ben le dijo a Syleth que mantuviera la calma, cerraron la rampa y se dirigieron a toda prisa a los mandos. Al llegar a su puesto informaron al operario de la fuga del recluso de la celda número 3. Entonces se dio cuenta de un pequeño detalle, no había pagado a los técnicos. Avisó por radio de inmediato solicitando que detuvieran al carguero coreliano e impidieran que saliera del planeta. Furioso se dirigió a la celda y entró con brío. Miró a ambos lados, buscando alguna señal de la escapada. Entonces el suelo cedió y su cuerpo se precipitó al vacío, golpeándose con algunas tuberías.

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